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Venezuela es una piñata. Carolina Jaimes Branger

“¡Palo al país porque no tiene dolientes!” pareciera ser nuestra consigna

Hace años, un danés que vivió mucho tiempo en Venezuela le comentó a mi hermano Ricardo que él había entendido el país cuando fue a una piñata: “un objeto lindo -que por lo general representa a un personaje querido- es literalmente majado a palos (acto aupado por todos los asistentes, “¡dale, dale, dale duro, más duro!”) hasta ser destrozado. Cuando cae el cotillón, se lanzan a recoger lo más que puedan, incluso quitándole lo suyo a otros niños. Esto incluye mamás y otros asistentes. Quienes se lanzan a recoger no escogen las cosas que les gustan, sino que agarran lo que sea. En realidad, si les gusta o no es absolutamente irrelevante. La propia rebatiña”.

Una tía abuela mía jamás venía a nuestras piñatas. “Las piñatas son un acto de salvajismo”, decía. Pero nadie le hacía caso. Más bien la veíamos como alguien extraño: ¿cómo podían no gustarle las piñatas?… Ella no sabe cuánto la recuerdo porque hoy estoy convencida de que tenía razón… El que sea una costumbre no la hace menos salvaje. Para muestra, las corridas de toros y los toros coleados.

Es verdad que las piñatas no son un invento venezolano -hay orígenes que las remontan hasta la China y a nosotros nos llegaron de España a través de México- pero es un hecho que las hemos perfeccionado. No hay en el mundo piñatas más grandes, más adornadas y más rellenas que las venezolanas. Y no se debe a que seamos un país petrolero, porque México también lo es y allá no son como las de aquí. Las nuestras son únicas.

En los últimos años hasta las hemos “democratizado”. Las piñatas a las que fueron mis hijas eran distintas a las que fuimos mis hermanos y yo. Ahora en muchas de ellas “racionan” el número de palazos por niño y los sientan en rueda a repartirles “equitativamente” el cotillón. Pero siempre sale el vivo que le da más palos de los permitidos y aprovecha para quitarles los regalitos a los demás… total, a menos de que aparezca una mamá a proteger a su hijo, nadie pone orden en una piñata.

Sí, Venezuela es una piñatota a la que se le ha caído a palos inmisericordemente. Se le ha sacado hasta el último regalito, de esos pocos que quedan atrapados entre los cartones. Las piñatas son un espejo de nuestra vida como sociedad y en sociedad. Triste que no nos demos cuenta de que las piñatas somos nosotros mismos y nos estamos destrozando a palos.


Carolina Jaimes Branger – EL UNIVERSAL

@cjaimesb

Lunes 11 de noviembre de 2013