Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Se impone la vida. Victor Maldonado

Todos estamos consternados. El crimen siempre es un acto de irracionalidad. No está en nuestros planes que nuestras certezas se vean conmovidas y que seamos nosotros los que tengamos que ver la cara terrible del prójimo transformado en nuestro ejecutor. Cuando el crimen se convierte en homicidio tiene la connotación de lo irreversible. Y así lo fue para 24.763 venezolanos y sus familias que lloraron a sus muertos en el 2013.

Pero la consternación no acaba allí. Porque Venezuela se ha convertido en el país más peligroso del hemisferio, pero también en el que tiene el peor desempeño económico. Aquí no solo se corre peligro y nadie garantiza el derecho a la vida, sino que el hecho de vivir se ha envilecido por el odio y una economía devastada por la ideología, la corrupción y la ineficiencia. Nos matan, y si tenemos la suerte de ir sobreviviendo, estamos sometidos a los estragos de la inflación, la escasez, el desempleo y la descomposición social.

El caso venezolano es casi inédito. Porque lo que está ocurriendo no es el producto de una catástrofe sino de la acción deliberada de quince años continuos de socialismo. ¿Cuál socialismo? El que puede producir una coalición de los militares y los comunistas, empeñados en entregarle el país a Cuba y en reproducir el anti-milagro cubano en Venezuela. Es inédito porque ningún otro país del mundo ha pasado del mero coqueteo sentimental con la revolución cubana. Solo nosotros hemos pasado esa línea para entregar el país en sus brazos. Los otros van, aplauden y se hacen los locos. Los venezolanos fueron y se hincaron. Esos venezolanos que nos gobiernan.

Alguna mente febril compró la idea de que el socialismo requiere de un “borrón y cuenta nueva”, en los que la delincuencia puede ser una gran aliada. Tal y como varias veces lo ha dicho Diosdado Cabello, ahora capitán, “al que no le guste que se vaya”. Y en eso han estado poco más de millón y medio de venezolanos, en una fuga de talentos que ya lamentamos porque su ausencia se ha transformado en buena parte de la decadencia que debemos soportar los que aquí quedamos. El régimen decidió invertir la ética y proclamar como buenos a los malos y definir que el resto eran los malos.

El término “apátrida” se llenó de contenidos cada vez más perversos. No solo eximidos de la comunidad de los que creen tenerla, sino también excluidos de los derechos ciudadanos. Nos dan lo mínimo indispensable, entre lo que no está precisamente el resguardo de la integridad y tampoco la preservación de nuestros derechos de propiedad. Somos “apátridas” y en esa misma medida “carne de cañón” de la delincuencia que se sabe impune, más allá de las manos de la justicia, en el útero maternal de la revolución, donde basta la declaración de adhesión incondicional al líder para ser parte de los invictos sin tener que pagar ningún otro precio.

El régimen se asombra a veces de los excesos. No le gusta tener problemas y mejor trabajar con ciudadanos anónimos y no con nombres célebres. Cuando eso ocurre teme la reacción popular y activa un control de daños en los que se muestran más dispuestos a cooperar, pero solo mientras pasa la tormenta de opinión pública. Lo mismo ocurre cuando no le cuadran los reales y con cara de circunstancia se muestran dispuestos a discutir devaluaciones y aumentos, siempre y cuando no entre en la discusión la fraternal cooperación con Cuba. Se sorprenden de que haya tanta “boliburguesía” suelta y que la corrupción sea la nueva sangre de la revolución. No entiende que todo tiene el mismo origen, en una forma de gobernar en la que ellos no pueden prescindir de la impunidad. Ellos han sido los parteros de este estado de cosas y sin dudas, el monstruo que ellos mismos han parido se volverá contra ellos y los devorará.

Porque esta revolución de la impunidad no es viable. Ese es el reto inevitable que deberá encarar esta revolución que poco a poco se está quedando sin cartuchos. La economía está rebosada de populismo y ya no da para más. Quedan los anaqueles vacíos y las promesas sin cumplir de volverlos a llenar como testimonio del hartazgo. Y la violencia sigue sumando realidades irreversibles y tenebrosas, como lo es la muerte de alguien querido por alguien que ahora lo llora sabiendo que nunca más va a volverlo a ver. Pero quedamos los que por ahora sobrevivimos, con el único compromiso de reivindicarlos. Se impone la vida como lucha, esperanza y determinación a no darnos por vencidos. El mal no puede ganar. El mal nunca gana definitivamente.

VICTOR MALDONADO ― NOTITARDE
victormaldonadoc@gmail.com
@vjmc