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Simón Bolívar, sus mujeres e hijos. Carlos Goedder

Un reciente libro de D. Eduardo Lozano Torres actualiza el tema de las abundantes conquistas de El Libertador y los hijos que tuvo, añadiendo una dimensión humana relevante para entender al personaje y sus hechos.

A la historiadora venezolana Inés Quintero

Si algo caracteriza la biografía de Simón Bolívar, El Libertador (1783-1830) es el copioso número de amantes que tuvo. El tema no es relevante sólo para entender mejor al héroe, sino para encontrar una debilidad que interfirió con su acción política, ya que nunca quiso tener una relación estable que le ayudase a moderar sus pasiones. Su relación con una mujer ya casada, como fue Manuela Sáenz de Thorne (1797-1856), trajo bastante desprestigio a su persona en los difíciles años finales de 1825-1830, incluso en un tiempo mucho más indulgente en materia sexual de lo que creemos, como fue la América Colonial y recién independizada.

Parece haber una tendencia reciente a detractar a Bolívar, seguramente impulsada por el abuso que ha hecho de su figura el chavismo, intentando legitimar otra dictadura venezolana (Bolívar ya fue invocado por todos los autócratas venezolanos: Guzmán Blanco, Gómez y Pérez Jiménez). No me inscribo en esa tendencia. Difícilmente se hallará en la historia otro personaje con tanta perseverancia, capacidad de sacrificio, grandeza de miras y liderazgo. Confieso que en momentos de abatimiento mi mejor antídoto es una biografía de Bolívar, quien tuvo una enorme capacidad de recuperación para sus desgracias personales y militares (fue huérfano antes de los diez años, viudo a los veinte, perdió a su hermano en un naufragio, fue derrotado por Boves y vio perecer a la mitad de la población de su amada Caracas, fue exiliado político en Jamaica y Haití, perdió Puerto Cabello y no pudo reconquistar su ciudad natal entre 1814 y 1821). Su Paso de los Andes será siempre una de las mayores campañas militares de la historia universal. Su desapego material sigue siendo inusual entre los líderes políticos y militares latinoamericanos. Además, su visión panamericana fue anticipada a su tiempo. Es un personaje notable y no en vano es el único latinoamericano entre los personajes del milenio pasado que eligió la revista Life. De la mano de Bolívar, América del Sur entró en los manuales de Historia Universal de modo glorioso por un efímero lapso y nunca más ha entrado por motivos semejantes a la crónica de grandes hechos gloriosos, sino para reseñar la pobreza de la región, su desigualdad extrema del ingreso, su violencia endémica, sus guerras civiles, sus magnicidios, su corrupción política y su inestabilidad.

Esto no exime a Bolívar de sombras. Su gestión final entre 1825 y 1830, como dictador, dejó un precedente infortunado que aún padecen estas repúblicas: la autocracia, en forma de caudillismo y con tintes militares (Venezuela lo ha sufrido especialmente, entre sus naciones libertadas, y no en vano él mismo dijo que Venezuela era un cuartel). No fue un militar con formación académica y no manejó por tanto el concepto de economía de fuerza, conduciendo acciones sangrientas y precipitadas en varias ocasiones (La Expedición de los Cayos, los combates de La Puerta, Bomboná), en las cuales afortunadamente subalternos talentosos como Rondón, Sucre, Anzoátegui, Córdova y Ribas le ayudaron a evitar o revertir el desastre. Su iracundia costó errores terribles, como el Decreto de Guerra a Muerte en 1813, la entrega de Miranda a los españoles en 1812 y el fusilamiento de Piar en 1817.  Fue un gran megalómano, considerándose superior a cualquier rival (lo cual sin duda le ayudó en su gesta bélica, pero fue un obstáculo terrible tras sellarse la Independencia). Ahora bien, varios de sus fallos fundamentales no provienen de una acción deliberada, sino de una condición clínica. Entre ellos entra un placer compulsivo por las mujeres que le llevó a romper normas sociales, elegir compañeras incapaces de ofrecerle guía para su acción política y ganar enemigos políticos por el simple motivo de haberlos convertido en cornudos.

En tal sentido es afortunado el libro de D. Eduardo Lozano Torres, Bolívar, un empedernido mujeriego (Bogotá: Editorial Códice, 2014), donde se repasa la cronología de amantes de Bolívar y los hijos que dejó regados por toda Sudamérica y posiblemente Francia. Bolívar tuvo mujeres en todo su recorrido geográfico, que se calcula en esta misma obra en ciento cincuenta mil kilómetros a lomo de cabalgaduras, entre idas y vueltas en sus campañas libertadoras. La cronología de Lozano nos da una crónica de mujeres conquistadas  de las más diversas nacionalidades (tan sólo considerando las conocidas, sin contar las amantes ocasionales): México, Venezuela, Francia, Colombia, República Dominicana, Haití, Ecuador, Perú, Bolivia y hasta una estadounidense. Si su afán panamericano no triunfó en política, indudablemente sí lo realizó plenamente en la alcoba. Lozano aplica el término Ginecomanía para este afán sexual, siendo notorio que Bolívar rehuía tener compañeras permanentes. Se ha tejido en el imaginario popular (y hasta Chávez dijo haber enamorado a su segunda esposa leyendo cartas de amor bolivarianas) que Bolívar amó a Manuela Sáenz, su compañera esporádica entre 1822 y 1830. Ya el psiquiatra y novelista venezolano Francisco Herrera Luque (1927-1991), el escritor más exitoso en divulgar la historia venezolana, emitía un concepto contrario a esta fantasía romántica, desde 1980 (1):

