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Vida Intelectual en Venezuela. Lo que sugiere el caso J.V. González

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En las entregas anteriores vengo elaborando algunas reflexiones sobre un personaje del Siglo XIX venezolano: el escritor, parlamentario y maestro Juan Vicente González (1810-1866). Lo han rescatado del olvido los estudios que han hecho los Sres. Uslar Pietri, Herrera Luque y ahora la Sra. Lucía Raynero. Su biografía arroja mucha luz sobre la política actual. Estudiando a González, reivindiqué la República Liberal que hubo entre 1830 y 1847 en la recién nacida Venezuela. Hay un lado ingrato de este período, que es la agudización de un conflicto: producción agropecuaria contra comercio y finanzas. Erróneamente, se achaca el origen de este problema a las leyes sobre libertad de contratos hechas en el gobierno de Páez (1834 y 1841). Lo cierto es que el conflicto se gestó en la Venezuela Colonial. El sr. Federico Brito Figueroa, en La Estructura Económica de la Venezuela Colonial, considera, al estudiar el período 1750-1800: “Hay suficiente material documental que demuestra cómo el capital comercial y usurario succionaba la riqueza social y la arrebataba literalmente de manos de los agricultores, y no pocas veces las cosechas pasaban íntegras de manos de los hacendados a los almacenes de los comerciantes en pago de deudas vencidas, y de allí salían exportadas…”. En suma, la desigualdad agricultor-comerciante provenía de las instituciones mercantilistas de la Colonia. Y la respuesta al problema por parte de la Oposición a Páez fue peor: la Guerra Federal, que empobreció aún más al campo. Un tema de otra índole, sobre el que también invita a reflexionar la vida de González, es la actitud de los civiles venezolanos ante los abusos del militarismo y la dictadura. Dentro de este público, los intelectuales y artistas suelen merecer destaque. Se espera de ellos que haya compromiso con la situación política y que actúen como conciencia colectiva. Penoso deber y por ello son pocos los que en la Historia Universal han estado a la altura. Un ejemplo casi jocoso sobre este tema lo ofrece la dictadura de Juan Vicente Gómez en Venezuela. Este personaje usaba los fondos de la “partida secreta” del presupuesto para comprar voluntades. Cuando López Contreras sucede a Gómez, el Procurador Abreu denunció por corrupción a los ex ministros Arcaya y Grau, que administraban aquellos fondos. El proceso se detuvo, por esto que señala Óscar Yánez en Intimidades de los Presidentes: “… El denunciante olvidó una cosa: que el dr. Arcaya se llevaba copias de las facturas que le firmaba toda persona que recibía dinero del Presidente de la República. (…). Por ejemplo, el Presidente de la República, General López Contreras, y Rómulo Gallegos, su ministro, recibían ayuda de Gómez y así aparecieron más de 100 personalidades, muchas de ellas antigomecistas.” La rendición del intelectual ante el tirano se agudiza por la debilidad del Capital Privado venezolano. Al carecerse de una clase media amplia, un pensador apenas puede obtener sustento mediante encargos del gobierno y cargos públicos. Don Francisco Herrera Luque (1927-1991) percibió este problema en Bolívar de carne y hueso: “Juan Vicente González, al igual que la inmensa mayoría de nuestros intelectuales, claudica una y varias veces, ante la oferta y no ante la amenaza, del déspota de turno.” El intelectual tiene que elegir entre tres alternativas que Albert Hirschman denomina Salida, Voz y Lealtad. La Salida es irse del país y, en el peor caso, desentenderse de él. Fue el caso, en el Siglo XIX, de don Andrés Bello y don Rafael María Baralt, quienes difícilmente hubiesen podido edificar su titánica obra gramática en Venezuela. La Voz es la protesta contra el sistema, sin dejarse corromper por él y sin huir. El caso emblemático es Fermín Toro (1807-1865). Además de su dignidad, reconocida por propios y enemigos, su resistencia tenía sustento en cierta holgura económica. La Lealtad es quedarse dentro del sistema y acatarlo. Fue la escogencia de J.V. González y de muchos que le han sucedido al escoger algún “bozal de arepa”. Duele ver a muchos intelectuales venezolanos que, en lugar de ser prácticos y reconocer que optan por las migajas del poder, intentan justificar su lealtad con ridículos razonamientos circulares, recurriendo a citas, autores y teorías para explicar el porqué de su apoyo al tirano que en su día criticaron. Este charlatanismo y sus gestos histriónicos abundan en medios de comunicación y encuentros sociales. Otro caso infeliz es cuando los pocos intelectuales que optan por hacer Voz caen en la trampa de la réplica permanente, quedando atrapados entre los temas, muchas veces sin sentido, que proponen los gobernantes. Un ejemplo actual es cómo se absorben mentes en discutir sobre la teoría de valor-trabajo de Marx. Por ello es valioso que todo aquel con un mínimo de ambición intelectual recuerde el consejo que lega Uslar Pietri en su estudio biográfico sobre J.V. González: “Ha podido dejar González uno o varios de los libros fundamentales de su tiempo. Apenas le hubiera bastado con evadirse un poco del afán cotidiano y de la mezquina querella y dejar correr la tempestuosa pluma sobre algún tema histórico capital, sobre algún personaje de la tierra, o sobre los mismos sueños y temores de la propia alma criolla. Pero en él la literatura fue un arma, un arma arrojadiza para un combate sin ángel contra hombres, las más veces oscuros. Se agotaba sin renovarse, y enceguecido en la pugna, perdía de vista los grandes fines y los grandes deberes”.

Publicado: Diario 2001 20/11/06