La Ciudad de México fue sede del primer encuentro oficial de una nueva ronda de “diálogo y negociación integral e incremental” entre representantes del Gobierno y la oposición venezolana en busca de destrabar el escenario político e institucional que tiene hundida a Venezuela en una emergencia humanitaria compleja, cuyas principales manifestaciones son la caída de 80% en la actividad económica; más de 90% de su población en situación de pobreza por ingresos y una migración reconocida de casi 6 millones de individuos a otras naciones, equivalente a 20% de la población.

Se trata del quinto intento de acuerdos de este tipo desde 2014, luego de fallidas experiencias, con reuniones y anuncios diversos, pero sin poder llegar a acuerdos rubricados y concretos. El denominador común de estos fracasados antecedentes ha sido el accionar del régimen de Maduro, sea irrespetando lo previamente acordado, pretendiendo imponer condiciones inaceptables para su contraparte o ignorando la real representación y las preferencias políticas de la sociedad venezolana. Todo ello genera sentimientos justificados de aprensión y hasta pesimismo en mucha gente, dentro y fuera de Venezuela.

Pero esta vez hay señales de que las cosas pueden caminar de modo diferente, abriendo espacios para un cauteloso optimismo. Por supuesto que el Gobierno buscará divulgar una narrativa de “triunfo” sobre todos los que le adversan, en especial sobre Juan Guaidó, al haberlos “obligado” a abandonar sus otras iniciativas de búsqueda de un cambio político y “sentarse” a “conversar y negociar”.

Sin embargo, el público al que se pretende dirigir esos intencionados mensajes es bastante pequeño. Las más recientes mediciones de opinión pública en Venezuela revelan que la mayoría de la población no se identifica con alguno de los bandos en disputa y todas las personalidades políticas tienen mayor percepción negativa que positiva. Aun en ese contexto de desconfianza generalizada, la oposición, como bloque, y Juan Guaidó, como individuo, representan las mayores minorías.

Esta nueva ronda de búsqueda de acuerdos se produce en un contexto en el que no puede hablarse de “triunfadores” ni de “derrotados” dado que, si fuese así, no estuvieran acudiendo a esta cita. Lo hacen porque -además del gravísimo drama económico y social en el que está hundida Venezuela y cuya solución  representa un monumental reto para cualquiera que aspire gobernarla en el presente  y a corto plazo-  cada una de las partes se encuentra en una posición incómoda e insostenible en el porvenir (con clara ventaja para Maduro por ocupar el poder, legalmente o de facto según la perspectiva empleada) y necesitan obtener algo de la otra, sabiendo que también tienen que ceder o entregar algo a cambio. Ambas partes tienen “cartas que jugar” e intereses concretos en el posible escenario que surja de esas negociaciones. Pero, al margen de los discursos “para la gradería” acerca de que se trata de un “conflicto entre venezolanos” y que “solamente los venezolanos resolverán”, es inocultable la influencia y los intereses de actores grandes de la geopolítica internacional.

Sin que esto signifique una resignación o renuncia a ciertos principios fundamentales, ante el agotamiento de todos los diferentes intentos de lograr cambios en Venezuela, la política genuina -en su esencia de punto común de acuerdos, convivencia y respeto a la institucionalidad- con observación, soporte y tutela internacional, representa la única posibilidad viable para esa nación. Ya se tiene una experiencia positiva en ese sentido, cuando el “pacto de Puntofijo” de 1958 le trajo paz y estabilidad institucional durante varios lustros. Precisamente, alcanzado ese estado de cosas, el agotamiento del modelo derivado de aquel Pacto y la carencia del liderazgo necesario para renovarlo y adaptarlo a las nuevas circunstancias hundieron a una generación de políticos y explican la emergencia de una figura “antisistema” como Hugo Chávez. Ha sido una experiencia demasiado dolorosa. Es hora de la política responsable.

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Fuente: @YegresGuarache

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