Manuela Sáenz, su amante, ofende las buenas costumbres cometiendo impudicias y desafueros, tal como fusilar en efigie a Santander en medio de una fiesta. Manuela tiene amantes entre los jóvenes oficiales. ¿Cómo se explica la indiferencia de Bolívar ante los escándalos de la mujer a quien llama hiperbólicamente la Libertadora del Libertador? ¿Será que la ha dejado de amar? Algunos hechos así parecen demostrarlo, o será simplemente que aquel grande amor no existió nunca. Cuando se va al exilio, a seis meses de su muerte, no la llama a su lado. No es esta la conducta de un apasionado amador.”

El problema de la cronología de hechos sexuales y amorosos de Bolívar es que no se explica satisfactoriamente  la causa de este afán por aventuras con mujeres, en la cual puso incluso en peligro su causa política y militar al andar con mujeres casadas con personajes importantes y mantenerse ajeno a convencionalismos sociales. Algunos estudiosos apelan a un psicoanálisis freudiano barato arguyendo que era complejo de Edipo y buscaba a la madre fallecida cuando él estaba por cumplir diez años. Otros dicen que era explicable por las costumbres de la época y si bien es cierto que varios de sus compañeros de armas tuvieron hijos extramaritales en un tiempo sin contracepción, se verifica que casi todos ellos formaron hogares, más o menos felices: Sucre, Urdaneta, Páez (si bien dejó a la esposa para vivir con una amante, eso sí, permanente), Santander (que se casó tardíamente) y su gran contemporáneo San Martín, Libertador del Sur, y, no menos importante, su inspirador, Napoleón Bonaparte. Incluso Miranda, otro gran mujeriego, formó hogar en sus años finales.

Muchos olvidan en el estudio de Bolívar los antecedentes de su árbol genealógico: sus tíos maternos Palacios, con los cuales se crio, fueron reacios al matrimonio, incluyendo el tío Esteban a quien tuvo tanto cariño y al tío “malo”, el tutor Carlos Palacios. No menos importante, con los hallazgos documentales de Salvador de Madariaga se comprobó que el padre de Bolívar, Juan Vicente Bolívar y Ponte, no daba tregua a las mujeres que vivían en sus fincas en Aragua y hasta se le siguió proceso eclesiástico por tal motivo (incluyendo acusaciones de adulterar alcohol en sus haciendas), siendo que se casó casi con cincuenta años, seguramente para cumplir protocolos de dejar descendencia legítima. Si bien Bolívar apenas interactuó con su padre (falleció cuando el prócer tenía dos años y medio), “lo que se hereda no se hurta”. Su hermano Juan Vicente Bolívar Palacios tampoco se casó y su hermana María Antonia tuvo varias aventuras extraconyugales, que reseña su biógrafa Inés Quintero. Sería erróneo creer que en la época colonial o el siglo XIX estas conductas eran uso y costumbre, Por el contrario, igual que en nuestros días, siempre hay porcentajes más o menos estables de personas que se tilda de adictas al sexo y reacias a la monogamia o la abstinencia, siendo que no se dan explicaciones científicas sólidas a estas conductas y se las descalifica sin entender que son padecimientos.

El psiquiatra colombiano Mauro Torres (2) ha sido de los pocos que da una explicación a la conducta sexual de Bolívar, considerando el antecedente paterno. Este autor ha planteado la teoría de las compulsiones, según la cual genes mutados (el agente mutagénico es el alcohol) se van heredando por todo el árbol genealógico de las familias, ocasionando una enfermedad, la compulsión, la cual lleva a una búsqueda del placer, el cual se vive con mucha intensidad en las manifestaciones que tenga el paciente (y que pueden incluir más de una). Estas compulsiones, al ocurrir el consumo de lo placentero (sexo, glucosa, alcohol, droga, agresión, compras…) refuerzan la conducta patológica desde los centros adictivos del cerebro. Se trata de un trastorno conductual con la terrible consecuencia de matar al paciente de placer. Torres identifica cerca de cuarenta compulsiones, incluyendo algunas tan terribles como la pedofilia y la violación sexual. El imperio del alcohol explicaría la alteración de las células reproductivas y la perpetuación de estas dolencias. Bolívar habría padecido dos: la iracundia y la vagancia al estudio, comprobadas en cualquier biografía suya que se lea, incluso las noveladas. A estas se suma otra, que Torres llama donjuanismo y es la relevante para este artículo, la búsqueda compulsiva de mujeres, incluso en circunstancias terribles de destierro, derrota y postergando incluso las responsabilidades del estadista y guerrero (La Expedición de los Cayos, en 1816, se retrasó por estar Bolívar esperando a su amante Josefina Machado para sumarse a la flota y es plausible pensar que el peor error Bolivariano- su nadir, como lo llama Madariaga- que fue perder Puerto Cabello en 1812, ocurrió por abandonar su puesto de mando e irse a la mancebía). Torres señala:

