Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Una brújula por favor, por Victor Maldonado

Alguna cosa buena debe tener la ingrata experiencia de vivir este socialismo del siglo XXI, la posibilidad de ratificar que es una ideología desvalida de la más mínima posibilidad para tener éxito. Para colmo, también esta incapacitada para reconocerlo. Mientras peor nos va, más propaganda que lo niega. Lo insano es precisamente tener que vivir en disociación constante entre el oprobio y su negación. Entre la mascarada y quienes aplauden ese carnaval de la infamia. Porque eso es lo que nos está ocurriendo vale la pena intentar un decálogo de la sensatez, un guión de lo correcto, un conjunto de aforismos que nos impida el extravío definitivo. Invoquemos a Hayek para el que esfuerzo sea válido.

 

  1. El socialismo solo puede funcionar como remedo de los sistemas medievales, con hambrunas y desbandadas quitándoles el exceso de la población. El resto lo hace la represión y el culto a la personalidad.

 

  1. El socialismo está destinado a fracasar como sistema económico, porque solo los mercados libres, accionados por individuos conduciéndose y negociando en su propio interés, podrían generar la información necesaria para coordinar inteligentemente el comportamiento social. En otras palabras, la libertad es un ingreso de información imprescindible en una economía próspera.

 

  1. Los populismos se asientan en una falacia. Que es posible estimular el consumo -y con el consumo, una ilusión de armonía- mediante el crecimiento del gasto público y su concomitante penalización del ahorro. Comerse el futuro, permitir el festín del gasto irresponsable, más temprano que tarde conduce a los países a crisis imposibles de manejar sin que los sectores más vulnerables y las clases medias no reciban un brutal castigo a sus condiciones de vida.

 

  1. No hay mejor posibilidad para el logro de la prosperidad que una política económica asentada en el quinteto del buen gobierno: ahorro voluntario, inversión privada, límites al gasto del gobierno y equilibrios presupuestarios, competencia de libre mercado y estímulo a la productividad. La ausencia de esta fórmula en la esencia de la economía política lo único que asegura es crisis creciente porque afecta la confianza inversionista y atenúa el espíritu emprendedor.

 

  1. Las economías de la libertad se piensan para el largo plazo. Los desafueros populistas se trajinan en el corto plazo. Los socialismos son falsas soluciones para problemas políticos planteados erróneamente. Tal y como lo dijo Isaiah Berlin, detrás del discurso redentorista de los enemigos de la libertad se esconde una voraz ambición de poder. En la locura desenfrenada que desempeñan para mantenerse en el poder los socialistas corrompen la economía y se aseguran la ruina y el descalabro para sus sociedades. Tarde o temprano el castillo de naipes se derrumba. La peor maldición posible es la interferencia del gobierno en la economía. Las justificaciones siempre suenan muy bien, los resultados siempre son muy malos.

 

  1. Hay que desprenderse de la idea de que las soluciones públicas no tienen costos sociales. Un “estado de bienestar con seguridad social y seguro contra el desempleo” tiene que estar apalancado por ingresos reales y no por la ficción de la impresión de billetes sin respaldo. Las soluciones que se proveen los países tienen que ver con su productividad. El caso venezolano, amparado en la renta petrolera -pretendidamente creciente e infinita- no se sale de la predicción. Un país destruido productivamente, sin empresas privadas, no tiene otra solución posible que renunciar a la alucinación de la renta y ponerse a trabajar. Esto tiene dos exigencias cruciales: el repliegue del intervencionismo y el derrumbe de todas las barreras que obstaculizan el emprendimiento.

 

  1. El mantra de la buena política es estabilidad económica con seguridad jurídica. La forma de instrumentarla es mediante la disciplina fiscal y la abundancia institucional provista por el estado de derecho. No se puede pretender que le vaya bien a una política monetaria subordinada a las expectativas populistas del momento. El caso venezolano, patético por extremo, es una demostración palpable: Un bono inventado cada 15 días. Aumentos seriales del salario mínimo, son manipulaciones indebidas que usa el régimen para tratar de sobrevivir un día más. Eso no tiene ningún sentido si comprendemos que “no hay almuerzo gratis”. Ya sabemos que el desempleo no se resuelve con gasto público. La estructura de la población económicamente activa solo cambia su configuración si y solo si se promueve la inversión privada, el libre mercado y la vigencia irreductible del estado de derecho como garante de las libertades.

 

  1. Los controles de precios son una obsesión perversa que provocan el envilecimiento creciente de la economía hasta hacerla inútil a los efectos de la prosperidad. La ofuscación intervencionista destruye la capacidad del mercado para ser un importante co-ordenador social. Los precios son un instrumento de comunicación y guía, que incorporan información esencial. Al destruir el sistema de precios nos vemos inhabilitados para cualquier cálculo económico. Cada vez que se confunde valor con mérito se plantea una terrible confusión. Los individuos no deberían ser remunerados de acuerdo con algún concepto de justicia. Nadie merece nada que primero no haya trabajado y que por lo tanto no sea el resultado de su capacidad productiva.

 

  1. Es muy fácil distribuir la riqueza ajena.  Los venezolanos tienen una cultura que favorece el intervencionismo carnívoro, la gente aplaude el rol falazmente justiciero del régimen, asumiendo como verdad que los empresarios tienen alguna culpa que redimir, o que hay una porción del pueblo que “merece” una reivindicación.  Los regímenes intervencionistas practican y se lucran del saqueo, hasta que no queda nada que saquear, lo que los coloca siempre en la necesidad criminal de usar indiscriminadamente la represión. Terminado el festín se cae en cuenta que los pobres terminan siendo más pobres y más violentados en sus derechos, y que sus “justicieros” no eran otra cosa que una banda de ladrones corruptos.

 

  1. La violencia y la inseguridad ciudadana generan costos incuantificables a las sociedades que las padecen. Si un gobierno no puede garantizar la vida y la propiedad entonces tiene que ser sustituido por otro cuyo enfoque ideológico y prioridades de políticas comprendan la importancia de destinar recursos a lo esencial, aunque deban sacrificar lo accesorio. El capitalismo de estado, una forma muy decente de designar malos arreglos entre compinches, es una muy cara excusa que presentan los regímenes socialistas para no hacer lo debido.

 

Como corolario recordemos siempre que la violencia socialista es una forma de encubrir su nefasta incapacidad.

@vjmc

 

Artículo publicado en venepress.com