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Un puente hacia el futuro. Víctor Maldonado

De acuerdo con el psicoterapeuta y filósofo liberal Nathaniel Branden el criterio esencial que nos permite afirmar la salud mental de las personas es su capacidad de sobrevivencia con bienestar.

Para los seguidores de Ayn Rand, entre los que se encontró por muchos años el autor que estamos refiriendo, “una mente será sana mientras su método de funcionamiento sea tal que proporcione al hombre el control sobre la realidad que el mantenimiento y la protección de su vida requieren”. No hay mente sana sin plan de vida y sin el reconocimiento de que somos nosotros los únicos capaces de rubricar el signo de nuestro propio destino.

La autoestima es un atributo de los que así piensan y actúan en consecuencia. No hay autoestima allí donde no se confía en la razón. Eso de esperar que sean nuestras circunstancias las que impongan el ritmo y las condiciones que nos toca vivir termina siendo una trampa capaz de arrebatarnos la voluntad. Horóscopos y otros augures no son otra cosa que bastones sobre los que se apoyan las personalidades vacilantes.

Ayn Rand llamaba “misticismos” a todas estas doctrinas que contravienen la realidad para proponer cualquier tipo de promesa incumplible o por lo menos no verificable. No es casual que los “misticismos” se apareen perfectamente con el “credo del autosacrificio”, esa versión que insiste en sufrir aquí para recibir compensaciones en el más allá. Pues bien, sin control eficaz de la realidad y entregados a la vida de otros a quienes se les ofrenda la propia existencia, no hay ningún espacio para una mente sana y la autoestima. Los que equiparan sus sentimientos con el conocimiento siempre serán los escamoteadores de sus propios defectos. Con ellos trabajar es un suplicio. Nunca son, nunca están, nunca van a asumir responsabilidad alguna por lo malo, y por supuesto, siempre van a esperar que la lástima que provocan les conceda el elogio gratuito y la recompensa divorciada del buen desempeño.

Para no terminar perdidos en el laberinto de nuestras propias vacilaciones no queda ninguna otra opción que aprender a relacionarnos con la razón. Branden acota que esto “es un compromiso con el mantenimiento de un enfoque intelectual pleno, la constante expansión de la comprensión y el conocimiento, y la coherencia entre las convicciones y las cosas que se realizan. Nunca se debe falsear la realidad y mucho menos permitirse contradicciones con las funciones correctas de la conciencia: percepción, aprendizaje y control de las acciones”. Lo contrario es bloqueo, evasión y conflicto con el propio yo, que se desencadenan en síntomas como el miedo, la incapacidad para actuar, la depresión y la disociación de la realidad.

Autoestima es confianza en la propia eficacia y en el valor inmanente que se provoca a partir del inventario de realizaciones personales. Es sentirse en capacidad de comprender y de controlar la propia historia, y relatarla con satisfacción. Se consigue cuando el hombre elige libre y conscientemente sus valores, fija sus metas y diseña sus propósitos de largo plazo. La autoestima se funda en tener un plan de vida, luchar por él hasta obtenerlo, y resolver cada dilema a la luz de los valores que con autonomía cada quien ha asumido. El que así lo hace, dice Branden, “está tendiendo un puente hacia el futuro, un puente sobre el cual transitará su vida.” Recordemos que John Galt dijo que la racionalidad es una cuestión de elección. Entonces, elijamos bien.

Víctor Maldonado C

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