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Sinergia promueve la excelencia de las ONG’s y su Responsabilidad Social

Intervención del Feliciano Reyna, Presidente de Sinergia, organización venezolana que promueve la excelencia de las ong’s y su Responsabilidad Social, Conferencia dictada en el V Simposio de RSE como Estrategia de Negocios organizado por Alianza social de vena Am Cham con la colaboración del CEyCC de Cedice

Buenos días, Gracias al Comité de Alianza Social de VenAmCham por esta invitación, no sólo por la valiosa oportunidad para compartir ideas respecto de la Responsabilidad Social Empresarial (RSE), un tema ya insoslayable en nuestras reflexiones sobre el desarrollo del país, y además línea de trabajo de Sinergia, sino porque esta intervención ha implicado horas de lecturas sumamente enriquecedoras en términos de lo que puede significar la responsabilidad social en general y, en particular, la que practica o debe practicar el sector empresarial. Agradezco también al Padre Armando Janssens, a Charo Méndez, a Consuelo Morillo, Coordinadora de RedSoc, a Zulay Alarcón, del Centro de Atención Nutricional Infantil de Antímano, así como a las organizaciones de Sinergia, y en particular a Alejandro Luy de Tierra Viva y a Francisco González Cruz, Rector de la Universidad Valle del Momboy, por sus aportes a esta reflexión. A Dennys Montoto de manera especial, por los materiales y enriquecedoras discusiones sobre el tema.

En primer lugar, me referiré brevemente a algunas ideas sobre lo que puede significar la “Sociedad Civil” y cómo, desde esta concepción, las empresas están llamadas a hacer de la “ciudadanía corporativa” una de sus líneas estratégicas en términos de la RSE.

Según la excelente investigación “El Polo Asociativo y la Sociedad Civil”, que realizó el Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales, Cisor, para Socsal, la “Sociedad Civil” —y para muchas de las personas aquí presentes esto será ya conocido— es “el campo de las relaciones entre los ciudadanos organizados alrededor de intereses comunes y el Estado. No se trata de uno o varios actores sino, más bien, de un espacio en el que cristalizan formas de relación entre muy diversos actores. En este sentido, no puede ser identificada la `Sociedad Civil´ con uno o varios de ellos, sino con las relaciones que cada actor genera a partir de su actividad”. Entonces, más que en nombre “de” la sociedad civil, hablo “desde” un sector de esa sociedad civil, al que muchos llaman “el tercer sector”, es decir, el de las organizaciones y redes de desarrollo social. Y aún así, todavía apenas puedo asomar una visión parcial sobre la RSE, dada la riqueza de lo que significan la “Sociedad Civil” en general y el Tercer Sector en particular, en el mundo contemporáneo.

