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Stalin entre nosotros

21/03/10

“Stalin es la más grande mediocridad del partido”
Trotsky

Por: Víctor Maldonado

Hay épocas marcadas por la perplejidad y el sinsentido. Marguerite Yourcernar, tomando prestada una frase de Flaubert las describía como períodos de ausencia y desconexión con lo trascendente: “Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento en que el hombre estuvo solo”.

También Cristo tuvo su momento. Entre Getsemaní y el Gólgota su única verdad fue el abandono a las fuerzas demoledoras del destino. Su grito desesperado exigiendo una respuesta solo provocó la risa burlona de los que velaban el momento de su muerte, y el dolor de dos o tres que al pie de la cruz padecían de desesperanza. El acto concluía.

La contradicción es el signo de nuestros tiempos. Y la inconsistencia permanente entre la crítica y la práctica. Un país escindido entre dos versiones antagónicas de la realidad intercambia demandas que no está dispuesto a cumplir en sus propias orillas. El autoritarismo es a la vez una crítica y una práctica cotidiana. Es al mismo tiempo una aversión y un apetito, pero siempre distante del ejercicio de un pluralismo que en honor de la verdad tiene muy poco que ver con nuestra historia republicana.

Nuestra relación con el tirano siempre es acomodaticia. No es cierto que nos preocupe la mano férrea que administra crueldad, a la luz de consideraciones éticas de carácter universal. Lo nuestro es puro cinismo. Dejamos de apoyar la tiranía cuando en nuestro balance personal comenzamos a presentir las pérdidas. Tampoco nos indigna que los atajos se conviertan en el camino principal. Al fin y al cabo, nunca hemos perdido el tiempo en preguntarnos si todos los medios son válidos a la hora de intentar alcanzar los objetivos. Mucho menos nos inquieta que algunos de esos medios espurios marquen con el signo del fracaso cualquier intento de desentendernos de una realidad incómoda. Simplemente estamos atrapados en una espesa bruma de mediocridad, conformismo, manipulación y superstición que acaba con cualquier iniciativa y nos condena al fracaso. En cualquiera de las orillas de este país bifurcado el único delito insoportable es disentir del poder que se ejerce con la pretensión de ser inapelable.

De nuevo Trotsky aclara: “lo que importa no es Stalin, sino las fuerzas que él inconscientemente representa”. Siempre será así. Tenemos lo que socialmente producimos. Esta es una sociedad malandra, que irrespeta las normas cotidianamente, con una moralidad que se particulariza en cada caso, que produce líderes autoritarios y celebra los linchamientos. Una sociedad de lotería, parrandas y cachos, que elogia el dinero sin importar su origen. Que pide orden para salvaguardar el propio despelote y que trafica con el poder a través del compadrazgo, el amiguismo y las lealtades personales. Una sociedad con estas características necesita practicar el autoritarismo y las relaciones mafiosas. No es por tanto proclive a la democracia, el debate y el respeto por la disidencia y el pluralismo. Pero practica la apariencia con un cinismo monumental, y por eso se hunde en un vacío abismal que no permite enlaces entre lo que se dice y lo que realmente se hace.

Esa es la esencia de la soledad y de la intrascendencia que se parece tanto a la queja que en su momento formuló Flaubert. Estamos solos ante nuestros vicios que engalanamos hasta colocarlos en el sitial que deberían ocupar nuestros dioses. Hace mucho tiempo dejamos de preocuparnos por las consecuencias que en la realidad debería tener el discurso, transformando nuestra vida cotidiana en un chiquero de contradicciones en el que nada vale la pena. Esa es la esencia de nuestro infierno. También el no reconocer hasta que es demasiado tarde, que todos somos víctimas del monstruo que con tanto afán contribuimos a crear. Nuestro castigo es el mismo al que fue condenado Prometeo por los dioses olímpicos, aunque haya tanta diferencia en las causas. El se atrevió al desafío de la libertad, en tanto que nosotros somos a la vez víctimas y verdugos, el candado y la llave para abrirlo. Padecemos constantemente el vértigo de saber que podríamos liberarnos si quisiéramos, pero caemos abatidos entre el látigo y la espalda que recibe sus rigores sin poder resistirnos a seguir en este caos de intereses y sectarismos en el que invertimos buena parte de nuestras vidas. No hay nada que hacer, somos Stalin.

victormaldonadoc@gmail.com

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