Científicamente, sabemos que esto es una compulsión adictiva, de carácter genético, heredada sin duda de su padre, ya que por la rama materna no existen ni rastros de promiscuidad donjuanesca. Si era heredada esta pasión erótica, constituía un padecimiento de Bolívar, algo que él sufría,  así lo gozara a plenitud, como toda compulsión que siempre son enormemente placenteras. Sin embargo, no era culpa de Bolívar el haber heredado estos genes mutados por el alcohol y que se expresaban en él en distintas formas compulsivas – pleiotrópicamente, para usar la expresión griega (donjuanismo, violencia, mitomanía, venganza). Recuérdese: toda compulsión es un padecimiento. Bolívar no era responsable moralmente de esos genes heredados de su padre, ni siquiera éste lo fue. También son determinismos ciegos, en tanto que desconocidos, que no justifican las acusaciones ni las valoraciones éticas.”

Agregando Torres estas consideraciones sobre el daño que hizo tal padecimiento al Bolívar estadista:

Si Bolívar no hubiera padecido esta compulsión donjuanesca habría tenido un centro fijo para su acción, así esta acción fuera la guerra. Con sus dotes nómadas habría sido un guerrero, sin lugar a dudas, pues esta es la estructura mental del guerrero, pero sin la promiscuidad su ser guerrero habría sido más sosegado, más reflexivo, porque habría tenido un punto sedentario íntimo para meditar y recibir – así él no creyera en la mujer como talento – la gota de sabiduría de la esposa, el grano de verdad de la mujer que es distinto a la verdad del hombre, y esto le habría comunicado a su vida de errante guerrero un ritmo menos bárbaro y más civilizado. ¡No tengas miedo Bolívar: habrías sido General y Libertador, pero mucho más respetable si de tu brazo, que sólo sabía manejar la espada, hubiera pendido la mano de una mujer a quien hubieras respetado! Los pueblos mismos te habrían mirado con más respeto y admiración, pues sin esa mujer sedentaria, que hace de contrapeso al nómada, no podías ocultar tu figura de aventurero.”

Al estudiarse a Bolívar y todos los grandes personajes históricos, los biógrafos muchas vecen omiten considerar a fondo el árbol genealógico del personaje y sus antecedentes de hogar familiar durante la infancia. El ambiente es una gran influencia y ya se ha avanzado en entender desde la historia el tiempo en que vivió el personaje, con sus costumbres e instituciones. No obstante, se olvida considerar la salud del biografiado, su cuadro clínico y en especial  la carga genética que revela el árbol genealógico. Si algo es fuerte y desafía a la educación, son los genes. Sólo dos maestros pudieron con Bolívar, Simón Rodríguez y el Marqués de Ustáriz, y fue porque entendieron, a diferencia de Sanz, Andújar y hasta Andrés Bello, el carácter constitutivo de Bolívar, logrando canalizar hacia las grandes causas (como la gloria) y las lecturas (incluso desordenadas) aquel apasionado y voluntarioso carácter. Igualmente fallan nuestros educadores actuales e incluso los padres al desconsiderar que hay trastornos genéticos que hacen a los niños proclives a la vagancia, la violencia, el robo y la promiscuidad, pero que pueden encauzarse mediante la terapia y una educación holística, donde se entiende el cerebro como biológico, histórico y social. Si los genes determinan la conducta, la conducta puede ajustar estos genes (3)

Las sociedades latinoamericanas se caracterizan por el machismo y la discriminación de la mujer, como parte del modelo de sociedad patriarcal que menciona la filósofa feminista venezolana Gloria Comesaña. No se trata de una consigna. Incluso en estos días las mujeres deben viajar en un vagón específico para su género en la red de transporte bogotana Transmilenio y las violaciones a mujeres siguen estando esencialmente sin denuncia y castigo en toda América Latina, atribuyéndose responsabilidad a la víctima como “provocadora” (al menos no se viola y asesina a pasajeras de trenes, como en India). En sociedades de carga genética complicada como la nuestra, las hazañas sexuales de Bolívar distan de ser edificantes. Cualquier macho que estudie su vida, dado que no puede igualar los triunfos bélicos, intentará al menos lograr los éxitos de decenas de amantes en su haber.

