No importa que no exhiban en su historial ni una sola experiencia exitosa y sostenible de gobierno, que no hayan podido sacar de la pobreza a ningún ser humano, ni cumplido su promesa de un supuesto mundo más justo, “sin explotadores ni explotados”, ni siquiera de garantizar un mínimo y vital suministro de alimentos.

Con ingenua curiosidad se hojean los libros de historia universal, buscando el balance final de la obra de todos aquellos revolucionarios que alcanzaron posiciones de poder, luego de tantas grandilocuentes promesas. ¿En algún momento alcanzaron el anhelado “paraíso en la tierra” o formaron al “hombre nuevo”? La respuesta invariablemente ha sido la misma.

 

En contraste, las democracias que han operado con los grados adecuados de libertades ciudadanas, respeto a la ley, fortaleza institucional y contrapesos en las ramas de los poderes públicos, han respondido exitosamente a las demandas de sus ciudadanos fomentando el espléndido fenómeno de la movilidad social. Alcanzar tal estado de gracia, no obstante, tiene sus obstáculos y pueden llenarse enciclopedias describiendo los errores y fallas en el proceso, por una razón muy sencilla: ha sido la imperfecta condición del ser humano en acción, los ensayos y errores propios de todo aprendizaje. La construcción de sociedades amparadas en la libertad, la responsabilidad, la justicia y el orden es una tarea intrínsecamente difícil, pero no imposible, y sus recompensas han sido el desarrollo humano y la calidad de vida de sus integrantes.

 

Para un revolucionario, no faltaba más, esos son supuestos negados. Sus argumentos siguen siendo los mismos desde 1917: banderas rojas, puños en alto, gritos, rebeldía, irrespeto a la ley y violencia. Con esos ingredientes se han podido levantar revoluciones en diferentes partes del mundo, pero nunca países prósperos.

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Fuente: @YegresGuarache

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