Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
RSE: Más allá de los indicadores

En Venezuela, CEDICE Libertad, se ha dedicado desde su fundación en 1984, adesarrollar diversos programas, en los que se adelanta una actuación de solidaridad social fundamental con el apoyo de organizaciones empresariales y empresas

Rocío Guijarro y Xiomara Zambrano

Una de las dimensiones más técnicas de la Responsabilidad Social Empresarial, o quizás la mayor de todas, es el ámbito de los indicadores. Es el lado opuesto de su aspecto más romántico o etéreo (la genuina vocación de hacer el bien), tan necesario e importante como el buscar la autenticidad de la conexión entre el alma de la corporación y el ejercicio de su ciudadanía. ¿Cuáles son y en qué consisten? ¿Qué indicadores debo usar? ¿Cómo aplicarlos? ¿Para qué sirven y cómo saber si vale la pena? ¿Eso es ponerse una camisa de fuerza? ¿Es válido aplicarlos en Venezuela cuando somos una sociedad signada por un acentuado crecimiento de leyes, regulaciones y fiscalizaciones que inciden afectan la productividad y rentabilidad de las empresas? ¿Se pueden aplicar indicadores de RSE a pequeñas y medianas empresas?

Indicadores: ¿por qué y para qué?

Si bien desde la mirada del Pacto Global de las Naciones Unidas el Global Initiative Report (GRI) es la médula central en cuanto a evaluación de la gestión en la RSE se trata, se cuenta con un amplio menú de opciones para establecer un sistema de indicadores en la gestión de la RSE, a gusto del usuario y acorde con el modelo a implantar. Lo que se persigue, en primera instancia, es asentar una herramienta de gestión que haga más tangible la noción de ser una empresa socialmente responsable, y ser identificada como tal. Las empresas que cuentan con un cuerpo de elementos conceptuales que definen un modelo de organización, están familiarizadas con formas, actitudes y credos derivados de herramientas de gestión, que han variado según la época: Calidad Total o Método Deming, Reingeniería, Productividad, Mejoramiento Continuo, Cuadro de Mando Integral (Balanced Score Card), y más recientemente siglas como HSE (del inglés Health, Safety & Enviroment), además de diferentes variantes de normas ISO, aunado a una gama de formatos con estilos y nombres propios a volcar en la presentación de memoria y cuenta anual, o balance. Independientemente del modelo, ellos convergen en una necesidad de cuantificar los logros y aciertos en el manejo del negocio, tanto como sistema como en sus partes.

En base a esa necesidad de supervivencia a corto o largo plazo, cualquier modelo de gestión que permita resolver asuntos críticos (como la presión de un grupo social o de una regulación) o blindarse ante su posible influencia, es aplicable. En este sentido, el individuo asume a la RSE como una práctica guiada y especializada, que requiere ejecutar métodos, procedimientos e indicadores de gestión que ya han sido aplicados por otros, son reconocidos, o bien porque es un estándar mandatario desarrollado por la casa matriz del holding (en el caso de las multinacionales). Se trata entonces de organizar recursos y realizar acciones con un plan establecido y con expectativas de resultados que redunden en la calificación comprobada de empresa “socialmente responsable”. Sus beneficios directos se calculan en términos de credibilidad, y especialmente en respaldo hacia la reputación de la empresa y de sus respectivas marcas.

Sin embargo, no basta con las leyes. Hay una moral social que pide cuentas y los indicadores sirven para armar esa historia y ese argumento que permita mostrar rápidamente el “check list” social de la escena corporativa, y ponerle estética al asunto, para hacerlo creíble.

¿Un “GPS” o una camisa de fuerza?

Comunicar es una de las bases en la RSE. No sólo porque es el eje para el establecimiento del diálogo vinculante con los públicos clave de la organización, sino porque es la vía para proyectar la existencia de la empresa, sus prácticas y filosofía, dentro del universo social. No basta con actuar, también es necesario decirlo, y saberlo hacer. En efecto, el propósito general del Pacto Mundial de la ONU, es hacer viable la “Comunicación de Progreso”, mediante la sistematización y a través del uso del GRI.

