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Venezuela: protestas y violencia. Andrés Volpe

La violencia es el último
refugio del incompetente
– Isaac Asimov

La protesta es descentralizada y anárquica, porque es un fin en sí misma. La mera existencia de la protesta implica un descontento popular intenso que debe evidenciarse y manifestarse en la vida política con fuerza y contundencia. Es la expresión verdadera del sentir nacional.

Esta condición se cumple cuando se está frente a una dictadura violenta que ha perdido el poder y solo puede mantenerse por medio de la instauración de un gobierno basado en el terror. La anarquía y la descentralización hacen que la protesta sea impredecible, mutable y, por lo tanto, efectiva frente a un gobierno que busca usar etiquetas (fascistas, terroristas, etc.) para desprestigiar el valor intrínseco y la naturaleza de ésta. Al mismo tiempo, de mantenerse la protesta como un elemento volátil, sin jerarquía, se hace a sí misma incontrolable y multidimensional. Encausarla a través de liderazgos clásicos de oposición destruiría la potencia que tiene como elemento originario de la sociedad civil espontánea. Centralizar la protesta en un liderazgo único es peligroso –la hace susceptible de categorización y de control por parte del gobierno que ejerce la violencia, ya que por medio de la neutralización del líder se estaría neutralizando la protesta en su totalidad.

En consecuencia, la protesta trasciende al liderazgo de cualquier líder opositor, porque la protesta es de Venezuela y no de la oposición. La protesta no proviene de un debate entre facciones políticas, sino de la lucha de toda una sociedad en contra de una dictadura que amenaza la libertad. Se torna incluso irrelevante la discusión sobre la elección de líderes (Leopoldo López, Capriles, María Corina, etc.) ya que ellos solo deben apoyar el proceso espontáneo de la sociedad y no impedirlo. La protesta se desliga de cualquier liderazgo para ser un movimiento propio e independiente.

Al perderse la democracia, se pierden los mecanismos Constitucionales para la activación de la acción política por parte de la sociedad. A causa de ello, el gobierno desconoce que su legitimidad proviene del pueblo elector y se constituye como el principal accionante de la violencia para mantener su posición de supremacía. Se instaura el terror. Por ello, la protesta y el desconocimiento del gobierno son la única vía de la acción política por parte de la sociedad. Son la única manera de recuperar el poder originario, aquel que se ha delegado al momento de elegir un representante político por medio de mecanismos democráticos.

El gobierno de Nicolás Maduro ha admitido, mediante la brutal represión de los estudiantes en las calles, que ya no es un gobierno democrático. Ha dejado de ser la expresión democrática de una sociedad tornándose en una dictadura basada en el ejercicio de la violencia y la represión. Y ante dictaduras hay que recordar que la violencia nunca asegura dominación permanente, porque la historia se ha encargado de demostrar que todo régimen violento retrocede ante el poder de la protesta, el poder de la sociedad civil organizada y las libertades que reclaman.

ANDRÉS VOLPE ― EL UNIVERSAL
@andresvolpe