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¿Qué es la economía? Responde el Nobel Buchanan

El nobel de economía 1986, James M. Buchanan, falleció en 2013. En su legado hay uno menos conocido: su brillante reflexión sobre qué deben hacer los economistas

Al amigo prof. Luis Emiro Montero

El nobel de economía en 1986, James McGill Buchanan (1919-2013) es principalmente recordado por su obra sobre teoría de la elección pública. En esta misma publicación he hecho algún artículo previo sobre él, con motivo de su fallecimiento. Explorando un texto para preparar un nuevo trabajo, me encontré con una referencia a un artículo suyo de 1964, donde Buchanan se preocupa sobre la definición de Economía. Entiendo que ese artículo seminal está sin traducción al castellano y creo que es poco referido porque otros trabajos posteriores de Buchanan le hacen sombra. Ello le da valor adicional para rescatarlo. En castellano se debería llamar QUÉ DEBERÍAN HACER LOS ECONOMISTAS. La referencia es BUCHANAN, James M. “What should economists do?” Souther Economic Journal, Vol. 30, No. 3 (1964), pp. 213-222.

Buchanan siente disconformidad con la definición convencional de economía legada por el gran Lionel Charles Robbins (1898-1984). Según esa concepción, el problema económico es la asignación de recursos escasos entre fines alternativos y que compiten entre sí. Siguiendo el artículo, “el problema es uno de asignación, el cual surge por el hecho de la escasez y la necesidad de elegir” (p. 214). La economía consistiría en el estudio de ese problema. Bajo este esquema conceptual, el economista proveería los medios para hacer “mejores” elecciones (p. 221). Termina siendo una suerte de ingeniero social.
Lo que desagrada a Buchanan es que esta definición pierde de vista quién hace la asignación. Es más, abre la puerta a que sea el Estado y hasta un gobierno socialista o totalitario quien, en su sabiduría de “déspota benevolente”, coloque los recursos donde deben estar. Algunas aproximaciones como la de Frank Knight y Milton Friedman (nobel 1974) al menos señalaban en sus clases de aquel tiempo que “la economía es el estudio de cómo una sociedad particular resuelve el problema económico” (p. 215) y esto aterriza el concepto en el sentido que al menos alguien, la sociedad, debe hacer la asignación de los recursos escasos. Y la sociedad son los individuos que la componen, así que el problema económico puede descender a un nivel personal. En cualquier caso, estas definiciones son “de final abierto” (“open ended”, p. 215) y quizás incluso resten motivación a quien se inicia en Economía o quiere comprender de qué va el asunto.

Tal enfoque termina convirtiendo a la sociedad y al economista es una suerte de gran ordenador o computadora. Los economistas hablan de una función de utilidad que debe maximizarse, que es una forma complicada de decir que las elecciones económicas buscan incrementar el bienestar. Si el asunto se limita a decidir dónde se colocan los grandes elementos de la función de producción, a saber tierra, capital, trabajo y conocimiento, el asunto termina siendo una optimización informática y un complejo programa de programación lineal o investigación de operaciones resolvería el problema económico.

Buchanan señala que en muchos manuales de economía se distingue entre problema económico y problema técnico (p. 216). El libro de texto convencional resuelve el asunto diciendo que en el problema técnico no hay fines conflictivos entre sí, que todo se resuelve a dar la mejor solución tecnológica a un único fin a maximizarse. En un nivel más sutil, si consideramos que existe una utilidad individual y una utilidad social, la diferencia se hace menos clara. Con un buen modelo sobre las preferencias individuales, obtenido mediante un conocimiento o programa informático suficientemente bueno, los conflictos entre fines se van diluyendo. El problema económico se hace puramente mecánico. Es más, algunas agencias de planificación estatal tienen la pretensión de tener ese saber superior.

Buchanan prefiere ver que el problema económico surge en nuestras relaciones de intercambio. Lo que nos inquieta a los economistas es cómo los seres humanos nos las arreglamos para ganarnos la vida y ante ese problema encontramos una institución fundamental: el mercado. Incluso en sus estadios más primitivos, el ser humano encuentra, seguramente por algo intuitivo y de racionalidad básica, que para sobrevivir debe cooperar con otros seres humanos. La economía nace de un principio biológico, la SIMBIOSIS, según la cual se asocian voluntariamente organismos diferentes entre sí para ambos beneficiarse. En tal sentido la economía bien podría llamarse “simbiótica”. Al final lo que interesa es analizar y comprender cómo los seres humanos interactúan, haciendo negocios, celebrando acuerdos y fijando normas para poder resolver su problema de supervivencia. Los economistas deben poner la mirada en el mercado, que es el arreglo institucional surgido para resolver esa necesidad humana por el intercambio como estrategia fundamental para la civilización.

Desde luego, este enfoque invita a preguntarse qué diferencia hay entre la economía y la política. Buchanan lo formaliza diciendo que “la economía es el estudio del sistema completo de relaciones de intercambio. La política es el estudio del sistema completo de coerción o relaciones potencialmente coercitivas.” (p. 220). La diferencia clave es la entrada de la fuerza, de lo que no es voluntario y cooperativo. Buchanan elabora: “En la medida que los individuos intercambian, comercian, como unidades que hacen contratos libremente, la característica predominante de su conducta es «económica».

