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Radicalismo y ruina. Domingo Fontiveros

El modelo socialista no funcionó cuando Chávez y menos va a funcionar bajo Maduro.

La Cepal y el FMI han reducido sustancialmente sus pronósticos de crecimiento para Venezuela este año. Como estos organismos internacionales deben evitar sesgos políticos para mantener inmaculadamente técnicas sus proyecciones, razonan en términos más o menos neutros como son déficit fiscal y escasez de divisas, para sustentar su análisis.

El asunto va mucho más allá. El déficit y la escasez son síntomas, no causas, de la crisis que vive el país. El déficit venezolano proviene de una irrefrenable vocación de aumentar constantemente el gasto público sin ingresos suficientes. Y esta vocación es claramente una cuestión política que se resume en la búsqueda permanente de legitimación popular para un proyecto de gobierno perpetuo de la misma camarilla “enchufada” como se dice ahora.

La escasez en el fondo es un problema de oferta, es decir, de producción. En capitalismo, existe la tendencia a la sobreproducción, o a producir por encima de lo que la demanda puede absorber. Para contrarrestar esta tendencia, el gasto público es una poderosa palanca de creación de nueva demanda que la equipare con la oferta y mantener a la economía cerca de su potencial de crecimiento. En socialismo, por el contrario, la tendencia es la contraria, es decir, a la subproducción, o a producir por debajo del nivel de la demanda. Con ello se crea un estado de escasez crónica de bienes y servicios, que equivale a empobrecimiento. La URSS nunca pudo superar la escasez. Cuba no puede. China, en buena medida ya lo hizo, con el capitalismo.

En Venezuela, se ha venido tratando de imponer, especialmente en la última década, una combinación nefasta de socialismo en la producción con desmedido crecimiento del gasto. Lo primero se manifiesta en expropiaciones, ocupaciones, confiscaciones, empresas del gobierno o afiliadas que pululan, y controles de todo tipo sobre los medios de producción y comercialización, con lo cual ha mermado la capacidad efectiva en numerosos sectores. Lo segundo es visible en las depletadas reservas internacionales y demás fondos de ahorro, a pesar de que en 14 años el valor de las exportaciones petroleras se multiplicó por diez, y el insólito aumento de la deuda pública externa e interna.

La realidad es que el modelo socialista no funcionó cuando Chávez y menos va a funcionar bajo el radicalismo de Maduro. Esta forma de concebir la dinámica de un país entiende que el asunto es, en el fondo, cuestión de represión a los sujetos de la actividad económica.

Que los empresarios tienen que seguir produciendo aunque sea a pérdida. Que el público consumidor no debe consumir más allá de lo burocráticamente correcto. Que los trabajadores deben reducir sus aspiraciones a los topes impuestos por las autoridades. Que los funcionarios del Estado son como ángeles guardianes únicos capaces de distinguir entre el bien y el mal con derecho a reprimir a los descarriados. Y que la planificación compulsiva debe ser aceptada como el camino para resolver los problemas.

Las imágenes recientes de diputados opositores golpeados y golpeadas por la furia chavista en el “Parlamento” pueden ser análogas a las agresiones menos visibles pero igualmente dañinas de que ha sido objeto el aparato productivo nacional. Con lo primero, el régimen pierde votos; con lo segundo, gana inflación.

DOMINGO FONTIVEROS ― EL UNIVERSAL
dfontiveros@cantv.net