Así como se requiere la construcción de un modelo administrativo que permita la operación de un negocio, desde una perspectiva sistémica e integrada. El uso de un sistema de indicadores permite construir un “GPS” corporativo, en cuanto a su rol social. El ideal es que en el arranque de sus operaciones, su fundación, ya se cuente con una actitud y una postura del cómo abordar la responsabilidad social y plasmarla en las operaciones del negocio. El contar con un sistema referente, en este caso, un cuerpo de indicadores sincronizados con el modelo de la organización, permite enfocar desde el inicio hacia dónde se quiere ir. Sea cual sea la herramienta a implantar, implica el poder mirarse en el actuar, y saberlo hacer saber, más allá de una simple tarea de verificación o check list. Las secciones de un manual de indicadores hacen las distinciones sobre hacia dónde dirigir la mirada, si es para evaluar o simplemente para dar un reporte.

Es parte de ese ideal del hacer efectivo también saber mirar más allá del ombligo corporativo, y estar atento hacia las tendencias del entorno y de la naturaleza misma del negocio, de sus puntos sensibles y cuáles pudieran ser los puntos débiles a la hora de “dar cuenta” a la sociedad sobre lo que se hace y cómo se hace.

Lo importante es comenzar a transitar el camino y poner en práctica lo que, parafraseando a la célebre obra de Carroll, el gato le dice a Alicia ante su encrucijada “no importa qué camino escojas, si no sabes hacia dónde vas”.

Los indicadores para la gestión de la RSE, así como aquel sistema de normas y códigos que se desarrollen e implanten en una empresa, dentro de ese campo, hacen más viable el viaje hacia esa visión del ente socialmente responsable al cual se quiere llegar y ser identificado. Es una forma de autoregulación –aunque pueda coincidir en el presente o en el futuro con leyes y normas formales y de obligatorio cumplimiento – con un necesario proceso de implantación que incide en la cultura corporativa; y que a la larga sea más factible pasar con buenas notas después de un examen detallado. El ideal es que cuando ese momento llegue, por dónde sea que observada, o se le haga una muestra, o una biopsia, sea hallado en el ADN de la empresa un componente de RSE, en actitud y convicción.

Y sin embargo, el ser humano, al igual que la dinámica social, evoluciona, cambia, incluso cuando persigue conservar lo bueno, y a veces hay que incorporar nuevos enfoques y elementos para conservar lo que es importante, y mantener la práctica de la revisión y la flexibilidad. Los indicadores tienen que ser un marco para hacer que el sistema funcione bien, se hagan correctivos, en vez de crear trabas. No es control rígido, ni dictadura de normas. Ese es un tanto de práctica, hacer y corregir, y es parte de la evolucionaremos ¿o no hemos recorrido si revisamos y miramos atrás?

También el uso de normas e índices para guiar la actuación socialmente responsable, hace más óptimo el uso de la energía espiritual de los miembros de la organización, especialmente en momentos de dificultades. El ser humano en sí, busca o elige siempre la opción que le evite menos pérdida de energía, el costo de decidir cuando no se posee una guía o un marco, es mucho mayor que el costo de implantar una guía de “qué hacer en caso de” (conducta ética con proveedores, por ejemplo). Es más sencillo mirar ese GPS corporativo, que decidir ante la incertidumbre. Lo ambiental y ecológico como prueba. Tomar como ejemplo la guía del marketing sostenible.

Por otro lado, cuando ya hay un camino recorrido en materia de RSE –sin importar cuán largo hay sido o cuán consciente se ha sido de ello- y se quiere organizar y evaluar ese hacer para establecer cuán socialmente responsable se ha sido y se es, allí juegan un rol importante los indicadores. Aquí se entra en el plano de la auditoria, la certificación y hacer valer las habilidades de documentación y estructurarla con sentido estético y divulgativo.

El evaluar lo ya hecho, legitimado mediante el uso efectivo de herramientas y haciendo conexión con el Pacto Global, además de transmitirlo al colectivo para cooperar con la construcción de una plataforma de confianza y credibilidad, llevaría a un indicador de sociedad socialmente responsable, y que es mucho más que la suma de sus partes.

