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Vargas Llosa: preguntas sin respuesta. Roberto Giusti

Cuando se me ofreció la posibilidad de entrevistar a Mario Vargas Llosa supe que estaba ante un gran desafío porque se trata de un personaje cuya riqueza intelectual, fecunda imaginación y pasión por el saber, va mucho más allá de los dominios naturales de quien se conoce hoy en día como un “buen escritor”.

Hombre universal y explorador acucioso de las más disímiles realidades, Vargas Llosa ha pasado a encarnar la figura de alguien que, él mismo advierte, ha desparecido en estos tiempos: el “escritor mandarín”. Es decir, aquel que “hace las veces de guía y maestro en todas las cuestiones importantes y suple un vacío que, por la escasa participación de los demás en la vida pública o por falta de democracia o por el prestigio mítico en la literatura, sólo “el gran escritor” parece capaz de llenar”.

Y aunque la cita anterior pareciera tener visos de autorretrato (en este caso justificados), no se trata de eso porque él lo desmiente con el título de la nota (El País, 11-1994): “La muerte del gran escritor”. Allí, parafraseando un ensayo de Henri Raczymow, (crítico francés), Vargas Llosa advierte cómo un Flaubert, un Proust, un Balzac o un Baudelaire, cuyas obras trascendieron en el tiempo, son producto de un pasado aniquilado por la sociedad democrática, que ha convertido la literatura en “producto industrial” y al libro en “mera mercancía” efímera, sometida a la ley de la oferta y la demanda.

No obstante su faceta política, como uno de los más conspicuos y versátiles propagadores del liberalismo (su discurso no se limita al aspecto económico), es la predominante y la mejor prueba de esto son sus dos última visitas a Caracas donde se le consultó, se le exaltó y se le aclamó solo por su credo liberal y el coraje de venir a un país cuyo gobierno le es hostil. Así, quizás su ego de escritor, al fin y al cabo su verdadera razón de ser, se debe sentir un tanto magullado al habérsele negado, incluso, el infaltable tópico: “¿Y de qué va su próximo libro?

En fin, que la entrevista fue imposible y el temario elaborado por este reportero, para someterlo a una conversación que se ofrecía útil a los lectores, abortó en la nada. Pero como el asunto demandó algunas horas de reflexión y estudio, me permito ofrecer la parte que me corresponde en un cuestionario que, seguramente, en la dinámica del diálogo, habría tomado caminos insospechados.

Usted afirmó en Caracas la necesidad de “una fórmula electoral que permita la transformación de Venezuela sin violencia”. Pero el 9 de marzo, en su columna de El País“Piedra de toque”, calificó de ingenuo al exguerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos, quien en ese mismo diario aconsejaba a la oposición venezolana desechar “la acción directa” y acudir al método electoral. ¿Cómo explica ese cambio de postura en tan poco tiempo?

Augura usted el rescate de la democracia venezolana, lo atribuye al movimiento estudiantil y aclara que se debe acudir al método electoral, pero hace pocas semanas se preguntaba: “¿Quién garantiza que habrá futuras elecciones dignas de ese nombre en Venezuela? ¿Lo fueron las últimas, en las condiciones de desventaja absoluta para la oposición en que se dieron, con un poder electoral sometido al régimen, una prensa sofocada y un control obsceno de los recuentos por los testaferros del gobierno?”.

Dice usted que si el diálogo es auténtico y busca la reconciliación nadie puede estar en contra. Pero también afirma que Venezuela marcha hacia el totalitarismo al estilo cubano. Le pregunto: ¿Se pudo dialogar con los Castro, con Stalin o con Mao?

Condena los atentados contra la libertad de expresión, pero en su libro La civilización del espectáculo, ataca al periodismo “escandaloso” (también al serio) haciéndolos responsables de la banalización que viven las sociedades democráticas. ¿No le da usted razones al gobierno venezolano para reducir aún más el margen de libertad que queda?

Esa indiferencia de la sociedad por una actividad política que usted califica de desprestigiada, ¿no informa que algo anda mal en los países democráticos y capitalistas, mientras en Venezuela hay una creciente conciencia política y una disposición de lucha?

Según usted Uruguay, con un gobierno de izquierda, tomó la senda de la democracia y la economía de mercado. Pero al hacerlo, ¿cómo seguir autoproclamándose de izquierda? ¿Hay, acaso, un liberalismo socialista?

Usted escribió un ensayo y homenaje a la obra de García Márquez, (Historia de un deicidio). Luego sus caminos se bifurcaron. ¿Cómo se sintió cuando supo de la muerte de quien fuera su amigo (luego no tan amigo) y compañero del boom latinoamericano? Por último: ¿de qué va su próximo libro? 

ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL
@rgiustia