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Sin realismo y sin magia. Domingo Fontiveros

El gobierno actual está cerca de empezar a culpar al “gobierno anterior” por los males de hoy.

Cuando en 1999, el entonces flamante presidente Chávez se encaró con las complejidades financieras de un país gravemente deficitario externa e internamente, resolvió desechar las obscuras alternativas de un programa de ajuste macroeconómico y se lanzó a una cruzada por la elevación de los precios internacionales del petróleo.

De un plumazo decidió recortar en medio millón la producción diaria de petróleo y emprendió un periplo que lo llevó hasta el Medio Oriente para convencer a los socios de la OPEP de bajar la oferta para recuperar los precios. A fines de ese año, el precio de exportación de Venezuela se había más que duplicado.

No puede afirmarse que la iniciativa venezolana haya sido la causa única, ni siquiera la principal, del descomunal ascenso de los precios del petróleo ocurrido ese año y en los siguientes. De hecho, el factor crucial para este desempeño fue el crecimiento de la demanda china y del resto del planeta impulsada por una fuerte recuperación de la economía mundial. Pero algo de magia acompañó al realismo con que el novel presidente se empeñó en resolver un problema personal de gobierno fiscal como si fuera uno que involucrara a toda la economía mundial. De hecho, a partir de entonces, en Venezuela todo fue holgura y abundancia de recursos, tanto del petróleo como del endeudamiento, con prestamistas ansiosos de financiar por los buenos rendimientos al régimen establecido, ya fuera desde Moscú, Bielorrusia o China, o desde los bolsillos de furiosos antichavistas, ávidos de un buen porcentaje.

No se trató de un realismo mágico al estilo García Márquez, mezclado con la melancolía de “El Cóndor Pasa” de Simon & Garfunkel, muy del gusto de algunos izquierdistas desde los años setenta. Sino de un realismo muy duro combinado con una innata capacidad de fascinar, semejante a la de famosos populistas, civiles y militares, en todas partes del mundo y en todas la épocas.

Esos son tiempos idos. Venezuela está de regreso a lo cotidiano y encuentra muchas amarguras en la cotidianidad. Algunos creían que sostenían a Chávez, ahora concientizan que era Chávez quien los sostenía a ellos. Algunos creían que todo se basaba en un discurso y buscan replicarlo para continuar en lo mismo. No les sirve. Mucha gente siente con algo de razón que el difunto presidente se ocupaba de ellos, no así el viviente. Algunos funcionarios han dicho que con importaciones suplirán al mercado, pero nada dicen de dónde saldrán las divisas. Un desprevenido ciudadano se pregunta por qué un gobierno sublimemente bolivariano tiene que ocuparse de un negocio tan prosaico como importar 2 rollos de papel higiénico por persona como si el asunto fuera de emergencia nacional.

El gobierno actual está cerca de empezar a culpar al “gobierno anterior” por los males de hoy. Parece contradictorio, pero en electricidad y turismo, hasta donde se conoce, los nuevos jefes viran en esa dirección. Los encuentros con grandes empresarios son signos de un gobierno que comienza a “pedir cacao”. En cierta forma, estas aperturas son interpretadas como algo positivo. ¿Será Maduro un Nikita o será un Raúl? Por el momento será mejor que se olvide de la magia y se concentre, si puede, en el realismo. Aunque la realidad sea dura y más dura. 

DOMINGO FONTIVEROS ― EL UNIVERSAL
dfontiveros@cantv.net