Y esto, por supuesto, extiende nuestro rango de análisis más allá del nexo ordinario entre precios y dinero. En la medida que los individuos se encuentran en una relación de superior a inferior, de líder a seguidor, de principal a agente, la característica predominante en su comportamiento es «política».” (p. 220) Lo de “principal” y “agente” es básicamente la relación entre quien posee un bien y quien se lo administra, entre los accionistas de una empresa y sus gerentes, por ejemplo. Lo cual muestra una relación de jerarquía y rendición de cuenta. Por supuesto, estos temas distan de ser excluyentes. En una corporación tenemos relaciones económicas y políticas, porque se funden facetas de mercado y de poder. Es más, el propio James M. Buchanan destaca por haber abordado ambos temas con el enfoque del economista. Lo relevante es qué faceta prima más cuando hacemos un análisis. Al estudiar asuntos económicos nos interesa más la parte voluntaria y cooperativa, en lugar de asuntos relacionados con el poder. Acá yo diría que los economistas vemos las relaciones humanas “horizontalmente”: vemos al ser humano como poseedor de bienes y servicios que se negocian y los vemos como iguales bajo esa óptica. Indudablemente habrá quien tenga más dinero que otros o quien tenga bienes más valiosos, mas quien entra en un acuerdo laboral, de comercio o alquiler lo está haciendo de manera voluntaria, aunque indudablemente algunas veces lo hará con mayor gusto que otras. En cambio el analista político tiene en su visión una noción de “verticalidad”, de diferencia de poder entre quienes estudia y la capacidad de unos para imponerse, mediante la fuerza, sobre otros.

Ahora bien. ¿Y si falla el mercado? En economía se habla de bienes públicos precisamente cuando el mercado es incapaz de proveer bienes y servicios, como por ejemplo seguridad ciudadana. A Buchanan esto tampoco se le escapa y señala que el gran problema de las soluciones de mercado es el “free-rider”, que en castellano nos vale como “el polizón”. Es el que va de gratis a la fiesta, el que se cuela a disfrutar del servicio sin colaborar en proveerlo. En casas, oficinas y condominios vemos quien disfruta de lo mismo que otros y nada contribuye a sufragarlo. Lo veo en la máquina de café que tengo en la oficina, la cual usa estas cápsulas de café que están de moda. Cuando encuentro la máquina llena de cápsulas sé que el último que se sirvió café se dio cuenta que había que vaciar la bandeja de cápsulas y le dejó el asunto al siguiente. Cuando vacío yo la bandeja sé que otros se servirán su café con velocidad y yo no me llevo nada por ello. Es más, alguien apresurado puede dejar su café para un rato después a la espera de que alguien haga el fastidioso trabajo de desmontar la parte delantera de la máquina y vaciar las cápsulas. Nadie audita que todos hayamos vaciado la bandeja alguna vez. Estoy seguro que todos vivimos episodios semejantes y con asuntos ajenos a máquinas caprichosas. En suma, ¿Qué se hace ante el problema del “free-rider”? En mi ejemplo trivial hay un bien público que es el mantenimiento de una máquina que todos usamos. Una solución de mercado es pagar a alguien que esté atento a vaciar la bandeja, mas es un gasto que sólo una empresa muy boyante y gente muy exquisita pagaría.

La solución es provisión de bienes públicos por el gobierno. E incluso allí opera la lógica del acuerdo voluntario. Consideramos que surge una constitución, un acuerdo formal para transferir al Estado ciertas facultades como la administración legal de la fuerza. En tal sentido, consideramos el origen contractual de la constitución, un traspaso voluntario de poder individual al Estado. Como se ve, es una derivación de la misma lógica cooperativa que se viene considerando.

En suma, Buchanan nos dice: “Estoy simplemente proponiendo, de varias maneras, que los economistas concentren su atención en las instituciones y las relaciones entre individuos, en la medida en que participan en actividades voluntarias organizadas, en el comercio y el intercambio ampliamente considerados.” (p. 221).

Estoy convencido que la lectura de este artículo, en lugar de otras introducciones aburridas a la economía, ayudarían a bajar las tasas de deserción en la carrera universitaria de economía y las tasas de decepción y rechazo hacia lo que hacen los economistas.

Epílogo

El libro en que descubrí la referencia a este maravilloso artículo sí que está traducido al castellano. Es editado por Michael Szenberg y se llama GRANDES ECONOMISTAS DE HOY (Debate, 1994. La traducción es de Flora Casas).
Este libro es una maravillosa colección de ensayos personales y autobiográficos hechos por célebres economistas. Uno de ellos es Buchanan. En su ensayo se encuentra sintonía con el artículo que acabo de reseñar.

Buchanan destaca su visión individualista. Señala: “El elemento individualista en mi visión de la realidad social, real o potencial, ha constituido un componente importante de mi crítica sustantiva al trabajo de otros en el terreno de la economía política.” (p. 118). Y sostiene: “El respeto por el individuo, como uno de los múltiples participantes en la red de interacción social, impone necesariamente una actitud humilde en el científico, actitud que debe mantenerse deliberadamente.” (p. 116)

Al considerar la ciencia social, considera que se sitúa entre el modelo científico y el modelo artístico. Según Buchanan, “la conducta del científico es el descubrimiento”, mientras que “el artista crea algo donde no había nada” (p. 117). El científico social debe estudiar realidades alternativas a lo que encuentra. Y en tal sentido, Buchanan afirma: “He declarado en numerosas ocasiones que tenemos el deber moral de pensar que podemos idear y poner en práctica constructivamente unas reformas de la ordenación social.” (p. 115)

Podemos considerar que esta es la rebeldía propia del buen economista.

Madrid, Marzo de 2013

Autor: Carlos Goedder carlosurgente@yahoo.es