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Un hombre justo

Domingo 22 de Noviembre de 2009

Siete Días

Opiniones

En la Kunsthaus de Zúrich, uno de los principales museos de Europa, se acaba de rendir un homenaje a Ernst Keller, alguien que se hubiera sentido muy incómodo y fuera de lugar oyendo tantos elogios de su persona y en medio de semejante despliegue social y relumbrón. Era en eso muy suizo: discreto, tímido, frugal y como empeñado en alcanzar siempre el ideal de la invisibilidad. Pero fue toda su vida un trabajador incansable y una rara avis en el mundo de hombres de negocios y empresarios en el que gran parte de su vida transcurrió. No al principio, pues nació en una familia humilde y obrera, origen del que estaba orgulloso.

Por: MARIO VARGAS LLOSA

Se labró un porvenir muy pronto, gracias a su talento y a su esfuerzo, y desde muy joven adquirió la convicción que guiaría siempre su trabajo: que la razón de ser de un empresario era no sólo tener éxito sino sentar un ejemplo y obrar de tal manera que el conjunto de la sociedad, y en especial los menos favorecidos, se beneficiaran con sus logros. Creía con obstinación que el progreso de las naciones no era ni podía ser obra de los gobiernos sino de la sociedad civil, alentada y guiada por la iniciativa privada.

Eso quiso ser “Adela, Compañía de Inversiones”, la obra a la que dedicó buena parte de su vida y que lo llevó a conocer América Latina de cabo a rabo y a hacer, él solo, por el progreso y modernización del nuevo continente más que muchos gobiernos y centenares de políticos latinoamericanos.

Su idea era muy simple: convencer a las grandes corporaciones de Europa y Estados Unidos para que, asociadas con empresarios e inversionistas de América Latina, sembraran el territorio comprendido entre el Río Grande y la Tierra del Fuego de compañías que crearan decenas de miles de puestos de trabajo y desarrollaran los recursos naturales y humanos de las veinte repúblicas, de modo que América Latina dejara atrás el subdesarrollo y se convirtiera en un mundo libre y próspero. Los tiempos en que trató de materializar su proyecto a favor de la libre empresa y la iniciativa de emprendedores privados no podían ser peores: los años cincuenta y sesenta fueron los del lento suicidio económico y político de los países latinoamericanos, entre dictaduras y seudo democracias populistas empeñadas unas y otras en levantar barreras para defenderse del capital invasor, en hacer crecer los Estados mediante el intervencionismo y las nacionalizaciones (es decir, multiplicando la ineficiencia y la corrupción) y trabando y acosando sin tregua al sector privado de la economía que, por esta razón, a menudo, permanecería raquítico y anquilosado.

Pese a ello, lo que Ernst Keller consiguió, en los veinte años que estuvo en América Latina, teniendo a Lima como centro de operaciones pero viajando incansablemente por todos los rincones del continente, fue inmenso. Recuerdo una noche en Sigriswil, en su casa atiborrada de recuerdos en lo alto de una montaña rodeada de bosques y de lagos, haberle oído contar sus desmelenamientos con algunos de los monstruos de la época (los Somoza, los Trujillo, los Pérez Jiménez, los Stroessner) y los gobiernos civiles, para obtener los permisos necesarios para la apertura de fábricas, denunciar los tráficos y chantajes de los burócratas y los politicastros podridos, y sus gestiones incansables con parlamentarios, ministros, directores, militares, con el fin de persuadirlos de que los inversionistas no eran los enemigos sino las herramientas indispensables para que una sociedad pobre saliera de la pobreza. A pesar de la atmósfera deletérea, intoxicada de trabas, de la América Latina de hace cuarenta años, gracias a “Adela” y Ernst Keller cientos de empresas se crearon a lo largo del continente, sin las cuales los países latinoamericanos serían hoy más pobres y con más desocupados de los que tienen.

Cuando Ernst y Lisa, su mujer, regresaron a su tierra natal, se trajeron a Suiza la América Latina con la que habían llegado a transubstanciarse. No sólo su casa estuvo siempre abierta a los amigos que venían de allá: también sus consejos, contactos y relaciones con el mundo de los negocios y las finanzas en el que Keller había alcanzado merecido prestigio. Yo lo conocí a fines de los años ochenta, en un período en el que las circunstancias me habían empujado a vivir una aventura política. Nunca olvidaré la manera tan generosa y desinteresada como trabajó conmigo, ayudándome a convencer a potenciales inversionistas europeos que el Perú ­en ruinas en aquel momento por obra del desenfrenado populismo- no estaba perdido para siempre, que podía levantarse y convertirse en un país atractivo y promisorio para los empresarios con visión de futuro.