Se ha intentado edulcorar esta vivencia Bolivariana relatando el matrimonio efímero de Bolívar, que duró ocho meses, en 1803, del cual enviudó y donde se afirma que quedó tan herido que juró no volver a casarse, cumpliendo su juramento. Esta leyenda no tiene sustento, desde el momento que Bolívar llego a proponer matrimonio en 1822  a una bella reacia a entregársele, como fue la colombiana Bernardina Ibañez, lo cual está documentado en su correspondencia a Santander (esta dama fue interpretada por la actriz venezolana Rudy Rodríguez en una excelente telenovela colombiana, Las Ibañez ; una hija extramarital de doña Bernardina está en lugar destacado del árbol genealógico del ex presidente colombiano Alfonso López Michelsen). Alguien astuto como Bolívar seguramente propagó esa doliente imagen – en plena época del Romanticismo- para andar libre de compromisos. Varios mandatarios venezolanos han visto en Bolívar una justificación a su donjuanismo y misoginia, siendo el caso más elocuente el dictador Juan Vicente Gómez (1857-1935), quien dejó casi un centenar de hijos en varias mujeres y se negó a casarse (al ser reconvenido por esta conducta por un prelado, señaló que si el matrimonio era tan bueno, ¿por qué el Papa no se casaba?).

Un autor venezolano, Carlos Capriles (4), estudió este problema de la vida sexual  de los mandatarios venezolanos justamente ante un caso elocuente, el del recientemente fallecido presidente Jaime Lusinchi (presidente entre 1984 y 1989), quien quedó tan prendado de una amante, Blanca Ibañez, que la impuso como primera dama de facto, dejando en desamparo judicial a la esposa legítima, Gladys, y tolerando una red de corrupción terrible liderada por su querida, a quien colocó como “Secretaria Privada”. Los niños que para ese tiempo teníamos 10 años escuchábamos los chistes de Lusinchi e Ibañez en cualquier reunión familiar y social. Siguiendo al autor:

Los hombres parrandeaban y tenían queridas. Pero eso se consideraba incorrecto y debía ocultarse ante los hijos y la sociedad. Todos los Jefes de Estado Venezolanos, excepto Simón Bolívar, José Antonio Páez, Cipriano Castro, Carlos Andrés Pérez y Jaime Lusinchi, actuaron bajo esa premisa.” (p. 148)

Es preciso insistir que este mal ejemplo gubernamental, iniciado desde los albores de la República con Bolívar y Páez, no viene a ser gazmoñería o moralismo de domingo en Iglesia. Capriles incorpora una abrumadora estadística: En el censo venezolano de 1950, los hijos ilegítimos (extramaritales y sin reconocer por el padre) constituían 51% de la población infantil y en 1974 representaban el 29%, siendo una ganancia que ya había reconocidos otro 24% de los niños, habidos fuera de matrimonio. Esto es, los hijos habidos fuera de unión legítima o sin padre legal representaban 53% de la población infantil. No deja de ser revelador que el presidente Lusinchi, hijo ilegítimo, excluyó esta estadística en el censo (p. 113). Es probable que el indicador se haya mantenido estable o empeorado. En cualquier caso, no resulta difícil entender el origen de un chavismo considerando una población venezolana donde los nacidos hasta mediados de los años setenta eran hijos sin padre, tema en que ha trabajado el psiquiatra venezolano Manuel Barroso. Capriles sentencia:

En Venezuela la moral no ha sido la nota característica de sus hombres públicos y nunca éstos se cuidaron mucho de ocultar sus hazañas sexuales. Los presidentes de la República recatados, padres y esposos ejemplares, sirviendo de modelo digno de emular por sus compatriotas, han sido escasísimas excepciones, tanto en el siglo pasado, como en la actualidad. Por ello  ha sido inútil pretender que los venezolanos sean honestos y paradigmas de virtudes para sus hijos. Descuidada la vida familiar, la honradez y la honestidad son menoscabadas y el comportamiento cívico, en consecuencia, tampoco puede ser ejemplar.” (p. 113)

El más reciente fracaso en esta materia es el fallecido caudillo Hugo Chávez Frías, quien añadió una nueva dimensión al problema, ya que si bien no se le conocieron demasiadas hazañas sexuales, incorporó la violencia doméstica al repertorio del machismo venezolano en el poder, siendo acusado en tal sentido por su segunda esposa, a quien habría golpeado y a quien en cadena televisiva pública le dijo que “le daría lo suyo” en el Día de San Valentín (5).

