Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Sazonar el lenguaje histórico

La rememoración histórica venezolana está en vías de convertirse en un ejercicio tedioso. Las publicaciones y películas sobre historia venezolana, hechas para divulgación masiva, se convierten en publicidad de algún partido político o en tediosa revisión documental.

La historiografía del Siglo XXI, desoyendo las lecturas interesantes sobre materia histórica hechas por Ramón J. Velázquez, Arturo Uslar Pietri, Guillermo Morón y Augusto Mijares, opta nuevamente por extremos. Se recurre a una lectura oficialista, donde el eje es la lucha de clases, o bien se opta por un tedioso resumen de archivos históricos, que en su afán por ser desapasionado puede resultar insípido para el gran público. Y ambos extremos convergen en esto: la historia venezolana se sigue reduciendo al conflicto de independencia, que apenas son 10 años de una historia que comienza en 1498.

El intento oficial, respaldado por petrodólares destinados a estudios cinematográficos, pretende ver a El Libertador, Miranda y demás próceres de la Independencia como si fuesen, en conjunto, una suerte de Juan Bautista, el cual anuncia al Mesías de la Revolución Cubana y su corolario, el Socialismo chavista del Siglo XXI. El rescate hagiográfico de un personaje tan limitado como Ezequiel Zamora ha sido una infeliz consecuencia de este costoso esfuerzo. Y, peor aún, se ha politizado a Bolívar, algo que ya han hecho en su día los gobiernos de Guzmán Blanco, Gómez, López Contreras y Herrera Campíns.

La reacción académica de nuestros historiadores ha sido digna. La Academia ha protestado mediante comunicado del 3 de marzo de 2006, por el uso político de la figura de El Libertador. El sitio web de la Academia, www.anhavenezuela.org incorpora este comunicado.

Es inquietante, en esta coyuntura, que los historiadores se limiten a rescatar interesante y poco difundido acervo documental, evitando cualquier juicio sobre los personajes, como si los biografiados fuesen trozos de papel en lugar de seres de carne y hueso. Las hipótesis del estudioso del carácter, los vuelos literarios del artista, la agudeza del buen observador, todo esto tiende a estar ausente en los trabajos sobre historia venezolana que llegan a la imprenta.

Escapan en buen grado de esta tendencia los trabajos de la prof. Inés Quintero, especialmente los publicados por la Fundación Bigott y por la propia Academia de la Historia. Ya reseñé en esta columna su grato trabajo respecto al Marqués del Toro.

También ha habido otra excepción notable: la colección “Biblioteca Biográfica Venezolana”, la cual ha contado con apoyo de importantes fundaciones privadas y ha rescatado a personajes casi olvidados en la memoria histórica impresa, como son Morella Muñoz y Renny Ottolina.

El antecedente académico inmediato de estos esfuerzos es Don Tomás Polanco Alcántara, quien, si bien en sus biografías sobre El Libertador y Páez se colocó el “corsé historiográfico”, alzó vuelo en su brillante biografía de Guzmán Blanco y en la poco difundida de Eugenio Mendoza (que reseñé oportunamente en esta columna).

Diría que, aún con todo este trabajo, se hecha en falta algo de sazón en los trabajos recientes sobre historia venezolana. Cuesta encontrar la fusión de elegancia literaria, penetración psicológica, amplitud de visión y hasta ingenio que se respiran en los escritos de rigurosos investigadores como los contemporáneos Ron Chernow y Paul Johnson. Ambos son ejemplos de cómo armonizar la pasión por el archivo y el deleite en el lenguaje.

Y es que lo que puede estar faltando en los trabajos históricos recientes es el gusto estético. La aproximación a los biografiados y los hechos con un toque de arte.

Se ha olvidado un legado novedoso del período 1975-2000: la liberación estética del lenguaje histórico, cuyos dos mejores exponentes fueron Don Francisco Herrera Luque (1927-1991) y Don Denzil Romero (1938-1999). Sorprende que los historiadores recientes desmerezcan a ambos.

Herrera hizo una valiosa recopilación de testimonios orales y su fallecimiento ha impedido que se difundan varios de ellos (un ejemplo son las entrevistas que nutrieron la novela sobre la dictadura de Gómez, En la casa del pez que escupe el agua). Como psiquiatra, su exploración biográfica es de riqueza humana única. Sus trabajos póstumos sobre Bolívar, si bien con errores en la edición, son indispensables para añadir perspectiva a la actual “Bolivarmanía”.

Romero rescató la alegría de vivir de Francisco de Miranda. La serie que Romero dedicó a este personaje, truncada por la muerte en el tercero de cinco títulos, es, quizás, la más brillante alquimia entre ficción literaria y biografía que se haya hecho en las letras venezolanas.

Los trabajos póstumos de Romero apenas han conocido difusión en Venezuela. Se trata de sendas novelas dedicadas a Catalina de Rusia y Alejandro de Humboldt. En ellas, Miranda sigue asomándose por momentos.

Abrir la puerta a Romero es difícil en la lectura oficial de la historia. En la época en que la conmemoración del bicentenario del nacimiento de Bolívar distraía a la gente de la primera gran devaluación de la moneda, jamás hubiese encontrado eco una novela que mostraba la sexualidad de Miranda. En los años subsiguientes y ahora menos, podría darse cabida a la novela que Romero dedicó a Manuela Sáez, donde Bolívar es también protagonista en la fiesta de los sentidos.

La única obra literaria que tendría cabida en la estética oficial es El General en su Laberinto de García Márquez, un trabajo donde, con alguna ayuda del historiador venezolano Vinicio Romero Martínez, se alcanzan cotas altas en lenguaje y en seriedad biográfica. El comentario final a la novela, hecho por el nobel colombiano, testimonia lo difícil que es alcanzar este equilibrio.

Herrera Luque y Romero son referencias inmediatas para ponerle sazón a una historia que se torna crecientemente desabrida para quienes la leen o ven en la sala de cine. Y en el campo musical, conviene construir sobre el disco que el Sr. Luis Julio Toro dedicó a Miranda.

Opinión independiente.

www.cedice.org.ve

carlosurgente@yahoo.es