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Una fecha en el tiempo. Oscar García Mendoza

Los banqueros prestamos siempre mucha atención a un proceso denominado compensación, que es el intercambio de cheques y obligaciones entre los bancos y se hace todos los días. Cada banco recibe cheques contra otros para ser acreditados o cargados en las cuentas de sus clientes. Al intercambiarlos, cargos y abonos se hacen en una cuenta en el Banco Central, la cual nunca puede sobregirarse.

De llegar esta situación el banco estaría “fuera de compensación” y debería ser intervenido. Como paréntesis, debo decir que este proceso se ha prácticamente automatizado hoy día. Pero en la fecha de mi historia todavía era como he descrito.
La compensación nos era avisada a los ejecutivos en la primera hora de la mañana. Sabíamos entonces de cuánto dinero se disponía en la cuenta del central y se tomaban las decisiones de préstamos interbancarios, compra de divisas, de créditos etc. Además permitía conocer la situación de liquidez de los otros bancos, pues unos eran positivos y otros negativos en la compensación. Si un banco venía negativo repetidamente era una señal importante que debía tomarse en cuenta.

El 13 de enero de 1994, como todos los días esperaba la compensación. Comenzó a pasar el tiempo y no llegaban noticias. Las primeras dudas de algún banco en problemas empezaron a surgir. Alrededor de las 10:30 a.m. recibimos una llamada urgente del BCV convocando a una reunión en el piso 3. Se despejaron las dudas.

Las oficinas ejecutivas del BCV están en el piso 3 donde hay un salón denominado “de la herradura” por la forma de su mesa. A las 11:30 am allí se congregaban los presidentes de todos los bancos, además del Ministro de la Secretaría de la Presidencia, la Presidenta del BCV y el Superintendente de Bancos. Y, discretamente en segunda fila, tres representantes de los accionistas del Banco Latino. La presidenta del central indicó que había convocado porque existían problemas en el banco Latino y quería hacerlos del conocimiento de los bancos para buscar ayuda.

Para llegar a esa situación mucho se ha debido haber conversado en el gobierno y el BCV. Los bancos solo tenemos una información parcial, comercial, mientras que la autoridades conocen (o debían conocer) al detalle la situación de cada banco. Se ponía en evidencia que algo muy grave sucedía. En mi experiencia bancaria era la primera reunión de este tipo a la que asistía. Hizo alguna aclaración el Ministro y el Superintendente de Bancos indicó que habían hecho una reciente inspección al Banco Latino y que sus deficiencias era de cerca de ocho millardos de bolívares, algo menos que el patrimonio del banco, pero que creía que fácilmente podría continuar operando.

Entonces la presidenta del central, con su voz baja y precisa, nos dijo: ahora los dejo entre Uds. para que conversen y vean como se puede apoyar al Latino.

Salieron las autoridades y comenzó la discusión. Fueron interviniendo varios banqueros sobre el tema. Para mi sorpresa la voz cantante comenzó a llevarla Orlando Castro, presidente del Banco Progreso y su argumentación fue que se debía ayudar al Latino porque era un “compañero” y que todos los presentes deberían hacerlo. Entonces dijo que los que estuvieran de acuerdo con él deberían quedarse, pero los que no, debían abandonar la reunión. Lucía muy jefe de la situación.

Pedí la palabra y argumenté: si el caso del Latino es el de una deficiencia transitoria de liquidez debería ser ayudado. Pero si la situación es de insolvencia era otra cosa, pues se estarían poniendo en juego los intereses de los depositantes. Además, dije, que no estaba autorizado por el Consejo Directivo del Banco para tomar una decisión y que por lo tanto me retiraba. Me paré y me fui.

A la salida estaban las autoridades y me preguntaron. ¿Oscar, que haces aquí? Les conté lo sucedido y me marché bajando por las escaleras principales del edificio. Había ya muchos periodistas en los alrededores pero pase como invisible. Eran más de las 1:30 p.m., me fui al banco y no puedo negar que llegue con una taquicardia.

Se había disparado la crisis bancaria que desde hacia tanto tiempo se venía anunciando, pero sobre el cual no se habían tomado las medidas adecuadas. Siempre sucede así. Las crisis bancarias presentan síntoma tras síntoma pero siempre se estira la arruga pensando en que nada sucederá y uno de los problemas es que mientras más tiempo pase la situación se hace peor y las consecuencias las sufre toda la economía, pero principalmente los más pobres, pues nuestros gobiernos acuden a la inflación para diluir sus deudas. Recordemos que Caldera II llegó a 105%.

Regresando al salón de la herradura. Continuó la discusión y se designó a una comisión para estudiar la cartera del Latino y determinarla calidad de la misma. El domingo en la tarde ya sabían que la insolvencia era 10 veces mayor de lo que dijo el Superintendente.

Así se hizo evidente al público la crisis bancaria más grande que había tenido el país (hasta ahora) y que -no me queda duda – fue el disparo que dio inicio al desastre que tenemos hoy día.

OSCAR GARCÍA MENDOZA | EL UNIVERSAL
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@ogarciamendoza