Volviendo a Bolívar y el libro de Lozano, encontramos que sólo hubo un matrimonio, el mencionado con la madrileña María Teresa Josefa Antonia Joaquina Rodríguez del Toro y Alayza (15 de octubre de 1781 – 22 de enero de 1803). Bolívar se casó con ella contando él menos de 19 años, el 26 de mayo de 1802, y ella superándole casi en dos años de edad. La joven falleció en Caracas, de fiebre amarilla -posiblemente contraída en las haciendas de Bolívar en San Mateo y Yare-. El matrimonio duró apenas ocho meses. Otro biógrafo de las andanzas amorosas de Bolívar -incorporando en la bibliografía de Lozano- es el venezolano Ramón Urdaneta (6), quien agudamente señala: “El Libertador ya no volvería a tener relaciones íntimas con mujeres aristocráticas” (p. 37) tras quedar viudo. En efecto, con excepción de Isabel Soublette, esta es la única mujer de posición social y cierto refinamiento con quien estuvo, ya que de resto fue proclive a mujeres que no destacaban precisamente por su origen noble o por una conducta elegante – por supuesto, no hay intención de menospreciarlas y varias participaron en la Guerra de Independencia, incluso en el frente de batalla-. No menos importante, Bolívar optaría por mujeres casadas en varias oportunidades, incluso antes de conocer a María Teresa del Toro y luego de quedar viudo. También es notorio, y esto se verifica al leer el texto de Lozano, que Bolívar se enredó con mujeres que para la época ya tenían una edad no precisamente juvenil, estando por encima de los treinta años, o que bien tenían conductas varoniles como Manuela Sáenz y Francisca Zubiaga de Gamarra.

Los historiadores siguen la conseja del viudo desesperado y en luto permanente, siendo que sólo el mencionado psicohistoriador Mauro Torres aborda la tentadora hipótesis de que Bolívar debió quedar realmente horrorizado del matrimonio, especialmente con una esposa española y noble que difícilmente habría entendido las aventuras extraconyugales de Bolívar con sus esclavas negras y mujeres de la zona de San Mateo y Yare. El que haya rehuido mujeres de condición alta y un nuevo matrimonio son muestras elocuentes a favor de este planteamiento.

El listado de conquistas de Lozano arroja casi treinta mujeres, sin incluir las tantas anónimas y mujeres de una noche que se cruzaron en el camino del prócer. Las compañeras más estables fueron dos, la mencionada Manuela Sáenz, a quien conoció al llegar a Quito en 1822 y con quien tuvo un romance intermitente en Quito, Lima y Bogotá. Ella lo salvó del atentado el 25 de septiembre de 1828, conminándolo a escapar saltando por una ventana del Palacio San Carlos y confrontando ella a los frustrados magnicidas. No fue la primera vez que Bolívar se salvó del magnicidio, gracias a sus amantes: en 1815 asesinaron a Félix Amestoy en Jamaica creyendo que se trataba de Bolívar, mientras El Libertador andaba en aventuras galantes fuera de su hospedaje, plausiblemente con Julia Corbier (Lozano dice que bien pudo ella llamarse Luisa Crober) y en el Atentado del Rincón de los Toros, en 1818, escapó gracias a andar fuera del campamento con quien Lozano llama “una anónima joven llanerita”. (p. 76) En Potosí, María Joaquina Costas le previno de otro atentado, en 1825 y con ella engendró un hijo, como se señalará luego.

La otra compañera que ocupó más años del periplo bolivariano fue Josefina Machado, “Pepita”, caraqueña, con quien tuvo relación también intermitente entre 1813 y la muerte de ella en 1820. Lozano la describe, al conocerla Bolívar en Caracas en 1813, como “rozagante mujer de 20 años, carácter fuerte, intrigante y amante del poder.” (p. 62). Pepita Machado es una de las muchas amantes que Bolívar conquistó a partir de un ritual que se repetiría en toda su gesta: la entrada triunfal a ciudades, donde le recibían las más bellas jóvenes del lugar para condecorarlo. Parecía un tributo tácito de las localidades en que entraba. Así conoció a Pepita, a Manuela, a Nicolasa Ibañez, a la hermana de esta (Bernardina), a Joaquina Garaycoa, a Manolita Madroño y María Joaquina Costas, siguiendo la cronología de Lozano.

Josefina Machado fue seguramente la más desafortunada de las amantes bolivarianas, porque le tocó acompañar al prócer en los años de mayor incertidumbre y derrotas. Apenas disfrutó por menos de un año su papel de consorte del héroe triunfante en la Segunda República, teniendo que huir al exilio en el Caribe en 1814 y permaneciendo en él hasta 1816, cuando se reúne con Bolívar y El Libertador se entrega al frenesí del romance, más que a comandar la fallida Expedición de Los Cayos, teniendo nuevamente que separarse de Pepita. La reunión final se dio cuando Bolívar ya tenía base de operaciones en Angostura, hacia 1818 y si bien Lozano considera que esta dama cruzó Los Andes con su amado, en la acción que condujo a Pantano de Vargas y Boyacá, es difícil verificarlo. Lozano señala el amargo final de Pepita Machado, quien murió de tuberculosis, el mismo mal que acabó con Bolívar, la madre  de él y posiblemente también su padre: “A principios de enero de 1820 salió de Angostura rumbo a Bogotá y el 11 de ese mismo mes llegó a la localidad de San Juan de Payara, muy cerca de Achaguas, en donde casi todas las fuentes anotan que murió Pepita.” (p. 68) Al igual que la otra compañera más estable, Manuela Sáenz, le tocó el amargo sino de que no exista una tumba donde honrarla, como protagonista del proceso independentista.

