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Venezuela: el nuevo rostro de la dictadura. Trino Márquez

El retorno de las autocracias clásicas es improbable.

Resulta improbable que regrese la figura del dictador convencional, al estilo de Fidel Castro, Augusto Pinochet, Anastasio Somoza y tantos otros autócratas que durante décadas atropellaron la libertad y la democracia. También resulta muy difícil que asuman gobiernos militares, al estilo de la Junta presidida por Jorge Rafael Videla en Argentina.

Esos personajes corresponden a una fase de la geopolítica mundial enmarcada por la Guerra Fría o el atraso secular de América Latina, cuyo signo dominante eran las desigualdades profundas entre el campo y la ciudad, el predominio desmedido del Estado sobre la sociedad y la ausencia de instituciones intermedias, lo que les confiere un carácter complejo y bien tramado a los países de la región. Esos dictadores – aceptados por Estados Unidos o por la desaparecida URSS, según fuese el caso – formaban parte de la América Latina, en la cual los militares podían tomar el poder y ejercerlo, desconociendo el contexto internacional y sin temor de que otros países les aplicaran sanciones.

En el cuadro surgido después del derrumbe de la Unión Soviética y de la extinción de la Guerra Fría, no parece probable el resurgimiento de las dictaduras militares o de las autocracias clásicas. La aprobación en el año 2000 del Estatuto de la Corte Penal Internacional, el Estatuto de Roma, en el que se establece que los crímenes de lesa humanidad no prescriben y que la obediencia debida no puede invocarse para justificar genocidios; ha desalentado a militares gorilas de la ultraderecha o a cabezas calientes de la izquierda, de promover asonadas golpistas para quedarse con el poder.

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La izquierda latinoamericana y el régimen venezolano

Un sector importante de la izquierda latinoamericana insiste en que en Venezuela existe una democracia sólida e incluso ejemplar. Este es el mismo sector que considera a Fidel y Raúl Castro dos demócratas consumados, y enjuiciaba a Augusto Pinochet por ser un tirano cruel. Para esa izquierda cavernícola, arroparse con el manto del marxismo y hablar en nombre de los explotados y oprimidos se convierte en una patente de corso, que les permite a los gobernantes atropellar los derechos humanos, acabar con el estado de derecho, perseguir a la oposición, militarizar la sociedad y adueñarse de los medios de comunicación, sin temor a ser calificados de déspotas.

Para ese sector existen dictadores de derecha, nunca de izquierda; aunque los mandatarios sean militares activos o en condición de retiro. Por ejemplo, el general Juan F. Velasco Alvarado, quien impuso un férreo régimen de controles y dominación en Perú entre 1968 y 1975, fue considerado siempre un militar progresista que gobernaba a favor de los oprimidos, a pesar de haber hundido a la nación en una grave crisis económica y social. Esa izquierda utiliza distintas varas para medir los mismos sistemas autoritarios. Los de izquierda son buenos; los de derecha, malos.

Supuestamente, el régimen imperante en Venezuela es democrático porque se origina en elecciones populares y universales, hay libertad de expresión e información, existen los poderes típicos de una república y la libre asociación que permite que opere un esquema de múltiples partidos, sindicatos, gremios y otras asociaciones civiles independientes.

Desde el punto de vista formal, los gobiernos de Chávez y Maduro han cubierto los requisitos básicos, que les permitieron presentarse con el rostro de una democracia ante la comunidad internacional. Sin embargo, cuando se examina con cierto detenimiento el funcionamiento del modelo, se nota una amplia brecha entre la forma y el contenido. Analizado con rigor, el sistema montado por el tándem cubano-venezolano constituye una dictadura de nuevo cuño.

Los rasgos de la neodictadura venezolana

Las elecciones como mecanismo de legitimación

En Venezuela se han realizado numerosas elecciones desde febrero de 1999, cuando Hugo Chávez asumió el poder. Todas, en un ambiente signado por el uso abusivo de los recursos públicos a favor del gobierno. El régimen invisibiliza a los candidatos opositores. Les niega todo espacio en los medios oficiales y permite que sus abanderados utilicen los organismos del gobierno y el Estado para promover sus proposiciones programáticas. Los recursos financieros, que pertenecen a todos los venezolanos, se invierten descaradamente para movilizar simpatizantes, realizar grandes concentraciones  y pagar la publicidad oficial. En la práctica, las elecciones se han convertido en un instrumento para que el régimen autoritario se legitime.

La libertad de expresión maniatada

El derecho a la información y la libertad de expresión no han sido eliminados, pero sí seriamente coartados. A los medios de comunicación independientes impresos o radioeléctricos se les hostiga a través de la imposibilidad de obtener papel o de conseguir anunciantes. Se les asfixia desde el punto de vista financiero. Los medios administrados directamente por el gobierno son cada vez mayores.

Poderes públicos subordinados al Ejecutivo

En Venezuela desapareció la independencia y el equilibrio de poderes. Toda la estructura estatal se encuentra subordinada a los dictámenes del Presidente de la República. No existe ningún tribunal u organismo independiente al que pueda asistir un individuo u organización para dirimir un asunto de naturaleza política. Esta subordinación aumentará con la Ley Habilitante, aprobada a Nicolás Maduro, por la Asamblea Nacional a comienzos de noviembre.

Militarización creciente del Estado y la sociedad

Los militares han ido adquiriendo una presencia creciente en todos los espacios públicos. En la economía, los medios de comunicación, la cultura, los organismo públicos; los militares activos o en condición de retiro poseen un peso cada más determinante, en tanto que los ámbitos de la sociedad civil se reducen a un ritmo acelerado.

Organizaciones Muy Gubernamentales

Las agrupaciones civiles independientes como los partidos políticos, los sindicatos, los gremios profesionales y empresariales, así como las asociaciones estudiantiles, se encuentran asediadas por el gobierno, quien intenta sustituirlas por organizaciones alineadas a los intereses oficiales.

Estos son algunos de los rasgos más sobresalientes de la neodictadura que se instaló en Venezuela a partir de 1999. Volveremos sobre este tema en el futuro.

TRINO MÁRQUEZ ― PANAMPOST
Este artículo fue publicado con el permiso de Panampost