El liberalismo libertario está de moda. La inesperada llegada del economista Javier Milei a la presidencia de Argentina, y su discurso en contra del estado con su creciente intervencionismo y a favor de la Libertad, así con mayúsculas, ha puesto en primera plana una acepción de esa palabra que quizá choca con el entendimiento que muchos tienen del término.

Dentro del liberalismo libertario, Milei reivindica con frecuencia en su discurso el ideario de notables defensores de la Escuela Austríaca de Economía, entre ellos y notoriamente a Friedrich A. von Hayek; éste es uno de los principales exponentes de la Escuela Austríaca de Economía, a quien a modo de carta de presentación podemos identificar como el discípulo de Ludwig von Mises, y quien, pese a su célebre antagonismo con John Maynard Keynes por el intervencionismo del estado en la economía[1], obtuvo el premio Nobel de Economía, en el año 1974. A este titán de la economía y a una de sus obras fundamentales dedico hoy estas notas.

Lamentablemente, en la batalla ideológica, aunque sea penoso admitirlo, el vencedor inicial fue Keynes, pues como hemos dicho, su teoría sirvió de fundamento a la intervención intensa del estado en la economía. Por eso notarán al comienzo de esta líneas un dejo de cierta sorpresa, ante el hecho de que, precisamente, sea un político -Milei, tan singular en sus formas y discursos-, el que haya logrado un cierto cambio de paradigma, que hace que muchos estén revisando, probablemente de manera apresurada y poco rigurosa, algunas versiones rápidas de estas corrientes del pensamiento económico y filosófico. ¿Quién lo hubiera dicho? Justo la Escuela Austríaca que nunca ha sido parte del mainstream.

Admitida aquella derrota inicial en la batalla ideológica, pero con la certeza de que la guerra continua y de que la vigilancia que nos exige la libertad a sus aliados es permanente, lo que quiero compartir hoy es, lo que considero una noción central del libro de Hayek, Camino de Servidumbre (The Road to Serfdom) en su ochenta aniversario. Creo no exagerar si afirmo que esta obra representa uno de los mejores alegatos a favor de la libertad de todo el siglo XX.

Es que la obra que comentamos no es simplemente un libro de economía, -y Hayek no era solo un economista-[2]. En su cáustica dedicatoria a “a los socialistas de todos los partidos”, el austríaco nos advertía sobre ese control socavado, sutil, pero incansable que nos lleva a la servidumbre. A la paulatina privación de nuestros derechos y libertades que se deriva de las diversas formas de colectivismo. Eso es lo que lleva a que, a ocho décadas de su publicación, y pese a diversas críticas y revisiones[3] el libro tenga una actualidad que estremece. Entiendo que es unos de sus esfuerzos pioneros para ir dando forma a eso que el mismo llamó los principios básicos de la filosofía de la libertad.

La batalla ha de ser inagotable si consideramos la preeminencia que hoy ha alcanzado lo público, lo colectivo. Y ello ha derivado en un descrédito o cuando menos una erosión importante de lo que significa el ideal político detrás de la noción de Estado de Derecho, al cual también aludía Hayek[4] hace casi setenta años. La convicción de que estas ideas habían ido vaciándose de contenido gradualmente fue lo que le impulsó, desde Camino de Servidumbre y después, a la ambiciosa tarea de proponer una visión mucho más amplia que excede los cánones de su ciencia de base: como ya mencionamos, la filosofía de la libertad.

Es la idea central de Camino de Servidumbre: lograr que esos principios básicos liberales puedan establecerse con precisión[5]. Y esto se hace especialmente urgente cuando varias palabras fundamentales del ideario se han pervertido, incluso se usan con el sentido contrario al original.

En suma, esa idea central es la que nos sigue alentando porque sigue muy vigente: los liberales de todo cuño hemos ido perdiendo, junto con el significado real de nuestras principales palabras[6], mucho de lo que significa la tradición liberal. Ello ante el avasallante empuje “del socialismo o el intervencionismo de todos los partidos, el verdadero pensamiento único de nuestro tiempo, que a izquierdas y derechas predica la conveniencia, necesidad o urgencia de subordinar la libertad individual, la propiedad privada y los contratos voluntarios a consideraciones plausibles de carácter colectivo”, como nos advierte el profesor Carlos Rodríguez Braun en el prólogo a la edición española de la obra que comentamos.

Es que como reza el castizo refrán: el infierno está empedrado de buenas intenciones; por lo que, con la pretensión de atajar los presuntos excesos del mercado, favorecer a la igualdad de oportunidades, impedir desigualdades económicas que lleven a estallidos sociales y garantizar seguridad en el empleo o en las remuneraciones, se ha justificado en muchos países, un intervencionismo cada vez más exhaustivo que ha ido mermando la libertad, hasta (casi) abolirla.

Hoy recordamos la obra de Hayek, y homenajeamos su memoria sumándonos a la difusión de sus ideas, pues su empeño multidisciplinario en precisar y reiterar los principios básicos de la libertad sigue tan vigente como siempre.

