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Sin impulso productivo

El Universal 23/06/08

Por: Trino Márquez

El “Reimpulso Productivo” anunciado por el Presidente de la República está muy lejos de ajustarse a las necesidades del país y a las inmensas posibilidades que tenemos de convertirnos en una nación moderna, próspera y equitativa. Eliminar el Impuesto a las Transacciones Financieras (ITF), crear un fondo de inversión con $1.000 millones y agilizar la asignación de divisas para operaciones iguales o inferiores $50.000, son apenas medidas espasmódicas, motivadas por la necesidad de “hacer algo” ante el gigantesco pantano en el que se mueve la economía nacional.

La obligación del Gobierno en un país con el potencial productivo y con las enormes ventajas comparativas y competitivas que posee Venezuela, va mucho más allá de las simples disposiciones coyunturales. Lo que los venezolanos demandamos es un programa engranado de desarrollo económico y social, en el cual podrían calzar aquellas pequeñas piezas. Por supuesto que no se trata de un proyecto como el “Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2007-2013” (Plan Simón Bolívar), que plantea objetivos tan quiméricos como la “nueva ética socialista”, la “suprema felicidad social”, la “democracia protagónica revolucionaria” y el “modelo productivo socialista”. Con este tipo de proyectos voluntaristas -colocados de espalda a la realidad nacional e internacional, y, por añadidura, apuntados hacia el pasado más remoto- es poco lo que puede hacerse para colocar al país en la ruta del crecimiento permanente.

Las naciones florecientes son las que han aplicado programas globales de reformas y han entendido que sólo una parte del crecimiento y el bienestar está conectada con políticas económicas. La estrategia correcta se orienta a la creación de un ambiente general que fortalezca la confianza de los agentes económicos, para así estimular la inversión y la expansión del empleo. Entre las providencias que suelen subrayarse se encuentran la estabilidad del sistema político, la existencia de un Poder Judicial independiente, la fortaleza del Estado de Derecho, la protección a la propiedad privada, la fijación de límites a la intervención del Estado, el estímulo a la competencias, incluidas las empresas públicas, la apertura al comercio internacional, el impulso a la descentralización, y la reducción del tamaño del Estado por la vía de la especialización y la privatización. Son acciones que propician la conciliación entre las clases sociales. Tocan lateralmente el plano económico, pero sin ellas el desarrollo no puede alcanzarse.

El “Reimpulso Productivo” no se propone corregir los errores y deformaciones que el socialismo del siglo XXI ha introducido en toda la sociedad. El esquema sigue siendo idéntico al esbozado en la reforma constitucional rechazada el 2-D: confrontación de clases, marginación de la iniciativa privada y de la economía de mercado, y claro predominio del sector público a través de las empresas del Estado, de las empresas de economía social y, en menor proporción, de las empresas mixtas.

Con una orientación como la del socialismo del siglo XXI son nulas las posibilidades de que las medidas anunciadas por el Presidente tengan el éxito esperado, pues apenas rozan aspectos muy superficiales de las causas que han disparado la inflación, contraído la oferta de bienes y servicios, desanimado la inversión, y elevado el subempleo y la informalidad. Cuando los chinos y los vietnamitas, fieles practicantes de las normas del régimen político comunista, han anunciado sus programas de reforma económica, los cuales les ha permitido crecer a tasas muy elevadas durante un largo período, se han cuidado de dejar en claro que el control político permanece en manos del Partido, pero que las transformaciones no se refieren a tal o cual impuesto, restricción o veto, sino que abarcan el conjunto de la economía y las normas e instituciones con las cuales esta esfera mantiene estrecha conexión: Poder Judicial, sistema de educación superior, sistema de ciencia y tecnología e, incluso, sistema cultural, para combatir prejuicios y promover concepciones que propicien el desarrollo.

Este no es caso venezolano. Al dominio político, inherente a todo régimen con marcada tendencia estatista, se le adiciona el control casi pleno de la economía, dejando esferas minúsculas, casi marginales, para la sobrevivencia de la iniciativa particular.

Se dice que el socialismo representa la ruta más larga para llegar al capitalismo. En Venezuela lo estamos viendo.

cedice@cedice.org.ve