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Quiero mi acción de Pdvsa. José Ramón Acosta

El Presidente es el único que importa, el único en el que debe pensar cada venezolano.

Voy en el metro y me fijo en la camisa de un pasajero que tiene la frase: “yo soy Chávez”. Concluyo: “este es el inicio del Absolutismo”. Que yo sea Chávez significa que no puedo ser yo mismo, pues el principio de no contradicción de Aristóteles, expresado en su Metafísica, establece que “Nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido”. Es decir: o soy Chávez o soy José Ramón Acosta, pero no puedo ser ambos al mismo tiempo. Ahora bien, ¿qué es el principio de no contradicción? Es uno de los tres principios en los que se fundamenta la Lógica, pero no la lógica capitalista, ni la lógica socialista o la lógica con la que pensaban los griegos. ¡No! Es la lógica bajo la cual funciona el cerebro humano.

El principio de no contradicción presenta como una de sus características el que no puede ser negado porque su negación implica su afirmación simultáneamente. Los principios del pensamiento formulados por Aristóteles constituyen la base sobre la que se fundamenta el pensamiento humano, es decir, lo que nos separa del resto de los seres de la creación. Así de importante es el asunto.

Volvamos a nuestro tema. Cómo yo soy Chávez, entonces no soy yo mismo, sino que soy otro: él. Ahora bien, si todos somos Chávez, entonces ninguno es él mismo; el yo desaparece; nadie existe. Él es el único. De modo que el “yo soy Chávez” implica la negación de toda individualidad, excepto la del Comandante. Esta alienación es absolutismo. Pero no un Absolutismo como el de Luis XIV de Francia, Felipe V de España, Carlos II de Inglaterra, Federico Guillermo I de Prusia, Pedro I de Rusia o Fernando VII de España. ¡No! Esos monarcas eran infantes al lado de lo que vemos en Venezuela. Porque ellos ejercían el Absolutismo sin negar a sus súbditos. El venezolano es un absolutismo faraónico, en el cual el único individuo es el gobernante y los súbditos ni siquiera existen. ¿En qué me baso para afirmar esto? En que el Gobierno nos pide que no pensemos en nuestras necesidades, en nuestros propios problemas. El Presidente es el único que importa, el único en el que debe pensar cada venezolano. Todos los demás debemos convertirnos en él. Para lograr esta metamorfosis debemos vaciarnos, dejar de ser nosotros mismos.

¿Cómo hemos llegado a este nivel de aberración, de enajenación, o, dicho de otro modo, cómo hemos retrocedido en la cadena evolutiva de los regímenes de gobierno, hasta una cosa que se parece mucho al Despotismo Asiático? Los problemas complejos no tienen soluciones simples; dado que soy economista, voy a dar solamente la respuesta económica.

Normalmente en los Estados, el Gobierno tiene el Poder, mientras los ciudadanos producen la riqueza. De modo que los ciudadanos necesitan del Gobierno para que les provea de bienes públicos puros, que no se producen eficientemente en el mercado, en tanto el Gobierno necesita de los ciudadanos para obtener fondos para su buena marcha. Este esquema, cuando funciona bien, proporciona el primer nivel de un sistema de pesos y contrapesos que suele complementarse con la división de los poderes en número impar para que, con esta separación, el Gobierno pueda autorregularse.

En Venezuela el Gobierno detenta el Poder, cosa que está bien, sin embargo, también posee la riqueza, cosa que está muy mal. Bajo el argumento de que la industria petrolera es de todos, el Estado controla la principal fuente de ingresos del país. De modo que el Estado, al tener el Poder y el dinero, no necesita de los ciudadanos sino solo para que voten.

Constantemente se nos dice que Pdvsa es de todos. Como yo soy parte de ese “todos”, ya que Pdvsa es también mía, quiero mi parte. Quiero mi acción y, más importante aún, quiero mis dividendos. Si cada venezolano tuviera su acción de Pdvsa y le pagarán los dividendos, el Estado viviría únicamente de cobrarnos impuestos para poder obtener fondos. En este contexto, los ciudadanos podríamos pedir que se nos rindan cuentas del uso de nuestros tributos, lo cual modificaría sustancialmente la relación con el Estado. Este no es el único beneficio. Más importante aún, el Gobierno necesitaría realmente de los ciudadanos para subsistir, por primera vez desde 1914. Entonces, el Estado no querría que todos fuésemos uno, sino que fuésemos muchos. Que cada quien fuese él mismo.

Quiero mi acción de Pdvsa y que el Estado me cobre impuestos por los bienes y servicios que me presta. Yo soy un ciudadano venezolano, no soy Chávez. 

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