Para cerrar estas notas voy a valerme de una cita, no de Hayek, sino del nobel peruano Mario Vargas Llosa en su biografía intelectual, comentando el libro del ilustre austríaco cuyo aniversario celebramos, porque no me creo capaz de expresar de mejor forma una explicación racional de la tendencia colectivista e intervencionista que considero el centro de la denuncia de la obra comentada:

Según Hayek, el intervencionismo estatal tiene una dinámica propia, que, puesta en marcha, no puede detenerse ni retroceder y obliga al planificador a incrementar su intrusión en los libres intercambios hasta acabar con ellos y reemplazarlos por un sistema en el que el Estado termina fijando los precios de los productos, comercializándolos, y hasta determinando el número de trabajadores con que debe contar cada industria. De este modo la libertad se va eclipsando poco a poco hasta desaparecer en el campo económico. Su desaparición, concluye Hayek, es el principio del fin de todas las otras libertades, el camino fatídico al autoritarismo[7]. (Destacado agregado)

Para Hayek, ese Camino de Servidumbre lo recorren, quizá inadvertidamente, muchos de los que buscan justicia social; ese intervencionismo estatal, con su dinámica propia van desmantelando el mercado y así logran la destrucción de toda libertad económica y personal[8].


                                                          

[1] Mucho se ha escrito y comentado esta polémica, pero a efectos de estas notas sírvanos comentar que las teorías de Keynes han servido de justificación económica a la intervención del Estado. Por ello, posturas tan diferentes como el Estado de Bienestar, o incluso regímenes totalitarios o colectivistas se han valido de ellas para dar soporte a su gestión en esa área. Tuvo que esperar Hayek hasta la década de los setenta, cuando se empezó a percibir el fracaso de las ideas de Keynes, para que sus planteamientos tuvieran verdadera resonancia hasta el punto de obtener el Nobel que aquí reseñamos.

[2] “Ahora bien, aun cuando continuo pensando que principalmente soy economista, he llegado a la conclusión, para mí cada vez más evidente, de que la respuesta a muchos de los acuciantes problemas sociales de nuestro tiempo tienen su base de sustentación en principios que caen fuera del campo de la técnica económica o de cualquier otra disciplina aislada. Aun partiendo de mi preocupación original por los problemas de la política económica, he derivado lentamente a la tarea ambiciosa y quizá presuntuosa, de abordarlos estableciendo con la mayor amplitud los principios básicos de la filosofía de la libertad”. Friedrich A. Hayek. Los Fundamentos de la Libertad. Unión Editorial, Universidad Francisco Marroquín, Fundación Friedrich A. Hayek. Octava edición, Clásicos de la Libertad, 2008, pp. 21-22.

[3] Aunque Hayek admite cierto intervencionismo para la redistribución, este criterio fue matizado, tanto en posteriores ediciones de la obra comentada (por ejemplo, en el prólogo de la del año 1976) como en obras posteriores, con su crítica al espejismo que representa la justicia social, en la segunda parte de Derecho, Legislación y Libertad.

[4] El ideal político del estado de derecho, es el nombre que se les dio a una serie de conferencias dictadas por Friedrich A. Hayek en El Cairo, concretamente en el Banco Nacional de Egipto en 1955, (publicado, entre otros por la Universidad Francisco Marroquín), y que retratan a Hayek no sólo como el economista laureado que fue, sino con preocupaciones que alcanzaban mucho más allá de la ciencia económica. Esas conferencias son la base originaria del clásico libro conocido en español como “Fundamentos de la Libertad” (The Constitution of Liberty), que alguien ha definido como “el sucesor en el siglo XX del ensayo de John Stuart Mill On Liberty”, y que fue finalmente traducido a nuestra lengua.

[5] Se afirma que la tesis fundamental se basa en identificar tanto al socialismo como al totalitarismo como formas de colectivismo, que es lo que Hayek considera un modelo de organización del todo incompatible con la libertad humana.

[6] Para soportar esta afirmación, el mismo Hayek en otra de sus obras nos recuerda que “Para que las viejas verdades mantengan su impronta en la mente humana deben reintroducirse en el lenguaje y conceptos de las nuevas generaciones. Las que en un tiempo fueron expresiones de máxima eficacia con el uso se gastan gradualmente, de tal forma que cesan de arrastrar un significado definido. Las ideas fundamentales pueden tener el valor de siempre, pero las palabras, incluso cuando se refieren a problemas que coexisten con nosotros, ya no traen consigo la misma convicción”. Friedrich A. Hayek. Los Fundamentos de…ob. cit. p. 19.

[7] Mario Vargas Llosa. La llamada de la tribu. 3a. edición, Buenos Aires, Alfaguara, 2018, pp. 127-128.

[8] Esta cita de Camino de Servidumbre, creemos que es un buen cierre para las presentes notas: “En el pasado, ha sido la sumisión a las fuerzas impersonales del mercado lo que ha hecho posible el desarrollo de la civilización. Es esta sumisión lo que nos permite a todos construir algo que es mayor que lo que cada uno de nosotros pudiera construir. Se equivocan terriblemente los que creen que podemos ayudar a dominar las fuerzas de la sociedad de la misma forma que hemos aprendido a dominar las fuerzas de la naturaleza. Esto no sólo es el camino hacia el totalitarismo sino también el camino hacia la destrucción de nuestra civilización y, ciertamente, la mejor manera de bloquear el progreso”.

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