Los ciudadanos de ambos países nos tornamos melancólicos al constatar que siempre estamos en los últimos lugares de las estadísticas: índice de pobreza, libertad económica, justicia, control de la violencia, mortalidad infantil, pobreza, migración y cualquier otro trozo de la existencia que pueda medirse.

Cuando ahondamos en ambas realidades observamos que aun siendo el resultado muy similar las causas parecen ser distintas. En Haití aparentemente el Estado central vive un proceso de disolución, desaparecidas las instituciones responsables del monopolio de la violencia, caso de las Fuerzas Armadas y las policías. La dirección de país pareciera estar en manos de grupos no convencionales, algunos denominan bandas, que controlan grandes aspectos de la vida de la acongojada sociedad. La situación de la población es caótica, reina la improductividad, sin vislumbre de motores para el crecimiento económico, el desempleo informal es dominante en este vecino nuestro, cuyo último episodio trágico fue el asesinato del presidente, dentro de su propia casa, sin que hasta los momentos los haitianos tengan una explicación aceptable que los tranquilice.

En Venezuela por el contrario asistimos a un tiempo donde el Estado se separa de la ciudadanía, recrudece su poder totalitario, se fortalecen instituciones con misiones equivocadas, excluyentes de la población. Las Fuerzas Armadas garantes de la seguridad del país emerge como un cuerpo de respaldo a la imposición de un régimen político y una ideología contraria a lo pautado en la Constitución vigente. Los indicadores de malestar social son muy cercanos en ambos países, la ineficacia del sistema de justicia en sus requerimientos fundamentales: los límites al gobierno, el índice de corrupción. La participación ciudadana, los derechos fundamentales, el orden y seguridad, el cumplimiento de normas, la justicia civil y la justicia penal. Venezuela está en la última posición (139), muy cerca de la realidad haitiana (132), al lado de Nicaragua (131).

Sin falsas ilusiones podemos aferrarnos a la idea que al estar tan cerca o en el fondo del abismo la única posibilidad es acoplar fuerzas y tratar de resurgir o sobrevivir. En Haití 60% de la población se encuentra en situación de pobreza, en Venezuela 92% (según estudios de Encovi).

Las situaciones de ambos países no son producto de karmas extraterrenos ni de fenómenos naturales, aunque Haití haya sido muy castigada en este terreno, ambas son resultado de la fragmentación de sus liderazgos, incapaces de desprenderse de ambiciones personales, exigencias ideológicas extemporáneas y de un desconocimiento objetivo de las realidades profundas de sus países, factores causantes de tomas de decisiones equivocadas que han provocado el incendio que corroe las entrañas de ambas sociedades.

Es imprescindible reconocer que las soluciones no llegan por una vía metafísica, no se acaba la violencia, el hambre y la opresión sin concretar acuerdos básicos que orienten el desarrollo de estas naciones. Las Constituciones y los planes en la mesa de ambas sociedades tienen que ser confrontados por los ciudadanos, evaluados, reconocer los puntos de acuerdo que puedan existir, aunque sean mínimos y también aceptar las discrepancias, aquellos objetivos en los cuales nunca podremos lograr acuerdos. Y a partir de allí iniciar nuevos procesos.

Esta tarea corresponde a sus liderazgos, ahora forzados por una nueva resistencia civil. Basta del cinismo manifiesto en Venezuela de los lideres del régimen que se regocijan ante triunfos pírricos que obtienen con trampas y mentiras. Detrás de esa realidad están todos los venezolanos, sometidos a un vía crucis de hambre, migración y desesperanza. Es la misma situación que vemos con las naves que transportan gente desde Haití con la esperanza casi negada de entrar al territorio norteamericano. Cargamentos de gentes que arriesgan sus vidas y sus familias para recostarse de algún clavo ardiente que les permita sobrevivir. Desde Haití han emigrado 1.585.681 personas, lo que supone 14,08% de la población. Mientras que en Venezuela cifras imprecisas hablan de 6 millones de personas, 20% de la población total.

Las constituciones de ambos países deben ser reexaminadas, dejar de ser barreras de papel que nadie cumple y donde se imponen objetivos contrarios a lo que está sucediendo en la vida real. Haití tiene una carta magna promulgada en 1987 con enmiendas en 2012, es menester mirarla y reflexionar con plena conciencia, al igual que Venezuela con su carta de 1999, se mencionan federalismos inexistentes, igualdades imposibles en medio de la miseria, estados de prosperidad opuestos a la pobreza y falta de libertad que prevalece en estas naciones.

Las personas solo pueden acercarse a la felicidad cuando se miran a sí mismos, asumen que están implicados, aceptan donde están parados, una imprescindible condición para avanzar hacia acuerdos básicos. Alcanzar gobiernos democráticos con regímenes parlamentarios, federalismos, descentralización, control de la violencia, seguridad jurídica, no sobreviene como producto de ritos mágicos, ni llueve del cielo, ni siquiera el café lo logra, comienzan desde allí donde todo anda mal y sus liderazgos acuerdan tomar un camino en medio de todas sus contradicciones y diferencias. Solo así, podemos esperar salir del último lugar de todas las estadísticas.

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Fuente: @isapereirap

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