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Salario mínimo e inflación. Leonor Filardo

Con más de 56% de inflación y tasas de interés de 12,5%, es ridículo ahorrar.

El día de Reyes, el Gobierno anunció un incremento del salario mínimo y de las pensiones y jubilaciones de 10%. Previamente, el presidente Maduro había declarado que la inflación del 2013 alcanzaba 56,2%. Dio sus declaraciones con buenas intenciones. No tiene porqué entender las leyes económicas, pero sus asesores saben que la inflación constituye el mayor deterioro del salario real cuando la subida de alimentos es de 85%, y el salario mínimo se gasta fundamentalmente en este rubro. Basta ir al mercado para percibir la angustia de la gente porque no dispone ni para comprar lo básico. 

El Presidente atribuyó la culpa de la inflación a la economía parasitaria y a la especulación. Si se detiene a analizar el camino recorrido por las políticas del Gobierno desde hace 15 años, se dará cuenta de los errores.

Al inicio comenzaron con buen pie. Su mejor iniciativa fue llenarnos de esperanza. Creíamos que las medidas que realmente estabilizan el cambio y la inflación son constitucionales al incluir en la Carta Magna los artículos 311 y 320 que obligan al Gobierno a mantener disciplina fiscal, monetaria y cambiaria. Pero después, ni el gobierno de Chávez ni el de Maduro los han cumplido. Al contrario, adoptaron políticas fiscales y monetarias expansivas sin precedentes, con el agravante de que ni la Asamblea Nacional ni el TSJ se inmutan ante las brutales y continuas devaluaciones del bolívar y la inflación, depredando el poder adquisitivo de los ingresos de los venezolanos. Quebrantaron la unidad del Tesoro creando diferentes fondos fuera del Banco Central, y convirtieron la industria petrolera en una institución de reparto de los recursos públicos sin control ni de la Contraloría ni de la Asamblea Nacional. Crearon el Bolívar Fuerte eliminándole 3 ceros, pero no lo acompañaron con las medidas que podían lograrlo.

Al imponer toda clase de controles y utilizar nuestro principal producto de exportación para fomentar el mercantilismo nacional e internacional, comprando voluntades, destruyeron las industrias, la agricultura, la construcción, el comercio y los servicios. Con el lema “Venezuela es de todos”, generaron esa economía parasitaria corrupta de la que habla Maduro. Ahora que ha recorrido un largo trecho como Presidente, me pregunto por qué en vez de ir a Cuba a recibir malos consejos, no aprende de nuestras propias y buenas experiencias. Venezuela tuvo casi un siglo de estabilidad cambiaria sin inflación porque no había ni déficit fiscal ni deuda, y la emisión de dinero la hacían bancos privados con respaldo en oro y divisas. Existía una ley de monedas que determinaba el contenido en oro del bolívar, y el Gobierno fiscalizaba su cumplimiento. Esto funcionó hasta 1940, cuando se creó el Banco Central, también con la obligación de cumplir una ley similar a la de los bancos privados. El cumplimiento de los preceptos de estabilidad duraron muchos años, hasta que los gobiernos desde 1983 fueron apoderándose del monopolio de la emisión de dinero de una manera perversa, creando gradualmente un sistema fiduciario que emite papel moneda sin respaldo para financiar su avidez fiscal. Pero el sistema nació con la semilla de su propia destrucción. La tentación monopólica de producir dinero aumentando la oferta monetaria es irresistible. El Gobierno, a través del BCV, la incrementa en 60% de promedio anual. Si continúa, ¿qué puede pasar?

Con más de 56% de inflación y tasas de interés de 12,5%, es ridículo ahorrar. Ello induce a la gente y a las empresas a endeudarse para adquirir activos y pagar la deuda cuando se devalúe la moneda. No es especulación. Tratan de proteger el poder adquisitivo de sus ingresos y de su capital.

Al aumentar el Gobierno su endeudamiento en proporciones inimaginables, ha empapelado al sistema financiero, colocándole bonos, obligándolo a financiar a tasas de interés muy negativas el supuesto bienestar social y a sectores improductivos. Al no tener divisas suficientes para cumplir sus compromisos, crea dinero artificialmente porque cree que le solucionará los problemas del sistema. Por el contrario, los agrava y si entra en atrasos por falta de pago a los proveedores y a los bancos que tienen carteras de empresas expropiadas, puede inducir una quiebra generalizada. Este caos lo enfrentaron Chile, China y la URSS, y los obligó a cambiar el rumbo de sus políticas. El no entender las leyes económicas no los excusó del crimen que cometieron destruyendo sus economías.

LEONOR FILARDO ― EL UNIVERSAL
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