De Manuelita Sáenz se ha escrito mucho más, olvidando a la compañera sentimental venezolana fallecida en el llano apureño. Sobre doña Manuela se han inventado muchas aventuras sexuales inexistentes, siendo una de ellas que fue raptada por un militar, hijo del descubridor del tungsteno, cuando ella era una moza estudiante en un convento de monjas. Fue hija extramarital de un hacendado español, pero tuvo los privilegios de una heredera rica en su crianza. Se casó con un comerciante inglés (a quien muchos también señalan como médico, erróneamente) y lo abandonó para irse con Bolívar. Manuelita tenía costumbres inusuales, como montar a caballo del mismo modo que los hombres, fumar en público y portar armas. Lozano afirma: “Realmente la capacidad de acción y el poder de liderazgo de esta mujer fueron extraordinarios. Manuelita fue una mujer extemporánea porque estuvo adelantada a su época y por ello decía y hacía cosas inapropiadas en las mujeres, como por ejemplo intervenir en política y departir con la tropa.” (p. 97) En tal sentido, fue una de las mujeres que participó en la Independencia Andina, participando en los hechos de armas (le fue conferido el rango de Coronel) y conspirando activamente contra Fernando VII. Siguiendo de nuevo a Lozano: “Hoy día hay personas estudiosas de su vida que han reivindicado para la Historia a esta mujer, poniendo de relieve las múltiples facetas positivas que tuvo. Una de estas personas es la escritora ecuatoriana Nela Martínez, quien en uno de sus trabajos solicitó a los historiadores que no sólo vieran en ella a una «amante famosa», lo cual es una petición plenamente justificada.” (p. 95)

La lealtad de Manuela Sáenz a Bolívar le costó cara y, fallecido el prócer (quien la dejó abandonada en Bogotá en 1830, bajo pretextos), le cobraron factura Santander y todos los antibolivarianos, quedando exiliada en el remoto puerto peruano de Paita a partir de 1835, donde fallecería en una epidemia de difteria el 23 de noviembre de 1856, ya paralítica. Lozano señala: “Personajes que la visitaron en este exilio dejaron posteriormente testimonios sobre la simpatía, locuacidad e ilustración que la caracterizaron. Entre ellos se cuentan el escritor peruano Ricardo Palma, el italiano Giuseppe Garibaldi y Simón Rodríguez, el preceptor de Bolívar, este último cuando iba de Lima hacia Ecuador en 1843. Años más tarde Rodríguez fue a parar a una pequeña localidad llamada Amotape, a pocos kilómetros de Paita y al parecer allá recibió varias visitas de Manuelita.” (p. 118)  Se omite en la lista al autor de Moby Dick, Herman Melville, quien visitó Paita y muy probablemente conoció a doña Manuela. En suma, el maestro Rodríguez y Manuela pagaron con el destierro, el anonimato y la pobreza tanto su afecto por el genial Libertador como la lealtad hacia su causa.

En el catálogo de amantes bolivarianas no sólo destaca la recurrencia de enredarse con las damas que le homenajeaban al llegar a cada ciudad, sino también el ya mencionado hábito de ponerle cuernos a varios maridos. Los romances con mujeres casadas son recurrentes en toda la historia amatoria de Bolívar: La güera María Ignacia Rodríguez, Theresa Laisney (madre de Flora Tristán, la destacada socialista y feminista, de quien fue hijo el artista Paul Gauguin), Fanny du Villars, Francisca Zubiaga de Gamarra y María Joaquina Costas. La relación con Francisca Zubiaga Bernales, esposa del General Gamarra, presidente del Perú en 1829-1833 y 1838-1840, generó en el ofendido marido una animadversión hacia Bolívar que tendría consecuencias políticas como el golpe de Estado contra Sucre en Bolivia -si bien Gamarra no abandonó a su mujer, quien se parecía a Manuela Sáenz en cuanto a inmiscuirse en política y armas, cayendo también en desgracia política y muriendo exiliada en Valparaíso en 1835, de tuberculosis casualmente.