Tenía un patrimonio importante, pero vivía con modestia. Su único lujo era la música.

Gozaba con los clásicos y alguna vez lo vi, en Salzburgo, con los ojos húmedos de la emoción, escuchando a Beethoven, sobre todo si lo interpretaba la Filarmónica de Berlín bajo la batuta de Claudio Abbado, el maestro al que más admiraba.

Era recio como un buey: a los ochenta años jugaba tenis, trepaba cerros alegremente y se deslizaba por las pistas de nieve como un diestro esquiador.

Cuando Lisa, la compañera de toda la vida, murió, algo se quebró en él. Guardaba las formas, pero ya nunca más fue el mismo, una secreta chispa vital se había apagado en su espíritu. Dedicó entonces todas sus energías y su tiempo a crear la Fundación Educación, a la que legaría sus bienes. Gracias a ella, en los dieciséis años que lleva de existencia, varios cientos de jóvenes peruanos, colombianos, hondureños, guatemaltecos y salvadoreños procedentes de familias sin recursos recibirían becas y préstamos mediante los cuales podrían estudiar en las universidades más prestigiosas y alcanzar una formación del más alto nivel. De manera que, más allá de la tumba, Ernst Keller ha seguido todos estos años y seguirá en el futuro trabajando porque esa América Latina que tanto quiso sea alguna vez una tierra de libertad, justicia y prosperidad.

Ya lo sería, si hubiera en su seno y en el mundo muchas gentes como él. Transpiraba honestidad y lo único que solía sublevarlo y hacerle levantar la voz eran los casos de pillería y de tráficos que se encontraba a veces en los periódicos, sobre todo si los protagonistas del desfalco, estafa o fraude eran empresarios de renombre, gente que, gracias a los negocios, había alcanzado fortuna y notoriedad. Se sentía decepcionado y traicionado en una profesión que, para él, era la más noble y creativa, la locomotora de la civilización.

A muchos parecerá, tal vez, quimérica una personalidad como la que reseño en el siglo de los grandes tiburones del capitalismo, como el señor Madoff y los banqueros que se autogratificaban con cientos de millones de dólares mientras sus bancos (y los desventurados ahorristas que confiaron en ellos) se iban a la quiebra. Y, sin embargo, la verdad es que la grandeza material de las naciones, como creía Ernst Keller, no hubiera sido posible sin hombres y mujeres de su temple, decencia y laboriosidad. Gente anónima, que no llega a las columnas frívolas ni a las páginas rojas de los periódicos, que se pasa la vida trabajando, empeñada en averiguar las maneras más eficaces y económicas de satisfacer las necesidades de los demás y, de este modo, competir con éxito en esos mercados que regulan la vida e impiden que se vuelva un aquelarre en los países libres. Gente que respeta la ley, porque respetarla es menos oneroso que transgredirla o porque vive una fe y unos principios que los obliga a ello, y que se siente mejor, más segura y serena obrando honestamente que delinquiendo. Son la inmensa mayoría y, sin embargo, los representantes del sistema que ellos hacen funcionar y mejoran cada día, son casi siempre, por desgracia, no ellos sino las excrecencias frívolas y sus grotescos dispendios, o los delincuentes de guante blanco y alma sucia que hacen las delicias de los espectáculos informativos cotidianos.

La democracia trajo la paz social, la convivencia entre personas que pensaban distinto y rezaban a dioses diferentes, disminuyó la violencia en las relaciones humanas e hizo posible que surgieran instituciones, como los derechos humanos, la legalidad y la libertad. Pero la democracia no trae prosperidad y sin ella las bases que la sostienen son muy débiles y por eso, como lo saben los países subdesarrollados, corre el riesgo de desplomarse a cada rato. El progreso material que ha llevado a la civilización a los prodigios tecnológicos y científicos de nuestros días y a los altísimos niveles de vida de que gozan los países industriales avanzados, fue obra del sistema que, encarnado en emprendedores como Ernst Keller, nos sacó de la vida ferina y nos ha hecho llegar a las estrellas. Conviene no olvidarlo ahora que, como consecuencia de la crisis, se elevan voces truculentas pidiendo acabar con él.

© El País

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