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Tu gobierno está feliz. Domingo Fontiveros

Y si no estás de acuerdo con tu gobierno feliz, anda a llorar pa’l valle. “Dime tú… “

Un foco de debate en la Declaración de Independencia americana, hace casi 240 años, giró en torno al tema de la felicidad. Para unos, el gobierno debía garantizar la felicidad del pueblo, para otros, con Jefferson a la cabeza, se trataba de garantizar la búsqueda libre de la felicidad por cada quien. No era una cuestión de formas o estilo.

Si la nueva sociedad iba a ser de personas libres, sería contradictorio que el gobierno pudiera imponer un patrón de felicidad para todos.

En EEUU se adoptó la fórmula de Jefferson. En Venezuela, 42 años después, el Libertador se inclinó por la de definir al mejor gobierno como el que garantizara la mayor suma de felicidad posible. Para Bolívar, el individualismo no había permeado lo suficiente en estas tierras por lo que era necesario recurrir a gobiernos paternales que educaran y orientaran al pueblo.

Sin entrar en mayores disquisiciones sobre este controversial tema, lo importante a resaltar es que el camino hacia la felicidad quedó establecido como derecho ciudadano, en esa época de revoluciones libertarias, como componente en el rango de lo constitucional, que fue una innovación sin precedentes.

Hasta entonces, puede decirse en forma simplificada, que lo pertinente y relevante había sido la felicidad de los gobernantes, fueran reyes, caudillos, marqueses o emperadores. Más allá de teorías políticas, la “polis” en la práctica necesitaba que el “reino” fuera feliz. A ello se debía el pueblo, el colectivo, la masa. Existiendo la creencia tejida en mitos y leyendas con los que se arropaba casi todo, que si el rey era feliz, el pueblo, por ósmosis, también lo sería.

Las democracias invirtieron la ecuación, colocando a la felicidad ciudadana por encima. Con este mensaje se han desarrollado durante más de 2 siglos, aunque en el camino irrumpieran comunismos y fascismos cargados de atavismo cultural e inmadurez política. Estas irrupciones han sido violentas y en su dirigencia siempre ha estado presente un fuerte complejo antidemocrático.

Venezuela adquirió en una época pasada el estatuto de sociedad razonablemente feliz. Más por las oportunidades que abrió para la búsqueda de la felicidad por parte de las mayorías y sus numerosas expresiones, que por haber ascendido en lo simplemente material. Las cosas, sin embargo, se revirtieron hace unas décadas y se ha entrado en los últimos años en estado de degradación, hasta convertirse como país en mal ejemplo a seguir en lo político, económico y moral.

El más protuberante síntoma de ello está enfrente. El régimen se muestra feliz a cada rato por todos los medios de comunicación. Sigue en el poder, mandando como un dinamo y acosando a adversarios a mansalva. Y para que la gente se identifique con la felicidad del gobierno, como hacen las monocracias de todos los tiempos, el régimen rocía los prados electorales con las mismas promesas y amenazas de siempre.

El gobierno quiere continuar mandando y ganar elecciones para mantenerse en su mar de felicidad. Por ello intenta revertir la ecuación democrática haciendo creer que la felicidad de la gente reside en tener un gobierno feliz. Como los dioses, los reyes y los tiranos.

Y si no estás de acuerdo con tu gobierno feliz, anda a llorar pa’l valle. “Dime tú… “.

DOMINGO FONTIVEROS ― EL UNIVERSAL
dfontiveros@cantv.net