Además de todo lo anterior, y en sintonía con los principios rectores de todo negocio como la rentabilidad, la adopción de un sistema de indicadores en RSE muestra logros tangibles a la hora de hacer evaluar la efectividad de la inversión social y tomar decisiones.

Rol de Cedice en el conocimiento de los indicadores

En Venezuela, el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad, CEDICE Libertad, se ha dedicado desde su fundación en 1984, adesarrollar diversos programas, en los que se adelanta una actuación de solidaridad social fundamental con el apoyo de organizaciones empresariales y empresas. Éstas no son –no pueden ser– muy generosas en su acción filantrópica, ni siquiera cuando ésta resulta deducible de impuestos. Pero la cuestión de fondo no está, en Venezuela, en discusión.

Sólo que instituciones como CEDICE asumen comodeber el insistir en sus actuaciones y en su labor de convencer a las propias empresas sobre la idoneidad, la pertinencia y la eficiencia de la verdadera filantropía que hacen cuando apoyan. Y a través de su Centro de Ética y Ciudadanía Corporativa, CEDICE aporta hacia ese ideal de sociedad a través de la divulgación de indicadores, índices, entre otras actividades de promoción y formación en RSE, en alianza con otras instituciones y dentro del marco de la libre iniciativa. El primero de los tres manuales editados, el “Manual de Conceptos Básicos e Indicadores de Responsabilidad Social Empresarial”, se realizó para periodistas y medios de comunicación sobre los indicadores y conceptos básicos definidos por el Instituto Ethos de Brasil, en español. Estas son herramientas concebidas para la unificación de los conceptos de RSE, así como ofrecer una lista de aspectos susceptibles de ser evaluados por las empresas, para facilitar la labor de autodiagnóstico de sus prácticas. Enseñar a ver cuáles son los aspectos fundamentales que caracterizan a una empresa socialmente responsable, cómo utilizar los Indicadores Ethos, según siete tópicos clave: valores, transparencia y gobernabilidad, público interno, medio ambiente, proveedores, consumidores/clientes, comunidad, gobierno y sociedad.

El segundo manual es “El Balance Social y la Comunicación de la Empresa con la Sociedad”, destinado a facilitar herramientas para comunicar el éxito (que tanta falta hace) y los desafíos de sus estrategias socioambientales y la coherencia ética de sus operaciones. Así, se impulsa el objetivo de impulsar una mayor transparencia a las actividades empresariales, y aumentar el diálogo de la organización con la sociedad. Eso es balance social, y más allá de “dar cuenta” a la sociedad en forma franca y abierta de lo que se hace y cómo lo hace, también es una orientación para cotejar las expectativas de los públicos frente a la planificación propia. Es una práctica de auditoría socia donde los datos son extraídos previas líneas de búsqueda, de utilidad para definir un conjunto de evidencias sobre la habilidad de la organización para lidiar con sus desafíos futuros.

El tercer manual editado por el Centro de Ética y Ciudadanía Corporativa, de Cedice, es el de “Sostenibilidad en Mercados Emergentes”. Derivado del estudio realizado por el Instituto Ethos, la consultora británica “SustainAbility” y la Corporación Financiera Internacional. Aquí se promueve una mirada crítica y el conocimiento de cuáles son esos factores para facilitar el diseño –en cada empresa- de una matriz de ambiente de negocios para la sostenibilidad, y facilitar la identificación de un mapa de riesgos y oportunidades. La sostenibilidad ocupa progresivamente la agenda mundial de negocios en un momento en que el entorno empresarial se torna más competitivo ante el panorama del agravamiento de los problemas ambientales y la distribución desigual de los beneficios de la globalización.

Lo primero es lo primero: libertad

Los principales indicadores a considerar, son los de un país. ¿Hay posibilidades de empresas prósperas y sanas en medio de una sociedad enferma, asfixiada por leyes y controles? En este tema vale mencionar los indicadores en el campo de lo negativo: a mayor cantidad de leyes y normas que convierten en obligatoriedad lo que debería ser parte de un concepto y modelo de negocio, mayor es el crecimiento de dificultades o impedimentos que encarecen e inciden negativamente en los índices de eficiencia y productividad. La libertad de acción se minimiza, con tantas amenazas de penalización. Los procesos internos pueden hacerse más lentos, más costosos y más susceptibles de requerimientos fuera de lo sensato.
Libertad y responsabilidad van de la mano. Y si las empresas hacen filantropía, en primer lugar, es como una fórmula de cooperación voluntaria que, por una parte, tiene el resultado inmediato de reducir sus pagos de impuestos –en los países en los que, como en Venezuela, estas liberalidades son deducibles– y, por la otra, implica un mecanismo de redistribución más efectivo que el que hace el Estado por la vía del gasto fiscal.