A ese campo de relaciones no sólo pertenecen además las empresas mismas, como expresión organizada de ciudadanos alrededor de intereses, por ejemplo, comerciales, sino las organizaciones con roles políticos y ciudadanos, los gremios, sindicatos y el sector académico, entre otros. Según Cisor, en Venezuela más de 32.000 asociaciones se desenvuelven en el ámbito que llamamos “Sociedad Civil” y la mitad de ellas se desenvuelven en el Tercer Sector. Por cierto, no se puede decir entonces que “la Sociedad Civil” —como un todo— dice tal cosa o tiene tal o cual posición, incluso en el ámbito político-partidista. Lo que cada organización o sector expresa es apenas parte del vasto mundo de relaciones que es la “Sociedad Civil”. Así como es de diversa la “Sociedad Civil”, lo es también como parte de ella el ámbito empresarial. Más allá de modelos gerenciales y de toma de decisiones compartidos, por ejemplo, enfrentarán de manera particular los retos internos y los que impone el entorno. Pero como parte de ese complejo entramado social que significan los campos de relación entre ciudadanos y la sociedad organizada y entre ambos y el Estado, y por su papel fundamental en la creación de valor —social, económico y ambiental—, las empresas están llamadas a contribuir en la construcción de un mejor país. En este sentido, el ejercicio de la RSE tiene que concebirse no sólo como la generación de bienestar hacia adentro —accionistas y empleados—, relaciones de cooperación y competencia leal hacia fuera —clientes, competidores—, entre otras opciones de las que ya se está en general de acuerdo, sino además, y muy especialmente, como la oportunidad para salir al encuentro de las necesidades de los sectores más vulnerables de nuestra sociedad. Hace dos años, Fernando Savater dijo aquí en Caracas que “la riqueza es algo mucho más complejo que sólo generar recursos económicos, de lo que se trata es de obtener `rentabilidad´ en el sentido humano y social. De no hacerlo”, decía, “habrá que pagar un alto precio por convivir con la inseguridad, la injusticia, la miseria y la ignorancia.” El ejercicio de la RSE no es nuevo en Venezuela: nuestros empresarios lo hicieron en los años 60 y 70, tal como lo evidencia Charo Méndez en su libro, “Responsabilidad Social de Empresarios y Empresas en el Siglo XX”, cuando el tema no era parte del léxico cotidiano como lo es hoy, pero, sin embargo, pusieron en práctica muchos de sus componentes como ahora los entendemos: capacitación, vivienda, salud, acciones de la empresa para los empleados, innovación, generación de oportunidades, así como inversión social más allá de la comunidad cercana y preocupación por el ambiente. En fin, esta contribución en sentido amplio con el desarrollo del país, no sólo se hizo gracias a la visión individual de algunos empresarios, sino que además se transformó en línea estratégica de sus empresas. Y esta contribución las siguen haciendo hoy muchos empresarios y empresas. Estoy seguro de que al decir ahora “contribución con el bienestar y el desarrollo, responsabilidad social, buena reputación”, a todos se nos vendrán a la mente algunos nombres, incluso de empresas más jóvenes. Pero, ¿hace falta que se den algunas condiciones, como las de aquella Venezuela que nacía a la democracia, para poder ejercer la responsabilidad social?

En Abril, en un evento sobre RSE en Chile, el Ministro de Hacienda, Sr. Nicolás Eyzaguirre, comenzó por decir “verdades de Perogrullo”, según sus propias palabras:

  • Sin crecimiento económico no hay espacio para fortalecer políticas sociales
  • Para que haya crecimiento, la competitividad tiene que mejorar permanentemente
  • La competitividad es sistémica: el que compite es el país, estamos todos en el mismo bote; el bote avanzará tan rápido como lo permita el más débil de sus remeros
  • Para competir hace falta o Un Estado que no sobre regule o Una clase empresarial pujante, emprendedora o Una fuerza de trabajo educada o Una sociedad civil capaz de hacer propia la estrategia de desarrollo nacional.

Nuestra Venezuela de hoy no tiene los índices de desarrollo que ha alcanzado la sociedad chilena, sin duda, y en las palabras de Ministro chileno encontramos algunas buenas razones para ello; por el contrario, enfrentamos problemas políticos, económicos y sociales severos. Pero quizás por ello es ahora cuando todos los sectores estamos llamados a contribuir con más ahínco en la superación de esos problemas.

Y hoy se nos presenta a todos una especial oportunidad: después de algunos años de desmovilización, de colocar en otros la responsabilidad sobre lo que a mi me pasa — el locus de control externo al que se refería el estudio sobre la pobreza de la UCAB, característica compartida por todos los sectores sociales—, nos encontramos ahora con un renovado interés por participar, por contribuir, no sólo desde el punto de vista individual, sino muy especialmente de manera organizada: mesas de agua, comités locales de planificación, cooperativas de distintos tipos, asociaciones de vecinos, asambleas de ciudadanos, expresan el renacer de aquellas expresiones de participación ciudadana y de asociatividad de los primeros 25 años de la democracia que nació en el año 58, e incluso de años antes, cuando en Venezuela se crearon iniciativas tales como el Hospital Ortopédico Infantil, que celebra este miércoles 60 años de funcionamiento sostenido. No podemos esperar condiciones ideales, no puede haber desarrollo sostenido en una sociedad tan desigual como la nuestra, estamos “remando al ritmo que nos permiten los más débiles de nuestros remeros”. Aunque una empresa se proponga como estrategia de Responsabilidad Social la comercialización de productos y servicios para la “Base de la Pirámide”, habrá allí quienes tampoco podrán beneficiarse de esos productos y servicios. La sostenibilidad de un programa de RSE no puede sólo depender de que se inserte en las estrategias de negocios de la empresa, de que se hagan “negocios” con el “mercado” en la base de la pirámide. La sostenibilidad de este tipo de negocios será posible en la medida en que se contribuya, mediante ésta y otras opciones para el ejercicio de la RSE —desde la filantropía hasta la ciudadanía corporativa—, a cerrar las brechas de inequidad y desigualdad tan profundas de la sociedad venezolana de hoy.

