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Socialismo: fracaso y mito

En el plano de la teoría el socialismo es un programa de cambio socioeconómico y político y a la vez un proyecto utópico, dirigidos a sustituír el capitalismo

Por: Aníbal Romero
(Especial para El Nuevo País, Caracas, Enero 2007)

 

¿Qué es el socialismo?

En el plano de la teoría el socialismo es un programa de cambio socioeconómico y político y a la vez un proyecto utópico, dirigidos a sustituír el capitalismo y crear eventualmente, en un plazo indeterminado, una sociedad sin clases y sin Estado, la sociedad comunista, un modelo de sociedad que según Marx podrá “escribir en su bandera: ¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades!”. Con la desaparición de las clases “desaparecerá inevitablemente el Estado” (Engels), y en ese contexto socialista “todos intervendrán por turno en la dirección de los asuntos públicos y se habituarán rápidamente a que nadie dirija” (Lenin). Por último —y en sentido que explicaremos posteriormente— el socialismo es un mito que renace incesantemente de sus cenizas.

Como programa de cambio positivo el socialismo ha resultado en la práctica un rotundo fracaso. Lenin confiaba que “la expropiación de los capitalistas originará inevitablemente un desarrollo gigantesco de las fuerzas productivas de la sociedad humana”. En su lugar todos los experimentos socialistas han conducido al empobrecimiento de las sociedades que los han sufrido. De igual manera, en vez de extinguirse el Estado se ha fortalecido bajo el socialismo. De hecho el socialismo real ha significado el establecimiento de dictaduras totalitarias que han destruído la libertad de las personas, entronizando en el poder absoluto a individuos y castas privilegiadas que lo usufructúan para su beneficio.

Además de los socialismos reales, es decir, los que en efecto han existido y existen y cuya ruina histórica es innegable, hay dos tipos de socialismo ideales, carentes de asidero excepto en los sueños y ambiciones de quienes les defienden. Por un lado tenemos el supuesto socialismo europeo, según el cual en países como Suecia, Noruega, Francia y Alemania, por ejemplo, se ha establecido un socialismo humanista que combina la justicia social con la libertad. Esto constituye una deliberada distorsión de los hechos, destinada a preservar emocionalmente la utopía socialista a pesar de su derrumbe práctico, pues el socialismo significa la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción y ello no ocurre en país alguno de Europa occidental. Las sociedades europeas son capitalistas, aunque en no pocas de ellas los gobiernos imponen asfixiantes tributos al capital.

La segunda versión ideal sostiene que todos los socialismos han sido inadecuadamente construidos hasta el presente, y no han respondido a la verdadera esencia del proyecto. Por lo tanto, según esta interpretación fervorosamente sostenida por la izquierda irredenta, lo que importa es lo que viene y no lo que que ya ha ocurrido. Argumentan quienes así piensan que el socialismo equivale a la justicia, y en consecuencia, si existen injusticias en el mundo, por definición la utopía sigue vigente, y cualquier precio será admisible para tratar de llevarla a cabo nuevamente.

¿Qué es el Socialismo del siglo XXI?

El llamado Socialismo del siglo XXI pertenece a esta segunda corriente “ideal” del socialismo. En realidad no es un programa concreto de cambio socioeconómico sino una aspiración utópica y un mito político, como los explicados por Sorel en su obra de 1906, Reflexiones sobre la violencia. Allí nos dice que el socialismo “no es una doctrina, ni una secta, ni un sistema político; es la emancipación de las clases trabajadoras”. De acuerdo con Sorel el socialismo sólo requiere dirigir nuestras emociones, movilizar nuestra voluntad y dar sentido a lo que somos y lo que hacemos. Su papel no es formular un programa específico para cambiar la realidad constructivamente, o diseñar un plan acerca de un paraíso en la tierra, sino motivarnos al combate “con el fin de destruir todo lo que existe”.

Sin ánimo de subestimar los esfuerzos que diversos analistas realizan para descifrar qué es en concretoel Socialismo del siglo XXI, lo cierto es que semejante tarea enfrenta dos notables obstáculos. El primero se deriva de la superficialidad teórica de los voceros del mensaje, que han sido incapaces de articular planteamientos coherentes y comprensibles sobre el tema. Un ejemplo insuperable lo ofrecen los galimatías del sociólogo alemán Hans Dieterich, uno de los mentores intelectuales de Hugo Chávez, quien ha afirmado entre otros despropósitos que “será fácil” desplazar el capitalismo, pasando con irresponsable ligereza encima de lo que no lograron hacer ni rusos ni chinos al costo de millones de muertos y de una cruenta y estéril experiencia histórica.

