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¿Por qué fracasan los países? Carlos Goedder

Uno de los mejores libros de economía publicados en el año 2012 estudia el porqué sólo ciertas naciones hacen posible una vida próspera y feliz a sus ciudadanos A la flamante Doctora Conchi Díaz García

El problema de qué causa el desarrollo y prosperidad en las naciones ha estado presente en toda la historia de la economía. Los ciudadanos tenemos intuiciones sobre el porqué América Latina y las economías mediterráneas están menos sólidas que sus vecinos del Norte al considerar desempeño económico, indicadores sociales y estabilidad política. Un desafío para los teóricos de la economía es formalizar y explicar qué origina esas diferencias. Y para los responsables de políticas públicas el reto es transformar ese diagnóstico en acciones para encaminar sus naciones hacia el ansiado desarrollo. En 2012, los profesores Daron Acemoglu y James A. Robinson publicaron una obra que ha tenido excelentes críticas.

Se trata WHY NATIONS FAIL (Crown Publishers, 2012), obra ya traducida al castellano como POR QUÉ FRACASAN LOS PAÍSES (Deusto, 2012). En este libro hacen un ejercicio de historia económica para identificar qué origina la riqueza o el fracaso de las naciones.

El éxito de los países dista de ser sólo un tema de crecimiento económico y de allí que cada vez más cobren relevancia índices de calidad de vida –en los cuales las economías nórdicas europeas, Suiza, Australia, Canadá y Nueva Zelandia salen mejor paradas que naciones con mayor dimensión-. Ahora bien, está claro que cuando una nación anda bien económicamente es usual que marchen bien el resto de indicadores referentes a felicidad social e individual.

Los pobres pueden ser felices, mas seguramente estarían más felices de ser menos pobres. Eso vale a nivel individual y nacional. Una región puede ser muy divertida y pintoresca, como ocurre en Sudamérica o el Mediterráneo, tener una gastronomía y fiestas envidiables, mas lo cierto es que al final la volatilidad económica y política termina afectando los nervios y generando peligrosa fragilidad.

En su estudio, los profesores consideran que la clave para entender las diferencias entre países es la calidad institucional. Las naciones exitosas cuentan con instituciones inclusivas, en las cuales se cumplen las condiciones de pluralidad y centralización. La pluralidad significa que el poder está repartido en términos políticos y económicos, sin existir un pequeño grupo que controle la sociedad y su riqueza. La centralización significa que hay un núcleo de gobierno suficientemente fuerte para manejar el monopolio legítimo de la fuerza, consiguiendo mantener una estructura de seguridad ciudadana y provisión de servicios públicos (especialmente seguridad jurídica, dando leyes claras y consiguiendo su aplicación efectiva).

Acemoglu y Robinson señalan brevemente estas características y quedan mejor descritas cuándo señalan lo opuesto a instituciones inclusivas, que son las instituciones extractivas. Traduciendo del original en inglés (p. 135-6): “Las instituciones políticas extractivas concentran el poder en una élite pequeña y colocan pocas restricciones al ejercicio de este poder. Las instituciones económicas son entonces frecuentemente estructuradas por esta élite para extraer recursos del resto de la sociedad. Las instituciones económicas extractivas naturalmente acompañan instituciones políticas extractivas. De hecho, deben depender inherentemente de instituciones políticas extractivas para su supervivencia. Las instituciones políticas inclusivas, repartiendo el poder ampliamente, tenderían a arrancar de raíz instituciones que expropian los recursos a la mayoría, establecen barreras a la entrada o suprimen el funcionamiento del mercado para beneficiar a unos pocos.”

Las instituciones políticas y económicas se retroalimentan. Es insostenible que haya instituciones políticas inclusivas y económicas extractivas, por ejemplo. Al final tenderán a ir en tándem, configurando una pareja de inclusión en lo político y lo económico o de exclusión en ambas esferas. Habrá un círculo vicioso que perpetúe la exclusión en la sociedad. Y eso es el drama del subdesarrollo secular. Han perdido vigencia académica los términos desarrollo y subdesarrollo, mas siguen cruelmente vigentes en la práctica.

¿Cómo surgen estas instituciones inclusivas o extractivas? El libro recorre varios casos históricos. Hay mucho de azar, como los propios autores admiten. Citándolos de nuevo (p. 191): “Hay una tendencia a ver los eventos históricos como las consecuencias inevitables de fuerzas intrínsecas. Mientras colocamos gran énfasis en cómo la historia de las instituciones económicas y políticas crean círculos viciosos o virtuosos, la contingencia, como hemos enfatizado en el contexto del desarrollo de las instituciones inglesas, puede ser siempre un factor.”