¿Cómo podemos contribuir desde el tercer sector?

Es fundamental una respuesta concertada entre el sector político, el sector productivo y el tercer sector. El sector empresarial tiene en nuestras organizaciones a un aliado fundamental y comprometido, no sólo para el trabajo hacia dentro —lo que se refiere a garantías del ejercicio de los derechos de los trabajadores y trabajadoras, formación, programas de promoción de la salud, por ejemplo—, o en lo que tiene que ver con su relación con sus grupos de interés, sino más allá, en su contribución con el desarrollo social del país. En nuestras organizaciones tienen las empresas —y el Estado en todas sus instancias—, a un actor capaz de llegar al corazón mismo de las comunidades y sectores más vulnerables, de contribuir a hacer realidad el ejercicio de los derechos humanos y a trabajar por el desarrollo sustentable.

Para seguir construyendo y fortaleciendo esta alianza quisiera concluir con dos propuestas para el sector empresarial.

La primera, referida al liderazgo. Se encuentran aquí hoy precisamente quienes probablemente no necesitan ser convencidos en cuanto a la necesidad de la práctica de la responsabilidad social por parte de las empresas, en algunas o en todas sus formas y quizás especialmente en la que se refiere a la ciudadanía corporativa. Sin embargo, el sector empresarial Venezolano es muy amplio y diverso, y constantemente entran en juego nuevos actores. A ellos y a quienes se establecieron antes pero aún no se han sumado, hay que llamarlos a contribuir a “remar en el bote del desarrollo”. Y creo que este llamado amplio sólo lo pueden hacer los empresarios quienes mediante el ejemplo de sus propios programas de RSE gozan de credibilidad y tienen la “autoridad moral” como para convocar a otros. Una vez convocados por ustedes, nuestras organizaciones pueden contribuir con el diseño y la implantación conjunta de estrategias para el desarrollo. El Pacto Global y las Metas del Milenio tenemos unas primeras líneas de trabajo.

La segunda propuesta para el sector empresarial se refiere a lo que el Sociólogo Ulrich Bech denomina el “dinero cívico”, es decir, la valoración de la contribución que el tercer sector hace al desarrollo del país, no sólo en términos de recursos económicos, que son siempre necesarios —no se puede dejar de contribuir, por ejemplo, con las religiosas que apoyan a muchachas explotadas sexualmente, o con una organización que defiende los derechos de los presos; en ningún caso pueden estar organizaciones generar recursos a partir de sus servicios, pero estos servicios son a su vez vitales para los más excluidos. Decía que el “dinero cívico” se refiere además también a otros tipos de aportes, tales como la participación en pólizas de seguro colectivas de las empresas —20 personas no serán una carga muy pesada en una empresa de 1.000 o 2.000 empleados—, servicio de contabilidad para contribuir con la gestión transparente de las mismas organizaciones de desarrollo social, créditos preferenciales, apoyo en fideicomisos de prestaciones, entre muchas otras alternativas. Y esta contribución tiene que ver nuevamente con la posibilidad del ejercicio de la ciudadanía y la vigencia de los derechos humanos, entre ellos el de la libertad, fundamento de todo sistema democrático.

En este sentido, cito por último una reflexión de Bech, en el marco de la creación de organizaciones ciudadanas luego de la caída del Muro de Berlín: “El dinero cívico es necesario para hacer posible el ideal republicano de una sociedad civil autónoma que decide responsablemente acerca de sus propios asuntos. Ofrece un mínimo de seguridad imprescindible para poder utilizar productivamente la inseguridad de la libertad, la cual supone pérdida del miedo. Y esto sólo es posible allí donde los individuos —y añadiría que también nuestras organizaciones— tienen medianamente asegurado su sustento diario y un mañana.”