Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
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Venezuela: Cuando no se puede mirar a otro lado. Guillermo Hirschfeld

Las protestas que han comenzado el pasado 12 de febrero no solo no cesan, sino que se recrudecen. Hasta la fecha se han registrado 39 muertos, más de dos mil detenciones, sólo en Miranda 432, Zulia 273 y Carabobo 205. Más de 500 personas han resultado heridas por armas de fuego y pelotas de goma. Se han presentado más de cincuenta denuncias de torturas ante organismos internacionales, que van desde palizas, descargas eléctricas, asfixias, amenazas de violación, coacción a familiares de los detenidos y toda clase de tratos degradantes y crueles a los manifestantes. En fin, un nivel de represión que nos recuerda a las dictaduras que América Latina padeció (y padece en Cuba) en nuestra historia reciente.

La lucha para que el espacio Iberoamericano sea una comunidad de libertad, democracia, justicia, respeto irrestricto por los derechos humanos y paz no fue una lucha fácil. Los demócratas que libraron la batalla para reinstaurar la democracia en la región saben que la lucha fue demasiado ardua, costosa y dura como para permitir que las aventuras del populismo trasnochado rieguen de sangre Venezuela.

Si el espacio Iberoamericano es democrático, lo es también por la existencia de tratados y organismos internacionales, de los que Venezuela forma parte, y que reconocen como inalienables los derechos fundamentales y libertades individuales.  Por eso, resulta inmoral el silencio que guardan en torno a lo que está sucediendo en Venezuela tanto la mayoría de los Estados latinoamericanos como la Unión Europea, los Estados Unidos y las Organizaciones Internacionales.

Siempre pensé que para saber si algo es admisible o no, un buen procedimiento era preguntarse si aceptaríamos para nuestro país aquello que está ocurriendo en un país hermano. Por ejemplo, Maduro y sus secuaces han destituido a la diputada de la Asamblea Nacional María Corina Machado torciendo el derecho de manera flagrante. ¿Sería aceptable que el Gobierno de España retirara el acta de diputado a parlamentarios de la oposición por discrepar de sus políticas? ¿Acaso sería asumible que en Argentina el Kirchnerismo encerrara en prisión a los alcaldes opositores por manifestarse contra la represión? ¿Aceptaríamos, por ejemplo, que Michelle Bachelet impidiera acceder a la Cámara a una diputada opositora? ¿O que Santos no dejara ingresar a Uribe al Senado? ¿O que Mujica encarcelara a una figura política del Partido Nacional?

No, no lo soportaríamos. Ni españoles, ni uruguayos, ni argentinos, ni colombianos, ni chilenos. No sería admisible. ¿Por qué permitírselo a este régimen que se desmorona? ¿Por el petróleo? ¿Acaso porque Hollywood compro caro lo barato, creyendo una vez más frívolamente que había una revolución buensalvajista, y ahora es tarde para que los “Sean Penn” de la vida rectifiquen ante la evidencia de la barbarie?

En todo caso, como se pregunta Pablo Guerrero en un reciente análisis publicado en la web de la Fundación Faes: ¿cuánta gente tiene que morir, cuántos opositores deben dar con sus huesos en la cárcel, cuántos derechos y libertades tienen que ser vulnerados para que la comunidad internacional reaccione?

GUILLERMO HIRSCHFELD ― BLOGS ABC