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Una mente superior

07/12/09

Debemos dejar de pensar en términos socialistas o seremos nosotros nuestra propia ruina

Por: Víctor Maldonado C.

Venezuela es un desastre porque estamos gobernados por un Comité Central de Planificación que tiene dos objetivos manifiestos. El primero de ellos, acabar con la cooperación del sistema de mercado en la consecución del orden social; y el segundo, todavía más inverosímil, combatir la burguesía en todas sus manifestaciones. Ellos suponen que luego de tan descomunal esfuerzo destructivo, surgirá una nueva Venezuela, condenada a vivir la máxima felicidad posible.

Al frente de la empresa está el propio Presidente de la República. Él es el gran decisor. Su dedo señala la ruta del futuro del país, y son sus disposiciones las que marcan el ritmo. Sin embargo, algo pasa porque hay un abismo entre las promesas y los resultados. La máxima felicidad y la más refulgente igualdad, supuestamente logradas a través del empoderamiento del pueblo, solamente han provocado la mayor de nuestras desgracias. Un país que hasta hace diez años estaba condenado al éxito, ahora está forzado a vivir el fracaso más contundente. Después de haber sido la arrogante promesa de América Latina, gracias al socialismo chavista nos encontramos al borde del precipicio.

Ya el daño está hecho. El camino del reencuentro con la modernidad y la restauración de la República, ahora asfixiada, tomará tantos años como los que hemos invertido en desmantelarla. La desolación financiera, la hecatombe eléctrica, la destrucción definitiva de las empresas básicas, la perversión del movimiento sindical, la postración de nuestras Fuerzas Armadas, y la ruina del campo, solamente fueron posibles porque el líder del proceso permitió la toma interesada de cada uno de esos sectores por parte de filibusteros, cuyo único mérito fue el haber sido leales adeptos al proyecto presidencial. Ningún otro mérito que la sumisión absoluta y rastrera, esperando que el único cerebro esclarecido de la revolución pudiera solventar todas las carencias.

El socialismo es pura arrogancia. Pretender que un solo hombre puede encarar la adversidad y transformar la realidad es una pretensión infantil. Solamente los niños y los pueblos más atrasados pueden en verdad creer que existe ese ser superdotado.

Hayek lo equivale al animismo primitivo. Es volver al chamanismo y a la brujería, cuyo extremo más contemporáneo es el caudillismo que seduce a nuestros pueblos. No hay forma de hacer un buen gobierno mientras rige el odio y se aprende todo lo demás. Ese Hugo Chávez historiador, economista, médico, ingeniero, arquitecto, diplomático y militar, es la negación de la realidad.

El Presidente es poco menos que una máscara que pulula en un cuerpo sin rostro, ajustándose a los caprichos de un cuerpo sociedad que no quiere dejar de ser niño, adictos perpetuos al pezón primordial que les evita la responsabilidad sobre la realidad.

Von Misses hizo bien en equiparar el socialismo con el destruccionismo. Nuestra mente esclarecida y brillante sólo ha generado lo contrario a lo que ha prometido. Su intervención sólo puede producir ruina y destrucción porque “nada produce; se limita a dilapidar lo creado por la sociedad, que se funda en la propiedad privada de los medios de producción”. Nada produce porque disipa el capital, reparte lo que es y lo que no es, destruye el futuro en un presente voraz e insostenible y “sin preocuparse del mañana, despilfarra la herencia social en frívolos placeres”.

El socialismo chavista exacerbó nuestro hedonismo. Esta fiesta se montó gastando lo que debimos haber guardado para invertirlo en viviendas e infraestructura social. La demagogia como relación conveniente entre el Gobierno y la sociedad, sin cuestionamientos ni aprehensiones morales, nos hizo traficar de nuevo con el desiderátum entre el ahora y el más nunca que nos está pasando nuevamente la factura.

El chavismo se está engullendo todas nuestras capacidades para reproducir el capital social porque sin empresas, sin haciendas y sin comercio no hay posibilidad de pensar siquiera en el incremento de la productividad del trabajo. El Presidente sabe que está transformando todas nuestras oportunidades en la esclavitud más perversa, al obligarnos a depender de sus fatales designios, sin ninguna otra salida que la muerte o la resistencia a una propuesta tan procaz, porque no es cierto que un líder pueda solo con sus afanes.

O cuenta con nosotros o pierde sentido su propuesta. Somos nosotros los que debemos dejar de pensar en términos socialistas, o seremos nosotros nuestra propia ruina.

El Universal

cedice@cedice.org.ve