Adriana Pineda afirma que, para bien o para mal, la era de la información exige de nuestra parte un mayor pensamiento crítico para recordar que el Internet y las redes sociales son espacios públicos de los cuales es difícil, cuando no imposible, borrar el rastro digital que dejamos.

Mi premisa es que la privacidad es preciada. Creo que la privacidad es el último gran lujo: ser capaz de vivir tu vida como desees sin que todo el mundo comente sobre ello o lo sepa.

Valerie Plame,
Novelista, ex-agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA)

Relacionarnos con los demás necesariamente implica intercambiar información personal: gustos, opiniones, datos sobre nuestra vida. Al hablar de privacidad, nos referimos al control que el individuo ejerce sobre el acceso a esa información: cuánta de ella comparte, con quién y en qué momento . Hay información de nosotros que es de dominio público por el tipo de vida que llevamos: no genera muchas sospechas que otras personas conozcan nuestra profesión, particularmente si nuestro trabajo es atender público. Pero hay otra clase de información que compartimos más bien con nuestros círculos más íntimos y si alguien fuera de ellos la obtiene, nos entra la duda de cómo la obtuvieron la información. Nos pudieron estar siguiendo, pudieron interceptar nuestras llamadas telefónicas o revisar nuestros papeles.

Pero estos métodos, a los cuales podríamos llamar tradicionales, no son la única manera de recolectar información personal. Cosas como nuestro historial de búsqueda, lo que compartimos en redes sociales y las aplicaciones en los teléfonos celulares revelan intereses, preocupaciones, actividades diarias. Los teléfonos inteligentes recolectan información sobre nuestra locación. Las aplicaciones recolectan información sobre el uso que le damos, con qué funciones tenemos mayor interacción. Los servicios de correo recolectan información sobre cuáles abrimos, cuándo lo abrimos, cuántas veces interactuamos con los enlaces. Cada día sin darnos cuentas dejamos un rastro digital de actividad, que con los días y con el uso se va volviendo gigantesco.

Toda esa información se puede relacionar y al hacerlo, pueden revelarse patrones de conducta y predecirse comportamientos. La ciencia de la data, que se vale de las nuevas capacidades de almacenamiento de información, manejo de base de datos e inteligencia artificial, puede encontrar patrones que de otra forma no podría identificarse o relaciones que de otra manera no serían obvios. Utilizan nuestra locación, las búsquedas en internet, los anuncios o el contenido en línea con el que interactuamos como patrones de consumo según la época del año o la edad y locación del consumidor, predecir preferencias de los consumidores basados en las compras que hacen, entre otras cosas. Las empresas utilizan estas tecnologías para tomar mejores decisiones gerenciales y de marketing, y la práctica de utilizar la información de los consumidores se ha vuelto uno de los estándares de hacer negocios. Sin embargo, los Estados a veces también aprovechan estas tecnologías para vigilar a su población.

Hay quienes ante esta realidad se podrían sentir espiados, pero la mayoría respondería: “No tengo nada que ocultar”. Y al decir que no hay nada que ocultar, nos referimos a que no hallarán crímenes en nuestro historial de búsquedas. Pero la vigilancia, y en este caso desde la perspectiva del Estado, puede usarse para cosas mucho más allá que las razones comunes por las que uno pensaría que un Estado nos vigila: hacer cumplir la ley o evitar el terrorismo. Un gobierno con la función de proteger a sus ciudadanos usa la vigilancia para prevenir los crímenes y neutralizar las amenazas a la seguridad. Sin embargo, esta vigilancia está claramente regulada en términos de proporcionalidad y el Estado está sujeto al continuo escrutinio de sus actos. Los gobiernos totalitarios, por otro lado, también utilizan la vigilancia para neutralizar las amenazas, pero no amenazas a la seguridad de los ciudadanos, sino amenazas a su continuidad en el poder.

Estos gobiernos totalitarios aprovechan su poder para mantener sus acciones encubiertas a la vez que violan la privacidad de los ciudadanos en favor propio, vulnerando así otras libertades del individuo. Mantienen vigilada a la oposición política para disminuir los ataques que reciban. Si una organización está en contra de las acciones o las ideas de un gobierno autoritario, al conseguir la información de la membresía, el gobierno puede utilizarla para amedrentar y desincentivar la participación en dicha organización. De hecho, poder tener información de quiénes son los miembros también puede ir en contra de la libertad de asociación, ya que desmotiva a los individuos a formar grupos, sabiendo que su participación en dicho grupo podría ser usada en su contra. La libertad de expresión, un arma poderosa contra los regímenes autoritarios para denunciar abusos, se ve coaccionada bajo vigilancia. Saber que estás bajo vigilancia y que luego esa información la pueden utilizar para arremeter en tu contra porque las ideas que promulgas están en contra del gobierno, significa que los ciudadanos recurren a la censura para protegerse de las consecuencias.

La información que los gobiernos autoritarios recaben sobre su población puede ser utilizada para controlarlos a través de la manipulación o de la coerción. La manipulación puede venir en la forma de ofrecer beneficios específicos, a cambio de lealtad al régimen o favorecerlo de alguna u otra forma. La coerción por otro lado, vendría siendo utilizar esa misma información, no para ofrecer un premio a cambio de lealtad, sino para quitar o restringir el acceso a ciertos artículos que son de necesidad, o amenazar con hacer pública información sensible de la persona.

Desde limitar nuestras libertades políticas hasta dañar nuestra reputación, la información que pueda recopilar el gobierno sobre nosotros puede hacernos mucho daño. La denuncia hasta ahora ha sido en contra de los gobiernos autoritarios, pero cualquier agente con una agenda de control social puede hacer la misma cantidad de daño utilizando coerción o manipulación. La siguiente infografía hace un recuento de por qué es importante para la libertad defender la privacidad.

A parte de los gobierno autoritarios, a los gigantes tecnológicos, como Google o Facebook, son quienes más se les señala por la recolección de información personal. El interés que tienen estas compañías en nuestra información personal, en nuestros gustos y nuestra actividad tiene que ver más que todo con hacer negocios: estas empresas usan la información para conectar consumidores con productos que puedan necesitar o que puedan ser de su interés. En otras palabras, el servicio que venden es hacer campañas de marketing mucho más especializadas, basadas en nichos en lugar de publicitar para las masas. Como esta información para identificar nichos es tan valiosa para su modelo de negocios, es de esperar que no quieran compartirla o hacerla de acceso público. Por eso, o por desconocimiento, los usuarios confiamos en la capacidad de estas empresas para mantener seguras nuestra información personal. Sin embargo, eso no desvanece el hecho de que son muchas las consecuencias de una violación a la seguridad de sus bases de datos o que algún gobierno les obligue a entregar información de sus usuarios por motivos más allá de hacer cumplir la ley.

Para bien o para mal, la era de la información exige de nosotros mayor pensamiento crítico. Aunque parte de la carga de resguardar nuestra información puede considerarse una obligación del Estado, ya que una serie de principios o buenas prácticas a seguir son más bien compatibles con la idea de la libertad, queda de nuestra parte recordar que el Internet y las redes sociales, aunque las usemos desde la privacidad de nuestro hogar, son un espacio público, del cual es difícil, si no imposible, borrar el rastro digital que dejamos. Y como en cualquier espacio público, debemos ser cuidadosos con la información que compartimos, porque no sabemos qué intenciones pueden tener otros.

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Fuente: www.elcato.org