Louise Jeanne Nicole Arnalde Denis de Trobiand o Fanny du Villars, como la conoce la historia, fue un amor de juventud que tuvo Bolívar en Francia  y con quien mantuvo relación entre 1804 y 1806. Es llamativo que ella mantuvo correspondencia con Bolívar casi hasta el final de la vida del héroe. Incluso ella menciona en carta del 14 de mayo de 1826 a un ahijado de Bolívar, Simoncito Briffard, quien para muchos fue hijo de El Libertador habido en Francia. Lozano cita una carta escrita por Bolívar a ella el 6 de diciembre de 1830, que no tengo claro si es apócrifa, pero vendría a ser la última carta personal escrita por Bolívar, quien ya estaba postrado –no obstante, dictaría su última proclama y testamento en los días siguientes-. Es llamativo que no hay carta alguna a Manuela Sáenz en esos días. En la carta Bolívar le dice: “Tuyos son también mi último pensamiento y mi pena final” y concluye con estas amargas frases: “Adiós, Fanny, todo ha terminado. Juventud, ilusiones, risas y alegrías se hunden en la nada. Sólo quedas tú como ilusión serafina señoreando el infinito, dominando la eternidad. Me tocó la misión del relámpago: rasgar un instante las tinieblas, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderse en el vacío.” (p. 42)  Esta carta no se parece a ninguna otra personal escrita por Bolívar y me parece algo barroca, por lo cual creería no la escribió o dictó él, pero no tengo evidencia a favor o en contra de esta tesis. No deja de ser notorio que en esta etapa final aparece otra francesa: Anita Lenoit, una amante de Bolívar en su Campaña del Magdalena en 1812, quien fue a visitarle en Santa Marta en 1830 y llegó cuando Bolívar ya tenía un día fallecido. Realmente dudo si estas son invenciones del Romanticismo.

La carta a Fanny en 1830 bien podría ser cierta, porque se ha perdido el grueso de correspondencia de Bolívar a sus amantes. Esto lo habría propiciado la historiografía oficial e incluso el presidente venezolano Antonio Guzmán Blanco, según señala Lozano y también el venezolano Herrera Luque (la madre de Guzmán era sobrina de Bolívar y la había criado una hermana de este, María Antonia, así que el ocultamiento también se veía como algo de “honor familiar”). Lo cierto es que, como señala el mencionado Urdaneta, el 23 de noviembre de 1873 se hundió el barco “Ville du Havre”, donde viajaba el historiador venezolano Felipe Larrazábal precisamente con la correspondencia de Bolívar a sus mujeres, con el objeto de editarla y allí se perdió no sólo la vida de Larrazábal, sino todos estos valiosos documentos originales que pacientemente había recopilado el edecán O’Leary. Algunos ven la “mano negra” de Guzmán Blanco en esto, pero no hay pruebas.

No se puede cerrar el trabajo sin el tema de los hijos de Bolívar. Cuando se hace el recuento de este tema, cobra dimensión adicional el título de “Padre de la Patria” para El Libertador, dada la progenie que tuvo. Lozano señala: “Oficialmente reconocido, no existió ningún hijo del Libertador, pero como se mencionó antes, hay varios indicios que hacen pensar en una descendencia múltiple. Sobre este tema hay una esperanza que podría esclarecer la duda sobre la progenie del Libertador, ya que en el reciente año de 2010, por orden del entonces presidente de Venezuela, se llevó a cabo la exhumación de los restos de Bolívar y de ellos se obtuvieron muestras de su ADN.” (p. 161)

El mencionado Ramón Urdaneta, fuente consultada por Lozano, también aborda el tema de la descendencia de Bolívar ampliamente y contabiliza veinte posibles vástagos. Sólo hay dos hijos esencialmente ciertos. El primero es Miguel Simón Camacho (1819-1898), hijo de la colombiana Ana Rosa Mantilla, a quien Bolívar conoció en Bucaramanga. Lozano coincide con Urdaneta en que Miguel fue encomendado por El Libertador a su hermana María Antonia y lo criaron la hija de esta, Valentina Clemente y el yerno de Doña María Antonia, Gabriel Camacho, de donde tomó Miguel el apellido (7). El joven habría sido enviado a Bolívar en Perú (me cuesta creerlo, porque era un niño bastante pequeño para tal viaje) y se estableció finalmente en Quito, donde Lozano señala que “tuvo dos hijos con una dama de Ibarra a quienes reconoció por escritura pública, ya que nunca se casó con ella.” (p. 85)  En sus funerales estuvo el presidente ecuatoriano Eloy Alfaro.

El otro hijo fue habido con la boliviana María Joaquina Costas Almendras en 1826, a la sazón esposa del militar argentino Hilarión de la Quintana, quien encontró a su mujer ya embarazada al volver de una misión en Chile y a quien no le cuadraron las cuentas, al punto que repudió a su adúltera esposa. El hijo que ella tuvo se llamó José Antonio Costas y se le conoció como “Pepe” Costas. Vino al mundo en julio de 1826 y falleció el 8 de octubre de 1895, tras haberse casado  seis días antes (con casi setenta años de edad). Bolívar señaló a Perú de la Croix que había tenido un hijo en Potosí y fue este. El coronel José Miguel de Velasco, luego presidente de Bolivia, fue ascendido a General por un hecho para nada bélico: trasladar confidencialmente a la madre y su bebé a Lima, para que Bolívar viera al niño, justamente antes de abandonar Perú, país al cual nunca volvería. Urdaneta señala que la madre pasaría sus años finales llenos de estrecheces, haciendo manualidades y regentando un colegio, falleciendo en Potosí el 17 de septiembre de 1877. Pepe Costas fue un hombre elegante y que gustaba de cantar acompañando por la guitarra. En la partida nupcial se señala el nombre de su padre, si bien este nunca le dio el apellido. De este modo, nuestro Libertador es también precursor de la paternidad irresponsable venezolana, si bien no fue el único prócer que dejó hijos ilegítimos, al punto que incluso el impoluto Mariscal Sucre dejó al menos un par, incluyendo una niña de nombre Simona – precisamente en honor a El Libertador. Urdaneta acierta al afirmar esto sobre Bolívar, que bien vale por resumen del trabajo: “Además, a fin de cuentas, lo cuantifica como la máxima expresión del ser latinoamericano, con los errores o pecados veniales y sus grandes aciertos.” (p. 18)

