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Venezuela: la muerte de un mito | Por Plinio Apuleyo Mendoza

En Venezuela el desastre no cesa. Es más, los augurios del Fondo Monetario Internacional son aterradores: una inflación que puede llegar al 720% hará que los precios de la canasta familiar se multipliquen por ocho. Tal es el desastroso legado del Socialismo del Siglo XXI. Este y otros engaños, que surgieron suscitando nuevos sueños en la izquierda continental y que hoy se derrumban, han hecho perdurable el libro Del buen salvaje al buen revolucionario, escrito hace más de cuarenta años por mi inolvidable amigo venezolano Carlos Rangel.

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Cuando era conocido en Venezuela sólo como un dinámico periodista, casado con la célebre Sofía Imber, Rangel tuvo la suerte de que el escritor y analista francés Jean François Revel conociera de manera confidencial el manuscrito de su obra. Apóstol de las ideas liberales y opuesto a los intelectuales que se acercaban al marxismo como un gato a la chimenea, Revel, sorprendido de encontrar en estos trópicos a un escritor que compartiera sus ideas, tomó el libro, lo tradujo y lo hizo publicar en Francia con el título Du bon sauvage au bon revolutionaire, mucho antes de que fuera editado en español.

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Rangel sorprendió al mundo intelectual de Francia recogiendo en esta obra los mitos que marcaron la historia de nuestro continente. Mitos, por cierto, que daban la espalda a la realidad. El primero de ellos, el del buen salvaje, tuvo como punto de partida la carta que Colón escribió a los Reyes Católicos dándoles su primera impresión de lo visto por él al llegar al nuevo mundo: “Certifico a sus Altezas que no existe mejor tierra ni mejor gente”. De ahí en adelante, los primeros conquistadores siguieron persiguiendo sueños propios de un paraíso terrenal como la búsqueda de El Dorado, la fuente de la eterna juventud o el reino de las amazonas.

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Antes de llegar al último de los mitos que han cubierto nuestra historia, el del buen revolucionario, Rangel hace un recuento de la realidad que hemos vivido desde entonces, por cierto muy dura. Pinta nuestro mundo colonial, las guerras de independencia, las nuevas repúblicas que nacieron traumatizadas, débiles e inestables en contraste con el rigor, la lucidez y la salud política de los Estados Unidos. La quiebra de la Gran Colombia fue un anuncio de lo que viviríamos en el siglo XIX y parte del siglo XX, dominados por caudillos, guerras civiles y golpes de Estado. El marxismo, que aparecería después en el ámbito político continental, señalaría como explotador de nuestras riquezas y responsable de mantenernos en el tercermundismo al imperialismo norteamericano.

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Rangel analiza todas las variantes de esta ideología en el continente, desde Haya de la Torre, la creación de los partidos comunistas, hasta la aparición de Fidel Castro y el Ché Guevara, que dieron vida al foco guerrillero como instrumento para llegar al poder por la vía armada. Visto inicialmente por los comunistas cubanos como “un aventurero putschista pequeño burgués”, Fidel se convertiría en el líder supremo de una mítica revolución que abarcaría todo el continente.

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Rangel no alcanzó a ver el derrumbe de la Unión Soviética ni la caída del Muro de Berlín, pero sí la lastimosa realidad de la revolución cubana. Desde luego, no llegó a sospechar que en su propio país, Venezuela, aquel mito derrotado en el siglo XX renaciera con el pomposo nombre de Socialismo del siglo XXI. Su arma predilecta para encandilar inicialmente a los sectores más pobres de la población venezolana fue el populismo asistencialista, y su credo ideológico, un marxismo tropical inspirado en Cuba.

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Con Maduro en el poder, los hechos no tardaron en desenmascarar tal quimera. Hambre, miseria, escasez, inseguridad, en contraste con los privilegios y la corrupción de quienes detentan el poder en Venezuela, dan fin, tal vez definitivamente, al mito del buen revolucionario tan bien pintado por Carlos Rangel.

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Plinio Apuleyo Mendoza