El segundo obstáculo surge del carácter mítico del Socialismo del siglo XXI, que en manos de Hugo Chávez se convierte en: “una organización de imágenes capaces de evocar de manera instintiva todos los sentimientos que corresponden a las diversas manifestaciones de la guerra, entablada por el socialismo contra la sociedad moderna” (Sorel). Esta perspectiva nos revela la fortaleza del mensaje: lo relevante no son sus contenidos concretos sino su función como mito; se trata de movilizar, no de expresar programas específicos; de motivar, no de convencer racionalmente; y por último de “organizar imágenes” para articular apoyos, misión que Chávez cumple con eficacia dadas sus aptitudes como comunicador político.

En síntesis: tiene escaso sentido tomarse demasiado en serio el Socialismo del siglo XXI en un plano teórico, aunque sí cabe medir con tino su función política. No aporta nada nuevo en el nivel de la teoría, y en tanto se entiende lo que sus promotores plantean, es claro que nos hallamos frente a un retroceso intelectual a los postulados de aquellos a quienes Marx llamaba “socialistas utópicos”, es decir, al retroceso hacia una concepción arcaica de sociedad, con intercambios económicos primitivos. No obstante, como ya sugerí, el Socialismo del siglo XXI renueva un mito que se niega a morir.

Socialismo del siglo XXI y autocracia.

No ha sido fácil caracterizar el actual modelo político venezolano. Algunos hablan de fascismo y otros de comunismo, resaltando los rasgos personalistas y autoritarios del régimen. Se ha dicho que estamos en presencia de un “totalitarismo light”, queriéndose con ello distinguir el experimento chavista de un caso de totalitarismo avanzado como el cubano, pero sin perder de vista que el régimen busca controlar cada vez más los diversos sectores, instituciones e instancias de la existencia individual y colectiva de los venezolanos.

El afán de control político creciente es un rasgo característico del modelo chavista, y a efectos de aumentar ese control el mito del Socialismo del siglo XXI es herramienta útil. Para empezar el socialismo implica mayor control estadal de la vida económica y social. Por otro lado el mito se potencia en manos de un político con la voluntad de poder del Presidente venezolano, ya que todo lo que el Jefe de Estado y conductor del proceso presente como “socialista” será por definición incorporado al mito, y por ello empleado para establecer los límites de lo aceptable y lo verdadero. Expuesto de otro modo, el Socialismo del siglo XXI será lo que en cada momento y circunstancia Hugo Chávez afirme que es. Puede ser una cosa un día y otra al día siguiente, pero lo importante es que cumpla su función mítica en términos de movilización social y justificación ideológica.

Con el Socialismo del siglo XXI se añade un ingrediente clave al régimen en aras de su probable perdurabilidad: un mito de resonancia internacional, que se inserta en el marco del predomino mundial de la cultura política de izquierda, caldo de cultivo en el que se cuece la resurrección permanente de la utopía socialista, a pesar de los reiterados fracasos de un proyecto socioeconómico que destruye los incentivos productivos de los individuos y condena a las sociedades a la opresión y la pobreza.

El modelo venezolano puede entonces caracterizarce de manera conceptualmente rigurosa como una autocracia, es decir, como el gobierno de un individuo que concentra el poder efectivo y lo ejerce de manera arbitraria, bajo la cobertura formal de una Constitución y leyes que sin embargo el autócrata puede moldear y desobedecer a sus anchas. La base sociológica del régimen es el cesarismo democrático, es decir, el apoyo de masas a un caudillo mesiánico. La legitimación inicial de esta autocracia a través del “bolivarianismo” resultó insuficiente, debido a la naturaleza geográfica e ideológicamente limitada del término. Mas el Socialismo del siglo XXI proporciona un mito político de mayor alcance e impacto, que convoca en su ayuda el peso de las quimeras de la izquierda global.

Por todo ello cabe aseverar con temple objetivo que el Socialismo del siglo XXI, pese a su evidente miseria teórica, constituye un significativo y potente mito político que no podrá ser desmontado con meros argumentos racionales, sino que sólo se derrumbará en la medida que el experimento autocrático chavista degenere lo suficiente para producir un aprendizaje crítico en las masas populares venezolanas, masas que deberán sufrir en carne propia el naufragio del “proyecto” antes de abandonarle.