La solidaridad social, que siempre ha de ser voluntaria, tiene, además de sus resultados inmediatos, otros trascendentales efectos a plazos medianos y largos. Cualquier apoyo que se le dé al desarrollo de la sociedad contribuye a su mejora. Y una mejor sociedad, más equilibrada, más competente, más productiva y con mayor nivel de bienestar, es un marco favorable al desenvolvimiento de la libertad, del mercado, de la competencia, del bienestar sano y generalizado, así como a la vigencia plena de los derechos de propiedad, rasgos inherentes todos a la existencia de una sociedad realmente libre, eficiente y productiva. Y éstos son los indicadores centrales de un país próspero.

Más allá de los indicadores

Los indicadores en Responsabilidad Social Empresarial (o el nombre que se le quiera dar a ésta dentro de la empresa) incluyen un trabajo de ingeniería y arquitectura organizacional, previo a la acción o posterior a ella. En todo caso es una mirada compuesta de alta subjetividad, porque aunque se persigue la obtención de “data dura”, de lo cuantificable, se puede perder en el camino la esencia de lo intangible. Es necesario combinarlo con otro enfoque más cualitativo, de seguimiento en el tiempo y de percepción sobre la calidad humana y el “alma” de la organización.

Mantener el enfoque sistémico e integrado, para no perder el norte ni caer en el exceso de tecnicismo, es parte del reto. Obtener una certificación vinculada a la RSE, auditada seriamente, conlleva una carga referencial y reputacional valiosa. Una empresa nunca puede prever, del todo, una crisis, pero el encararla eficazmente se apoya fuertemente en la credibilidad y la confianza construida con los diferentes públicos, especialmente con información de calidad. Y más si lleva un sello confiable, derivado a su vez de un manejo efectivo de indicadores.

Al igual que para una persona una carta de referencia, un índice de solvencia financiera y de buenos promedios en su cuenta bancaria, intentan dar una aproximación a su comportamiento en esa dimensión, es sólo una arista del todo. El mapa no es el territorio, pero las coordenadas sirven para no perderse en el trayecto. No es lo mismo la ética en un contexto de economía estable, de mercados prósperos y de un sistema de igualdad de oportunidades, que ser ético en una sociedad donde el foco principal de cada quien es la sobrevivencia. Allí el reto es mucho mayor para las empresas, en lo que respecta a valores y comportamiento deseable, especialmente de sus públicos clave y de injerencia directa, como lo son sus trabajadores y administradores. La constante elaboración y revisión de indicadores inherentes a la ética facilita el evitar la ceguera emocional y las soluciones improvisadas. El desafío entonces de las organizaciones es identificar elementos rectores que indiquen prácticas modelo y metas concretas que de alguna manera muestren que ante momentos de duda e incertidumbre hay salidas y opciones,-

El aporte de Cedice en este sentido, ha sido, en primer lugar, principista, doctrinario porque parte de su misión consiste en promover y alentar la libre iniciativa y las condiciones para una sociedad ética, justa y con igualdad de oportunidades. Más allá de la divulgación de contenidos técnicos y la formación en los mismos, el esfuerzo se orienta en reiterar el carácter del principal indicador de una sociedad libre y próspera: la sana expansión y consolidación de su número de empresas –grandes, medianas o pequeñas – que crecen, generan utilidades y beneficios para sus trabajadores y familiares. En consecuencia, una sociedad socioeconómicamente sana.

La utilidad social del debate sobre políticas públicas

Más allá de los indicadores que signan a una empresa socialmente responsable, están los vinculados a si es o no una sociedad integralmente responsable. La capacidad de debatir y proponer políticas públicas es parte del ser socialmente activo.

