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Tarjeta de “abastecimiento”: ¿cómo llegamos aquí? Gerardo Núñez

Para empezar, vale la pena citar un breve extracto de “Crítica del Intervencionismo” de Ludwig von Mises en el cual queda plasmada la esencia de lo que vivimos hoy en Venezuela utilizando un como ejemplo la producción de leche.

“Si la regulación de los precios se aplicara realmente, se bloquearían tanto la producción de leche como su distribución a las ciudades. Habría, no más, sino menos leche en circulación, e incluso vendría a faltar completamente. Si, a pesar de todo, lo consumidores pueden seguir teniendo leche, es porque las prescripciones no se cumplen. Si se quiere mantener la impropia y absurda contraposición entre interés público e interés privado, habría que decir que quienes comercializan la leche, burlando la ley, son quienes verdaderamente fomentan el interés público, mientras que el burócrata, que quiere imponer precios oficiales, lo perjudica.” (Mises, 2001, Pag.58)

Al pensar en una economía como la venezolana, la cual tiene como principal característica su carácter de petrolera, la idea de una tarjeta de abastecimiento, tipo libreta de racionamiento cubana, parecía una posibilidad lejana. Sucede sin embargo, que esa lejanía se acortó hasta el punto de que hoy, los mercados del gobierno, Mercal y PDVAL deben restringir las cantidades que ofrecen, porque ya no sólo se trata de precios justos, sino también de cantidades justas.

Se puede decir que este recorrido inició en 2003, año donde nace la Comisión de Administración de Divisas (CADIVI) y el gobierno, fortalecido por el retorno de Hugo Chávez a la silla presidencial luego del paro petrolero, emprende una ofensiva contra el empresariado venezolano. En esa ofensiva, hubo episodios devastadores para el sector productivo del país, como las sistemáticas expropiaciones (de empresas y otros bienes), las cuales llegaban a 2.150 entre (2005-2012) y la cada vez más fuerte regulación a las importaciones, las cuales actualmente se deciden en gran parte por el Sistema Complementario de Administración de Divisas (SICAD).

Como resultado de las políticas cambiarias y la disminución de la producción, y la productividad de PDVSA, las entradas de divisas se fueron cerrando cada vez más, hasta el punto en que el Estado no tuvo divisas para entregar a los importadores, fueran o no “bien portados”. La condición de “portarse bien” para obtener divisas quedó expresa en 2003 cuando Hugo Chávez dijo que CADIVI se establecería como un control político, y no como una medida económica. Además, CADIVI permitió al Estado venezolano financiar sus propósitos electorales y de compra de voluntades internacionales, con proyectos como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y los convenios de Petrocaribe. Como tal, CADIVI nunca fue una medida económica enfocada en restaurar, o al menos proteger, el nivel de las reservas internacionales, principal causa esbozada para controles de cambio, la prueba de esto se encuentra en la relación que guardan el nivel de Reservas Internacionales (RI) y los precios del petróleo. Entre el año 2003 y el 2014, la cesta OPEP pasó de costar 28,10$ el barril a 104,98$ según cifras de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), y tuvo su pico máximo en 2012 con 109,45$, aunque según especialistas del área llegó a más de 150$ en 2009. Por otro lado, las reservas internacionales pasaron de 21.332 millones de dólares en noviembre de 2003 a 21.639 millones de dolares en enero 2014 según cifras del Banco Central de Venezuela (BCV).

Como resultado, en el 2013, la situación se volvió insostenible, la inflación se desbordó con un 56,2% al final del año a causa de los problemas relacionados a la emisión de dinero inorgánico y la perversión del tipo de cambio fijo que no refleja el valor real del bolívar. Por su lado, el aparato productivo no podía hacerle frente a la enorme demanda excedentaria que reclamaba por productos, que en cuestión de dos meses podían aumentar hasta el 50% en algunos productos. Los aumentos los sufrieron con mayor fuerza los productos electrónicos y las viviendas, donde la respuesta del Estado fue fiscalizar y se acuño popularmente el término “precio justo” que no fue más que una reducción forzosa de precios, a veces por debajo de su valor de compra.

