Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Por qué fui al cacerolazo. Por Agustín Laje (*)

Yo fui uno de los tantos jóvenes que participó del espontáneo cacerolazo del jueves pasado, convocado a través de las redes sociales. En respuesta a diversas lecturas tendenciosas, reduccionistas y malintencionadas que oportunamente se efectuaron sobre la naturaleza y las motivaciones de estos nuevos cacerolazos del hartazgo, creo conveniente dar algunas razones por las cuales concurrí.

Fui al cacerolazo, en primer lugar, porque valoro la libertad como derecho inalienable del hombre y no acepto que el kirchnerismo pretenda dirigir la vida de los ciudadanos hasta en sus más minúsculos detalles. No sólo han atacado la libertad de expresión arremetiendo contra la prensa no adicta de manera sistemática, sino que ahora pretenden decidir por nosotros qué debemos hacer con el fruto de nuestro trabajo y controlar hasta nuestros calzones si osáramos viajar al exterior (cualquier semejanza con Cuba o Venezuela no es mera coincidencia).

Fui al cacerolazo porque no me quedaré sentado viendo cómo los funcionarios kirchneristas se enriquecen con el dinero del pueblo. Los casos de corrupción en Argentina, desde los fondos de Santa Cruz que nadie sabe dónde diablos los escondió Néstor, pasando por las valijas de Antonini Wilson, la bolsa de Felisa Miceli, las coimas de Skanska, la cocaína de Southern Winds, las casitas de Hebe y Schoklender, y un interminable etcétera hasta llegar al más reciente de todos, el presunto enriquecimiento ilícito de Amado Boudou, no han llegado a ninguna parte y la impunidad ha sido la regla.

Fui al cacerolazo porque no me creo que este gobierno sea “nacional y popular”. Más que nacional, es estatista (que no es lo mismo en absoluto); y más que popular, es populista, con un fuerte componente oligárquico que deriva del modelo económico del “capitalismo de amigos”, en el que la condición para alcanzar la fortuna material no está vinculada a la idoneidad, productividad o habilidad, sino a los lazos de amistad y servilismo para con el poder (¿le suenan Báez o Ulloa?).

Fui al cacerolazo porque el kirchnerismo, en su infinita arrogancia, politizó la bandera de los Derechos Humanos tras antes monopolizarla, convirtiéndola de una causa naturalmente noble a una causa ideológico-política de la que sacaron provecho los peores sátrapas de nuestro país. Así pues, los Derechos Humanos en la Argentina de hoy no son mucho más que un patrimonio de delincuentes y ex terroristas, y ni se nos ocurra pensar que una víctima de éstos puede ampararse en aquellos.

Fui al cacerolazo porque la inseguridad se apoderó de las calles y llegó a niveles intolerables sin que se perciba voluntad política alguna para controlarla. Tenemos un Estado bobo y obeso, que se cree capacitado para expropiar y dirigir empresas, pero que no es en verdad capaz siquiera de llevar adelante con eficiencia la función principal de todo Estado: monopolizar el uso de la fuerza para proteger a los ciudadanos.

Fui al cacerolazo porque estoy hastiado de la hipocresía oficial. En efecto, se horrorizan desde sus countries que la clase media se exprese golpeando cacerolas, de manera espontánea y sin las ya famosas motivaciones del “chori y la Coca”; se esconden tras sus guardaespaldas cuando aseguran que la inseguridad es una “sensación”; nos aseguran que la inflación es mínima, mientras los ahorros de los argentinos se hacen trizas en cuestión de meses (y encima, frente a tal panorama, no nos dejan refugiarnos en el dólar); se golpean el pecho por los Derechos Humanos mientras admiran a Fidel Castro, se dan la mano con dictadores africanos y reivindican a las organizaciones terroristas de los años `70; nos hablan de redistribuir la riqueza pero la suya ni se les ocurre tocar; nos piden que nos pesifiquemos mientras ellos continúan dolarizados hasta las orejas…

Fui al cacerolazo porque quiero un país republicano, con una división clara de poderes y sin jueces que se prostituyan al poder político.

Fui al cacerolazo porque me tiene cansado el cliché del “54%”. La democracia no es una cuestión meramente cuantitativa, sino que también es, y no menos importante, un sistema de respeto a las minorías. Haber sacado el 54% de los votos no los habilita para convertirse en dictadores.

Fui al cacerolazo porque no acepto la inmoralidad de tener en la Argentina una caterva de “periodistas militantes” (léase, periodistas que hacen las veces de felpudo oficialista) que lleven adelante su militancia mediática financiándose con dinero del pueblo.

Fui al cacerolazo, finalmente, porque me opongo al anacronismo juvenil que promovió el kirchnerismo a través de lo que dio en llamar “La Cámpora”, rejunte de jóvenes radicalizados que se creyeron el cuento de que estaban llamados a ser los herederos modernos de Montoneros, y adoptaron modismos, categorías, discursos e ideas que no se condicen con los tiempos que corren. Los jóvenes argentinos estamos llamados a ser mucho más que una versión paródica de un grupo terrorista del pasado.

Llegó el momento de dejar de callar y hacernos oír. Y quienes siempre han despreciado el diálogo, creyéndose que la política podía resumirse en sobreactuados y reiterados monólogos por Cadena Nacional, esta vez tendrán que revisar lo que está sucediendo verdaderamente en la Argentina. Las cacerolas son un síntoma ya histórico de que las cosas no van tan bien como se piensan.

(*) Tiene 23 años y es autor del libro “Los mitos setentistas”.
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