Cada segundo, millones de personas en varias partes del mundo están utilizando alguna. Nuestros abuelos jamás hubieran pensado que algo así fuese posible. Nuestros padres, aun con desconfianza, se han ido acercando tímidamente a ellas. Los más jóvenes las asumen ya como un hecho de su vida cotidiana y es inconcebible que puedan estar un día sin ellas. Se trata de las redes sociales: para algunos, una maravilla del mundo moderno, que nos conecta con otros, acorta distancias y nos hace todo más fácil; para otros, es un intruso, que sabe dónde estás, adónde vas, qué haces, quiénes son tus amigos, qué te gusta.

Al igual que con la radio, la televisión o los primeros teléfonos celulares, las redes sociales son tecnologías que demuestran la inventiva y creatividad del ser humano. No es casual que este tipo de inventos surja mayoritariamente en naciones con un ecosistema propicio para la innovación y el conocimiento. Al principio, son tecnologías al alcance de pocos que, gracias a ese mismo entorno favorable y a los estupendos fenómenos de la productividad y las economías de escala, terminan masificándose y volviéndose parte de la cotidianidad. A partir de allí, se pasa a otros estadios, donde la supervivencia en los mercados y en la preferencia de los consumidores va a depender de la capacidad de las empresas de ajustarse a los cambiantes tiempos.

En el caso de las redes sociales, su uso está reglamentado por una serie de términos y condiciones, que aparecen en los contratos que nos muestran al suscribirnos y que estamos en la obligación de aceptar en el proceso de crear nuestro perfil como usuario. Rápidamente hacemos click en la tilde de “acepto que he leído los términos y condiciones” aunque nunca leemos el contrato. Resulta que allí aparecen cláusulas por las cuales esa empresa puede utilizar parte de la información personal que le suministremos (guardarla, compartirla…) y también para suspender o anular nuestra cuenta. Después que ocurre cualquiera de esas situaciones, entonces nos quejamos del servicio.

En el caso de las aplicaciones de redes de mensajería instantánea (WhatsApp, Telegram, Signal…), la formación de grupos con los contactos puede resultar un caso digno de estudio. Que los contactos del grupo y los proveedores del servicio sepan cuándo estás conectado, cuándo leíste los mensajes, cuándo estás escribiendo, cuándo ingresas o sales del grupo, genera ruido para mucha gente. También puede acentuar muchos de los sesgos heurísticos que nos caracterizan como humanos: darle demasiada importancia a la primera información recibida, o a la anecdótica y más cercana que a la abstracta o general;  actuar con prejuicios hacia una información dada por el sólo hecho de  quién la emite;  caer bajo el efecto de “manada”, de seguir una opinión específica solamente porque muchos ya lo ha hecho;  buscar información que respalde una posición previa, menospreciando o dejando de lado cualquier dato que lo contradiga, para demostrar nuestra supuesta experticia o resistirnos al cambio;  interpretar una información de diferentes formas, en función  de cómo sea presentada o  su marco de referencia.

Lo cierto es que la calidad de esos grupos depende de sus integrantes y de lo que se haga. Nada sustituye el contacto personal, pero aun a la distancia, puede generar más satisfacciones que disgustos si se le da el uso adecuado. Si usted se siente a gusto tomándose un café con un amigo, también lo hará al chatear con él en un aparatico de esos. Y, por supuesto, lo mismo aplica con quien nos desagrada.

Las redes sociales pueden llegar en nuestras vidas hasta donde cada uno de nosotros se lo permita. Por la forma en que han sido diseñadas, es muy difícil salirse de ellas sin sentirse aislado del mundo, en lo laboral, profesional y personal, sobre todo si el virus chino sigue rondando entre nosotros y obligando a confinarnos. Pero nadie nos obliga a ser integrante de una de ellas en particular. Siempre tenemos la opción de salirnos y escoger otra, o ninguna. Al igual que con muchas de las experiencias tecnológicas en diferentes etapas de la historia, es posible que surjan muchas más redes sociales, y que sobrevivan las mejores.  Por lo pronto, al igual que en lo presencial, nuestra vida virtual puede ser tan agradable, privada o sociable como lo decidamos, independientemente de los “términos y condiciones” de las redes.

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Fuente: @YegresGuarache