Una vez más, y por fines políticos electorales, se produce el Dakazo, momento que inicia cuando el presidente Nicolás Maduro, llama por cadena nacional a “vaciar los anaqueles”, teniendo como consecuencia el saqueo de la tienda Daka en Valencia. Ya con el Dakazo, y las fiscalizaciones, formas de bajar los precios por medio de la coerción, los distribuidores o comerciantes nacionales no tuvieron incentivos para reponer inventarios, o seguir invirtiendo en el país.

Al final de 2013, principios de 2014, lo que tiene Venezuela es una situación donde no existe producción nacional, no existe reposición de inventarios, muchos comerciantes cierran sus negocios y se vive con una escasez que alcanzó el 28% en Enero, según los cálculos del BCV. La respuesta social a esto han sido protestas fuertes y sostenidas, ya que la motivación de dichas protestas no es un asunto coyuntural, sino que se trata de problemas del día a día, hacer colas para comprar productos, no conseguir ni alimentos, ni medicinas, la creciente sensación de que empeorará en el futuro, todo esto en un marco donde impera la inseguridad y la impunidad.

A pesar de que las exigencias se fundamentan esencialmente en la desesperación que produce la escasez, o falta de productos básicos, especialmente los alimentos, el Estado ha decidido responder con una “tarjeta de abastecimiento” mejor dicho tarjeta de racionamiento de bienes y servicios. Sin embargo, esta tarjeta no es bien vista en los sectores populares, como tampoco en la clase media, ya que se trata de restringirle el consumo a una sociedad que ha estado acostumbrada a recibir lo que necesita en las cantidades que quiera.

Esta misma tarjeta transmite a su vez un mensaje claro, no hay alimentos suficientes y ahora hay que cerrar el flujo de productos que antes podía dar mediante sus mecanismos de distribución, PDVAL y Mercal. También confirma una tesis fundamental de la economía, el Estado no está para ser empresario y sin empresarios no se genera riqueza ni bienestar.

En estos momentos retumban las palabras de Jorge Roig cuando dijo “Presidente, estamos muy mal, el país está muy mal”, casi como una advertencia reveladora y un llamado a la reflexión. Sin embargo, y a pesar de los intentos de otros empresarios, como Lorenzo Mendoza, para empezar a trabajar sobre unas condiciones mínimas, la respuesta del Estado se ha mantenido en lo político electoral, aunque no haya elecciones cerca.

Se ve como abundan por televisión las convocatorias al Palacio de Miraflores para eventos por la Paz, mientras se hacen demostraciones de fuerza militar en desfiles donde se amenaza a la “derecha”, a los “fascistas” y los “chukys”. Se ve como Diosdado estrena un nuevo show de televisión llamado “Con el mazo dando”, mientras Maduro habla de bandas armadas como “Colectivos de paz”. En fin, se ve mucho circo y poco pan en la cotidianidad venezolana y por primera vez en 15 años, el venezolano está cansado, movido por la impotencia a buscar salir adelante, y viendo como responsable a este nuevo gobierno que ha decidido imponer reglas para todo lo que no debe normarse, como lo son los precios y la tasa de cambio.

Mientras se siga viendo el circo y no las soluciones para los problemas, cada medida que no resuelva la escasez de alimentos y medicinas logrará enardecer más a la población. No importa si se llama tarjeta de abastecimiento o vuelven a decretar la navidad antes de diciembre, el venezolano siente el hambre, siente que está muriendo a falta de medicinas, siente como sus seres queridos sufren lo mismo y siente que el Estado es responsable de arreglar esta situación. Quedará de parte de los ciudadanos seguir de cerca este proceso y presionar para que las soluciones se den de forma que todos podamos vivir en una sociedad prospera y libre como la que deseamos los venezolanos.

GERARDO NUÑEZ | CEDICE JOVEN
@GerardoNunezS

También, le invitamos a leer El sistema biométrico, un nuevo control”Veneconomía Mensual (pág 8), donde Gerardo Nuñez realiza un análisis acerca de este tema.