Uno de los casos más disparatados de los hijos que se atribuyen a Bolívar es el de un sacerdote, José Secundino Jacomé, nacido en Ocaña (1817-1895) quien es homenajeado en la población colombiana de Gramolote con una estatua, donde en la placa se le señala como hijo de Bolívar.  (7)

Hay un tema que me sigue quedando como duda en toda esta literatura y es la vida amorosa de Bolívar entre 1807 y 1813. Recién llegado de sus viajes por Europa y Estados Unidos, los “años perdidos” de Bolívar antes de la Guerra de Independencia se despachan con una pelea de linderos y la actividad conspirativa, sin señalar compañeras amorosas, lo cual es curioso. Otro tanto ocurre a partir de 1826, donde salvo Manuela Sáenz, no aparecen amantes nuevas y queda la duda si se explica por el desgaste físico y la enfermedad, que habrían provocado una merma en su apetito sexual – si bien engendró un hijo en 1826. Se me ocurre que falta investigación documental de estos dos períodos vitales. Cuesta creer que no haya conocido antes de 1813 a Josefina Machado, por ejemplo, en una Caracas con menos de cincuenta mil habitantes y donde esta dama era pariente suya por vía de Soublette.

Lejos de abordarse este tema para fines de “farándula” histórica, es una forma de repasar el lado humano del mayor héroe de América Latina y ver en dimensión correcta sus grandezas y errores, que los tuvo y varios. No obstante, si algo engrandece a Bolívar es comprobar que lejos de ser simplemente un guerrero y político, tuvo una intensa vida personal como hermano, tío, amante y padre incluso, si bien en esta última no fue tan ejemplar como en su paternidad de Repúblicas y de Independencia. Es una figura fascinante e inagotable para el amante de la historia. ¡Viva Bolívar!

CARLOS GOEDDER
carlosurgente@yahoo.es
@CarlosGoedder

(1) HERRERA LUQUE, Francisco. “Bolívar de Carne y Hueso” (1980). En: Bolívar de carne y hueso, y otros ensayos. Cuarta Edición. Editorial Pomaire, 1991, pp. 17-18.

(2) TORRES, Mauro. Moderna Biografía de Simón Bolívar. Bogotá: ECOE Ediciones, 1999, pp. 82-83.

(3) Aparte de la copioso obra de Torres en esta dirección, referir el reciente libro de Sharom Moalem, Inheritance: How Our Genes Change Our Lives—and Our Lives Change Our Genes, Grand Central Publishing, 2014 (Aún sin traducción al castellano, su título equivale a “Herencia. Como nuestros Genes cambian nuestras Vidas – y nuestras Vidas cambian nuestros Genes.”)

(4) CAPRILES, Carlos. Sexo y Poder. Concubinas reales y presidenciales. En Venezuela, desde Manuelita Sáenz hasta Cecilia Matos, Sexta Edición. Caracas: Consorcio de Ediciones Capriles, septiembre de 1991.

(5) Ver sobre la violencia doméstica de Chávez: http://www.lavozdegalicia.es/hemeroteca/2002/03/02/987395.shtml y   http://cositarica51.blogspot.com/2008/05/marisabel-demandar-chvez-por-violencia.html

(6) URDANETA, Ramón. Los Amores de Simón Bolívar y sus Hijos Secretos. Quinta Edición. Caracas: Historia y Tradición Grupo Editorial, 2003.

(7) La mejor biografía sobre esta hermana de Bolívar es: QUINTERO, Inés. La Criolla Principal. Segunda Edición. Caracas: Fundación Bigott, 2004. No encuentro mención de este asunto de Miguel Camacho en tal obra, si bien tan formidable libro también pasa por alto que María Antonia crio a la madre del presidente Guzmán Blanco y hubo de lidiar con el embarazo pre-nupcial de esta, como sí refiere Tomás Polanco Alcántara en su biografía de Guzmán. Entiendo no era el foco de la investigación.

(8) Ver http://dcriado.wordpress.com/2010/12/23/es-secundino-jacome-hijo-de-simon-bolivar/