Aquí las cuestiones a dilucidar son: ¿tiene el análisis y la promoción, a nivel de opinión general, del debate sobre políticas públicas, utilidad para la sociedad? ¿Cumplen una función social las instituciones que actúan en ese campo y las empresas que las apoyan? ¿Hay beneficios sociales que también convienen a las empresas que entran en este ámbito no tradicional de la filantropía, de la solidaridad voluntaria con la gente? Las respuestas a estas interrogantes son todas afirmativas. En la medida que se enriquezca el debate público sobre cuestiones de interés general, la sociedad está mejor preparada para su participación en la definición de su destino. Y puede ejercer, con más propiedad y mayores posibilidades de éxito, su opción de modificar propuestas de políticas públicas que podrían significarle perjuicios antes que beneficios. Además, esa labor tiene también ingredientes de preparación, de educación, de capacitación de la gente en torno a las complejidades económicas, sociales y políticas del mundo de hoy. Y esa aptitud del cuerpo social para debatir con propiedad las propuestas de políticas públicas, acrecienta su probabilidad de ser mejor y, en consecuencia, sus posibilidades de llegar cuanto antes a ser, como conviene a todos, una sociedad libre, eficiente, competitiva, próspera y con derechos que, como el de propiedad, estén irreversiblemente garantizados por igual para todos.

Por lo demás, esa labor también favorece a las propias instituciones que trabajan en el campo de las políticas públicas, por cuanto estimula la filantropía que se materializa por la vía de estas organizaciones de la sociedad civil. La filantropía favorece a la filantropía.

De esta manera, la acción de instituciones que difunden conocimientos, investigan, analizan, proponen y someten al debate sus propuestas sobre políticas públicas y otras actuaciones de estados y gobiernos, es del mayor interés social.
Le conviene a la sociedad esa acción y, en tal sentido, obviamente que las instituciones que las adelantan y las corporaciones e individualidades que las respaldan financieramente, están atendiendo a su “responsabilidad social”, están cumpliendo una evidente “función social” adicional.

Además de la conveniencia de actuar en una sociedad mejor, más capacitada, mejor organizada y más próspera, para las empresas existen los resultados inmediatos de reducir sus aportaciones fiscales y de reconducir, por lo menos en parte y por voluntad propia, el gastos que el Estado dedica, con mucha ineficiencia, a la llamada “justa redistribución de la riqueza”, a la solidaridad social compulsiva, basada en la expropiación.

La “función social” primordial, fundamental, de una empresa, consiste en existir. Es una perogrullada decir que, para que algo pueda hacer alguna cosa, ese algo tiene, primero, que existir. Pero tal verdad de Perogrullo viene al caso en relación a la empresa y su función social. Porque una empresa que no exista, simplemente no puede cumplir función alguna, de la naturaleza que sea. Y, para una empresa, el existir no significa otra cosa que resultados económicos “en negro”. Si una empresa genera utilidades, existe. Si no, desaparece.

Las pérdidas conducen a la quiebra y a la liquidación. Es decir, que para que una empresa pueda cumplir con otras llamadas funciones sociales, como la de desempeñar en el mercado el rol que la sociedad le indica a través de las insustituibles señales de los precios, contribuyendo a la asignación eficiente de los recursos escasos, debe ser exitosa. Lo que quiere decir generar utilidades. Sólo así son posibles otras funciones sociales –legítimamente medibles y calificables- como la de generar empleo, producir bienes y servicios que satisfagan necesidades de la gente y, en fin, hacer filantropía o caridad.

“A quienes sólo les preocupa lo que parece aplicable según la opinión prevaleciente, han visto constantemente que hasta eso ha pasado rápidamente a ser políticamente imposible, como resultado de cambios en la opinión pública que a ellos no les interesó orientar… Pero si recuperamos esa fe en el poder de las ideas, que fue el sello del liberalismo en sus mejores momentos, no se habrá perdido la batalla. El renacimiento intelectual del liberalismo ya se está realizando en muchos sitios del mundo. ¿Llegará a tiempo?”

Friedrich von Hayek, Premio Nobel de Economía 1974

Caracas, febrero 2010