Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Una “guarimba” ideológica contra el socialismo. Hildebrando Chaviano

El tema que se expone a continuación no es nuevo. De hecho, el presente trabajo es sólo un acercamiento al ensayo que le sirve de fuente, “La justificación moral del beneficio” por el venezolano Nicomedes Zuloaga [1]. Es una obra basada en un discurso originalmente dictado en 1992 en el cual éste elegante y brevemente derriba las premisas básicas del socialismo, tales como el origen de la plusvalía y la supuesta bondad de la propiedad estatal sobre los medios de producción. Vista su relevancia actual, el conocimiento de la verdad sobre estos temas debe formar parte de las herramientas intelectuales de todo el que haga suya la causa de la libertad. Desmitificar el marxismo desde sus bases ideológicas es urgente, siempre lo ha sido y frente al expansionismo del socialismo del siglo XXI –que es el mismo del XIX con más mataduras– sólo cabe levantar barricadas de conocimiento, “guarimbas” ideológicas para detenerlo.Carlos Marx, filósofo y economista alemán del siglo XIX, fundó la doctrina que ha causado tanto derramamiento de sangre y tanta miseria sobre dos supuestos fundamentales. Uno de los supuestos es que la plusvalía de un bien viene del esfuerzo contribuido por el trabajador en producirlo. El otro es que el Estado debe controlar los medios de producción para asegurar el mejor uso de recursos escasos.

Tratamos la primera suposición antes de pasar a la segunda. Según Marx, el valor que las mercancías adquieren en el mercado equivale a la suma del valor de las materias primas utilizadas más el esfuerzo aportado por el trabajador en transformarlas. Pues, por lo tanto, el beneficio obtenido por el empresario proviene de la expropiación que éste hace de parte del trabajo del obrero, el cual es lo que le ha otorgado la plusvalía a la mercancía más allá del valor de las materias primas. A este fenómeno Marx dio el nombre “la explotación del hombre por el hombre”.

Para Marx y otros economistas de la época, las cosas tenían un valor objetivo y el intercambio de las mismas se produciría basado en ese valor, otorgado por el precio de los insumos utilizados más el valor de la mano de obra. Sin embargo, esta teoría parte de una premisa errónea porque las cosas no tienen un valor objetivo en sí sino un valor subjetivo que le otorga el interés del comprador en adquirir el bien. De ahí se deriva el precio del producto en el mercado y la posible ganancia, los cuales nada tienen que ver con el sudor del obrero encargado de su producción.

Este descubrimiento fue expuesto por el economista austriaco Carl Menger poco después de publicarse el primer tomo del Capital. Fue un argumento tan sólido que Marx, persona seria, no permitió que el segundo tomo de su tratado viera la luz. Éste sólo se publicó después de su muerte por el esfuerzo de Engels.
El segundo supuesto básico del marxismo es la necesidad de la propiedad estatal sobre los medios de producción, con el fin de “aprovechar de la mejor forma posible los escasos recursos de la comunidad”, según Zuloaga. Para ello, un comité de “las personas más capacitadas y honestas” respondiendo “a un plan general, racional e integrado” impediría que “las fuerzas automáticas, inhumanas y quizás un poco irracionales del mercado” causaran graves perjuicios al pueblo.

Sin embargo, como Zuloaga destaca, en 1922 otro gran economista austriaco, Ludwig von Mises, hizo público un importante descubrimiento: sin precios y sin mercados es imposible hacer los cálculos económicos que tocaría a este comité hacer. Es decir que aun si fueran perfectos los miembros de este comité, la distribución más productiva de los recursos no se podría calcular sin la guía del mercado y de los precios.

A pesar de estos descubrimientos que aniquilaron el andamiaje económico-filosófico del marxismo, a lo que podría agregársele la posterior caída estrepitosa de la Unión Soviética y el campo socialista europeo, se produce en estos momentos un resurgir virulento de las ideas marxistas, tomando como ejemplo a seguir nada menos que el modelo impuesto en Cuba y su malograda copia venezolana.

La defensa, o en su defecto el silencio, ante el asalto del marxismo a las instituciones democráticas es estar en complicidad con el populismo que saca lo peor del ser humano –la envidia, la deshonestidad, el odio y la holgazanería– destruyendo los valores que la humanidad ha tenido como válidos durante siglos de evolución civilizada. Hay una conspiración contra la democracia desde la democracia y de rechazo a la economía de mercado desde la economía de mercado, sirviéndose de las bondades de ambas para destruirlas desde adentro.

[1] Zuloaga, Nicomedes. “La Justificación Moral del Beneficio.” Cuadernos de reflexión. Caracas: Centro de Divulgación del Conocimiento Económico, 2005. Impreso.

HILDEBRANDO CHAVIANO MONTES
hildebrando.chaviano@yahoo.com