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Profecía autocumplida. Victor Maldonado

Debemos al reputado sociólogo norteamericano Robert Merton un hallazgo sensacional: La realidad se recompone cada vez que se la interpreta. En esto consiste precisamente la profecía autocumplida, en que cualquier definición que hagamos sobre una situación determinada, sin importar que sea verdadera o falsa, provoca una secuencia de conductas que hace que la falsa concepción original se vuelva “verdadera” en sus consecuencias.

Lo que hizo Merton fue derivar su concepto del Teorema de Thomas cuyo postulado es muy preciso: “Si una situación es definida como real, esa situación tiene efectos reales”. Dicho de otra manera: Dependiendo de la credibilidad de la fuente, la gente es capaz de adecuar sus conductas a los postulados y premisas planteadas en relación con una situación. No importa la validez de esos planteamientos: si la gente acata y le confiere credibilidad al mensaje se comienza a comportar como si esa mentira formase parte de la realidad con la que tiene que vivir. Ejemplos sobran, pero el más nuevo tiene que ver con lo que ocurrió con la devaluación recientemente instrumentada.

El gobierno ha colapsado en su desempeño económico. El segundo semestre del 2012 fue un suplicio para los empresarios que vieron menguadas sus posibilidades de acceso al dólar hasta que resultó francamente imposible. Nadie se explica cómo, manteniéndose los precios petroleros al alza, a la economía venezolana no le alcanzan sus ingresos para garantizar las importaciones de bienes y servicios esenciales. La sequía en el mercado de divisas provocó una reacción insólita: Todo el mundo comenzó a pedir y a esperar con resignación una devaluación como la única medida capaz de resolver el problema. Y por supuesto, todos los actores económicos comenzaron a comportarse en consecuencia, ajustando los precios, retardando las transacciones, incrementando los inventarios y estableciendo como marcador el precio de escasez que había que pagar por los escasos dólares que todavía se ofrecían en el mercado.

Mientras la economía languidecía ocurría otra tragedia, la política. En lugar de atender y garantizar la adecuada administración del país, el gobierno se deshilacha entre el largo velorio a la salud presidencial y las pugnas cortesanas que ocurren entre las diversas facciones del chavismo. A todos ellos les convino la radicalización de sus posiciones y el grito cada vez más feroz que unos y otros lanzaban contra todo lo que les oliera a mercado. Los argumentos del canciller Jaua luego de culminados los carnavales son el epílogo a toda esta trama: la gente no necesita dólares, y los dólares en manos del régimen son del pueblo. Mueran entonces los burgueses que quieren hacer fiesta con “nuestras divisas” y pretenden arrancarle al pueblo soberano la oportunidad de la felicidad. El ajuste cambiario es una condición para la felicidad del pueblo. Como diría mi suegro, “agarra ese trompo en la uña”.

Por eso es que no debe extrañarnos que la gente comience a sentir en el discurso económico una amenaza política. La propaganda oficial machaca por todos los medios a su alcance que la devaluación no se trata de un ajuste sino que es el esfuerzo de evitar un zarpazo contra el derecho de cada quien. Y de esta forma, gracias al sistema de mentiras difundidas sistemáticamente por los medios públicos, los perjudicados terminan siendo los culpables de siempre. Poco le falta al gobierno para decir que tuvo que devaluar por las presiones de los rufianes capitalistas a quienes decidió abofetear encareciéndoles sus ansias de obtener lo que corresponde al soberano.

Todas estas patrañas encubren una realidad mucho más cruda y fatal. La devaluación confisca las posibilidades de la gente, pero sobre todo de los grupos más pobres y vulnerables, y también de las clases medias asalariadas. La devaluación los coloca como los perdedores del socialismo del siglo XXI. También esconden que estas decisiones no son los remedios a ningún problema sino los síntomas de una necrosis económica que es provocada por la inexplicable arrogancia que el régimen muestra al mantener un modelo controlista y centralizado, indisciplinado y botarate que además se ufana de combatir la eficiencia del sector privado. Estas decisiones disimulan un proceso corrompido que además insiste en las mismas falsas soluciones y en los mismos equipos que llevan años de fracaso. Todo esto es cierto, pero todos pidieron una devaluación como paliativo. ¿Paliativo a qué? Ese es el drama de esta profecía autocumplida. Que una devaluación no es la solución a esto que estamos viviendo, y sin embargo todos nos estamos ajustando dócilmente a sus consecuencias.

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com