Recientemente, Maduro anunció el aumento del ahora llamado Ingreso Mínimo Integral (IMI) de los trabajadores a 100 dólares mensuales a partir del 1 de febrero, antesala de la conocida estrategia populista, y que veremos a lo largo del año por su carácter electoral; dado el interés del régimen en permanecer asido al poder.

Como el nuevo nombre indica, no se está hablando de sueldo sino de ingreso, pues el aumento se realiza a partir de bonificaciones: un incremento en el ‘bono de guerra’ que alcanzaría los 60 dólares mensuales, sumados a 40 dólares de ‘bonos de alimentación’, lo que totaliza 100 dólares mensuales.

El sueldo mínimo permanece anclado en el insignificante monto de 3 dólares mensuales, que en sí mismo habla de la pauperización en la que se mueve el mercado laboral y la creciente informalización del mismo.

Vale insistir que los aumentos salariales por decreto, se han convertido en una táctica recurrente y que no solo han atentado contra la productividad de las empresas, generando enormes distorsiones, desempleo e informalidad, sino que además es una medida populista que se ha traducido en mayor inflación, anulando el eventual incremento en la capacidad de compra del trabajador.

El presupuesto 2024 ya se había incrementado aproximadamente en 75% con respecto al presupuesto 2023, bajo las mismas premisas de opacidad y discrecionalidad que caracterizan al régimen. Pero con este “primer empuje” de mayores erogaciones por concepto de nómina, se vislumbra un gasto corriente extraordinario, seguramente manejado para comprar voluntades políticas de los más vulnerables, mientras en la dimensión económica se exacerbarán, con sus efectos perversos en términos de déficit fiscal, inflación y mayor pobreza.

Cabe destacar que de acuerdo al Inflaciómetro de Cedice al cierre de diciembre 2023 la canasta alimentaria familiar alcanzó los 554,54 dólares, equivalente a unos 184 salarios mínimos. La ilusión monetaria que vende el régimen y que en realidad es una estafa más, es la sensación de acercarse un poco más a la canasta alimentaria, pero en realidad es un juego funesto donde mientras más gasto público corriente hay para comprar almas, la canasta alimentaria más inalcanzable se hace y el valor del trabajo no existe, ni por productividad, menos aún, por decreto.

Así las cosas, malos augurios para la fuerza laboral venezolana y para el impulso productivo y emprendedor en el país. Queda claro que para salir del círculo perverso en el que el país está entrampado, es menester un cambio político que impulse una economía sana y destine sus esfuerzos en mejorar la calidad de vida de la ciudadanía en paz y libertad.


Autor: Sary Levy

Publicado el 19 de enero de 2024