En efecto, Inglaterra, uno de los casos más exitosos de instituciones inclusivas, estuvo expuesta a lo que los autores llaman “coyunturas críticas” (“critical junctures”). Divisorias históricas como la peste negra del Siglo XIV o el aumento del comercio atlántico en el siglo XVII ayudaron a repartir más poder económico entre los trabajadores rurales y los comerciantes. La Revolución Gloriosa de 1688, cuando se sometió la monarquía al poder parlamentario, se pasa por alto en muchos manuales de historia universal y fue un momento decisivo para consolidar esa pluralidad en el poder que venían ganando los ingleses en sus instituciones, catalizada por esas coyunturas críticas. En 1688 hay un hito de inclusión institucional y de allí que fue en Inglaterra donde se desató la Revolución Industrial. Las naciones perdedoras en la economía actual suelen ser las mismas que llegaron tarde (o aún no han llegado) a la industrialización. Las colonias hispanoamericanas y la propia España en menor grado, tienen instituciones extractivas. Este mundo hispánico tuvo sus propias coyunturas críticas – no olvidemos que España estuvo sometida al imperialismo musulmán a diferencia del resto de Europa Occidental – y una de las principales fue el descubrimiento de América. La abundancia de metales preciosos y mano de obra gratis en América propició un sistema extractivo y las remesas de oro a la Corona mantuvo un poder monárquico fuerte, sin los controles ciudadanos vía parlamento o constitución que llegaron a Inglaterra y Francia. Por demás, los propios ingleses quisieron emular a los españoles en la conquista americana y el libro comenta la fundación de Jamestown en EEUU por los ingleses, durante 1607, con detalle. Simplemente fue imposible imitar a los conquistadores españoles: los ingleses llegaron tarde a América continental y tuvieron que desarrollar instituciones más inclusivas en las colonias norteamericanas para sobrevivir. En otros lugares como las colonias caribeñas sí que se crearon instituciones extractivas bajo la corona inglesa, porque allí había trabajo barato y una naturaleza abundante. No se trata sólo de ética o superioridad moral para crear buenas instituciones: hay incentivos que las configuran.

Las naciones atraviesan por lo que los autores denominan “deriva institucional” (“institutional drift”) y sus instituciones van cambiando, en avance o retroceso, marcadas en gran medida por las coyunturas críticas. Lo que queda claro es que pequeñas diferencias institucionales, en un momento histórico crítico, se acaban magnificando con el tiempo. Ante la peste negra, por ejemplo, las naciones de Europa Oriental aumentaron la servidumbre feudal, sistema desbaratado en una Europa Occidental menos abundante en tierras. Y la Revolución Industrial se vio catalizada donde había instituciones inclusivas.

La ley de hierro de las oligarquías, un término que los autores toman del autor Robert Michels (p. 182), tiene un efecto perverso y que acentúa el círculo vicioso de la extracción. A la élite extractiva no le conviene que haya cambios que potencien la inclusión. Mantendrán a sus sociedades en el atraso y la miseria con tal de perpetuarse en el poder. Un caso doloroso se está viendo actualmente en Cataluña, donde una élite política se empeña en perpetuar la dictadura lingüística del catalán para preservar sus escaños políticos y su cuota de poder, obligando a niños indefensos legalmente a estudiar una lengua minoritaria como es el catalán y excluyéndoles del castellano que predomina en las regiones donde gobierna el poder central. Los políticos secesionistas catalanes ganan con esta exclusión lingüística. La ley de hierro oligárquica también establece que cuando un nuevo grupo llegue al poder bajo el sistema institucional extractivo, se verá tentado a preservar la exclusión en su propio beneficio. Es lo que ocurre en la Venezuela Chavista: los “revolucionarios bolivarianos” siguen perpetuando el monopolio de la renta petrolera que heredaron de las derrocadas élites partidistas adecas y copeyanas, optando por más autoritarismo y más concentración en pocas manos del poder político y económico. Las estatizaciones de empresas y la asfixia del sector privado venezolano dan más poder a los políticos rentistas venezolanos. Al extractor le conviene, por definición, el sometimiento y pobreza mayoritario. Los peronistas argentinos lo saben bien.

En algunos casos puede haber convivencia de instituciones económicas inclusivas con un poder político extractivo. Ocurrirá cuando la élite en el poder gane más con el desarrollo económico colectivo, porque están suficientemente fuertes en el poder político. Un ejemplo es Corea del Sur. También hay casos en que la grandeza como estadista de un político puede ayudar a romper con el círculo vicioso extractivo. Botswana, una de las escasas naciones en que la riqueza mineral no es una maldición, tuvo esa figura clave en el político Sir Seretse Khama (1921-1980).

El libro de Acemoglu y Robinson es una lectura indispensable para ciudadanos y políticos. La necesidad de acercar a las naciones a un entorno institucional inclusivo es imperativa. Sólo así se conseguirá catalizar educación y cambio tecnológico, fundamentales para generar una dinámica inclusiva. Lo clave es reconocer que todo proceso de deriva institucional genera ganadores y perdedores. Mientras las élites preserven el status quo y el conjunto social las obedezcan, será inviable transformar un escenario de exclusión.

Lejos de ser un determinismo, la hipótesis institucional abre puertas que niegan otras teorías sobre el subdesarrollo, como la “hipótesis geográfica”, la “hipótesis cultural” o la “hipótesis de la ignorancia” que discuten los mismos autores. La oportunidad es buena para rescatar una obra en castellano que también hizo una labor ambiciosa para estudiar el mismo problema y que es, en mi opinión, la mejor obra que legó su autor, a quien conocí personalmente. El libro se llama POR QUÉ CRECEN LOS PAÍSES (Sudamericana, 2006) y el autor es el lamentablemente fallecido D. José Ignacio García Hamilton, argentino. Él hace un prodigioso ejercicio análogo al de Acemoglu y Robinson.

García Hamilton rescataba, por ejemplo, el tema de las instituciones jurídicas y señalaba el derecho consuetudinario anglosajón como un elemento clave. Menciona la figura seminal de Sir Edward Coke (1552-1634), quien en 1603 sugería que la facultad de interpretar las leyes no correspondía ni a la corona ni al Parlamento, sino a los tribunales de justicia, anticipando el “control judicial de constitucionalidad” establecido por la Constitución Norteamericana “para evitar los desbordes de los gobiernos o de los organismos representativos en perjuicio de los particulares o de las minorías” (p. 53).

La Venezuela que amanece en 2013 precisa un Cooke o un Khama con urgencia.

Fuente: Agor@ Magazine