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Venezuela: una democracia de pan y circo. Andrés Volpe
Los venezolanos que hoy se encuentran en las calles protestando ya por más de un mes entre guarimbas, bombas lacrimógenas, marchas y enfrentamientos directos con la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) piden por un llamado universal que hace eco en Egipto, Siria y Ucrania, como en muchas otras partes del mundo donde la lucha por la democracia es silente y estrangulada por poderes estatales.

En América Latina resulta difícil descubrir un progreso lineal hacia la democracia. La democracia implica un progreso continuo de mejoramiento en los ámbitos políticos, económicos y sociales; ella no se puede entender sin vincularla a la idea del progreso humano hacia la modernidad. Esta idea es difícil de digerir en un continente en el cual, según Latinobarómetro en su informe de 2013, la precariedad de las condiciones de vida, la pobreza, la desigualdad, la discriminación y la corrupción estatal siguen siendo los grandes problemas a resolver y los grandes obstáculos a ser superados.

La década de los 80′ significó para América Latina el inicio del progreso hacia la consolidación de la democracia en la región. Hacia el comienzo de esta ola de democratización solo existían tres democracias en la región: Colombia, Costa Rica e, irónicamente, Venezuela. Ya para los 90′ todos los países de la región eran democráticos o estaban sometiéndose a procesos democratizadores con la excepción de Cuba y Haití. Ahora bien, hoy en día se puede apreciar la presencia de regímenes híbridos en la región los cuales son democracias formales, pero que en la realidad reprimen las libertades esenciales a la democracia liberal.

El gobierno del “Comandante”, desde sus inicios, pretendía ser la nueva vía para burlar los obstáculos y las ineficiencias traídas por un Estado percibido inepto y desasociado con las realidades de la pobreza en el país. Se inició con un cambio constitucional para terminar por el levantamiento de estructuras paralelas al Estado liberal clásico: las misiones y otros programas sociales que, auspiciados por el gobierno, eran la vía rápida para satisfacer las faltas en educación, alimentos y salud. Dichas estructuras fueron creadas de facto y luego integradas al cuerpo normativo de la ley. Eran el “atajo” que brindaba Chávez a los sectores de pobreza que concebían al Estado como un ente kafkiano.

No obstante, la mayoría de las misiones fueron siendo abandonadas para crear otras que satisfacían las necesidades más apremiantes de los pobres antes de los eventos electorales, es decir, los programas sociales se creaban o abandonaban dependiendo de su efectividad al momento de recolectar y asegurar votos. Hoy en día, el modelo se ha hecho insostenible hasta el punto de que Nicolás Maduro, el sucesor de Hugo Chávez, ha jugado con la idea de poner en efecto una carta de racionamiento alimentario para “paliar la escasez y acabar con la especulación”.

Es evidente que Venezuela ha perdido su estado democrático aun cuando formalmente celebre elecciones y los poderes estatales estén organizados, al menos nominalmente, a la manera de Montesquieu. En un ensayo sobre la democracia publicado por la revista de análisis inglesa, The Economist, el primero de marzo de este año, se establece que una de las razones por la que tantos experimentos de democracia han fracasado es por el énfasis exagerado que se ha puesto en la celebración de elecciones como requerimiento primordial de la democracia. Asimismo establece en el mismo ensayo que las democracias más exitosas han funcionado porque han evitado caer en la “tentación del mayoritarismo”, entendido como la acción de actuar de acuerdo al capricho de las mayorías.

El pretendido soporte popular que disfrutó Hugo Chávez durante su gobierno en múltiples elecciones lo motivó a obrar de una manera caprichosa y establecer un sistema que solo atendía un designio ideológico socialista que ha dejado al país en la miseria y en una situación precaria de gobernabilidad. El populismo mediante programas sociales ha confirmado las palabras de Platón y su principal preocupación por la democracia, ya que éste aseguraba que los ciudadanos vivirían en el día a día disfrutando de los placeres del momento y olvidándose del bienestar a largo plazo.

Chávez ha muerto y la pretensión democrática en Venezuela también se ha ido con él. Nicolás Maduro no tiene la capacidad ni el liderazgo para seguir poniendo en movimiento la maquinaria electoral que había perfeccionado Chávez para asegurar internacionalmente la etiqueta democrática. La represión brutal que está sufriendo el venezolano en la calle y en sus hogares es la evidencia de que la democracia en Venezuela nunca fue más allá de un circo cuidadosamente ensayado en el cual la tolda circense se ha caído. La democracia en un país no se esfuma de un día para el otro, sino es un proceso lento y minucioso de decepción política. Maduro, cansado de sonreír, se ha quitado el maquillaje.

ANDRÉS VOLPE ― EL UNIVERSAL
@andresvolpe