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Prédica en el desierto

Al Presidente de la República, los estudiantes universitarios lo tienen tan trastocado que se la pasa dando piruetas cada vez más acrobáticas y arriesgadas.

Por Trino Márquez
Jueves, 14 junio 2007

Al Presidente de la República, los estudiantes universitarios lo tienen tan trastocado que se la pasa dando piruetas cada vez más acrobáticas y arriesgadas. Una de sus últimas ocurrencias fue pedirles a los militantes del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) que cedan las pertenencias que les sobren a los más necesitados. Para dar el ejemplo, él mismo se desprendió de los $250.000 que su alto pana Mohamed Gadaffi le había concedido como regalo un tiempo atrás. De esta módica suma el modesto hombre de Barinas no recordaba nada, algo extraño tratándose de un personaje que dice ser un “pobre de solemnidad”. ¿Alguien puede imaginar a un empleado público, a un obrero o a un albañil, es decir, a un pobre de verdad, que se gane esa cifra y se le “olvide” que la tiene en su cuentita de ahorro? No, ¿verdad? El primer mandatario debe de haber dejado en el tintero esa suma, porque la verdad es que representa una minucia frente a los sesenta mil millones de dólares del presupuesto anual del Gobierno, que él maneja según su real saber y entender, como testigos están Fidel Castro, Evo Morales, Daniel Ortega y demás favorecidos.

Más allá de ese gesto melodramático de Hugo Chávez, lo cierto es que su llamado a la bondad solidaria de sus camaradas ha sido recibido con la frialdad de un refrigerador de pescadero. Salvo los obsecuentes de siempre, los que aplauden incluso antes de que el jefe hable, nadie se ha hecho eco de su jaculatoria. Ha predicado en el desierto. Su discurso no ha ablandado la dura costra que ahora recubre el bolsillo de los miles de dirigentes, militantes, simpatizantes, amigos y allegados del proceso, que se han enriquecido de forma obscena con el derroche incontrolado del Gobierno bolivariano, y que ahora forma una clase especial de nuevo ricos.

¿Por qué la exhortación del comandante ha sido recibida con total indiferencia? Porque, es obvio, va a contrapelo de los valores e intereses de la inmensa mayoría de las personas normales y corrientes. Yo no podría asegurar que Hugo Chávez defiende una visión ingenua del ser humano, pues él mismo dejó la ingenuidad en Sabaneta de Barinas el mismo día que salió de ese remoto pueblo. Lo que sí me parece es que posee una concepción premoderna y precientífica de las relaciones humanas y del comportamiento del individuo en la sociedad. El comandante, tan buen lector de la Biblia como dice ser, cree que el individualismo y los afanes de riqueza constituyen una excrescencia del capitalismo. Está equivocado de banda a banda. Desde las Sagradas Escrituras se conoce que el egoísmo, la envidia, los celos y todas las demás miserias acompañan al ser humano desde su aparición en la Tierra. El tema fue tratado en el Viejo y en el Nuevo Testamento. En la Ilíada y la Odisea, Homero lo trabaja con exquisita elegancia. Lo mismo hacen Ovidio en La Metamorfosis y los utopistas del Renacimiento. Con Sigmund Freud adquiere una sólida base científica la tesis según la cual el ser humano es una combinación de bondad y maldad; de ira y templanza y de agresión y contención. El padre del psicoanálisis resume esta batalla épica entre la guerra y la paz como la lucha entre Eros y Tánatos.

Pero a Chávez no le interesa Freud, sino el hombre nuevo del Che Guevara, de Mao Ze Dong y de los comunistas más nostálgicos, a quienes no les interesa que el ser humano viva mejor, que sea mejor. ¡Vaya quimera! A los camaradas les encanta inventar íconos e imaginarse a los individuos como semidioses, alejados de las pasiones del común de los mortales. Durante la década de los años 30, época en la que el dominio de Stalin sobre la URSS era absoluto e indiscutible, el régimen magnificó la figura de un minero, Alexei Stajanov, que trabaja de sol a sol, que producía el triple de los demás, y cuyo salario se lo entregaba íntegro al Estado para que éste lo repartiera entre los más pobres. Fue una figura endiosada que influyó sobre millones de ingenuos trabajadores rusos que se dejaron explotar sin ofrecer mayor resistencia. Por supuesto, mientras los seguidores de Stajanov entregaban su sangre proletaria, el padrecito Stalin aplastaba con su bota cruel a todo el pueblo ruso y la camarilla que lo respaldaba disfrutaba de una vida llena de comodidades.

El moderno padre del “hombre nuevo”, Ernesto Che Guevara, propuso en Cuba el trabajo voluntario en los primeros años de la Revolución y, además planteó eliminar los incentivos materiales, es decir, el dinero, para que fuesen sustituidos por los incentivos morales; habló de la emulación socialista y la contrapuso a la competencia capitalista. El resultado de los disparates voluntaristas de Guevara condujeron a la más total bancarrota a la economía cubana, que solo llegó a salir del abismo gracias al enorme subsidio que le proporcionaba la Unión Soviética. En la misma honda andaba Mao cuando lanzó el Gran Salto hacia Adelante, empresa que el sufrido pueblo chino pagó con una feroz hambruna y con decenas de millones de muertes. La búsqueda del “hombre nuevo” propiciada por los comunistas le ha salido muy cara a la humanidad. Son numerosos los sufrimientos, las persecuciones, las torturas y el hambre que las sociedad han padecido cuando a unos lunáticos intentan negar que el ser humano en su misma esencia es una mezcla compleja de pulsiones naturales encontradas, y que lo único que puede contrarrestar y someter esos instintos son normas e instituciones sólidas aceptadas y acatadas por la mayoría de la sociedad.

El llamado de Chávez será un nuevo fracaso, otra demostración de que su liderazgo no es tan sólido como él se imagina. Quienes lo siguen, parte del pueblo y mortales comunes y corrientes, quieren ahorrar, disfrutar, acumular para dejarles bienes materiales a sus descendientes, y gozar de la vida como aspira a hacerlo cualquier persona sensata. Lo que sí debería hacer el Presidente es meter presos a quienes se han enriquecido de forma ilícita, sin embargo, a esto no se atreve.