Después de las elecciones, pregunté en mi cuenta de Twitter si se estaba gestando una nueva clase tecnocrática en Venezuela. Lo pregunté porque observé que, más allá de los resultados electorales, entre abstenciones, denuncias y los típicos argumentos entre ir o no a votar, tuve la percepción de que una buena parte de la ciudadanía venezolana tiene una actitud de “paso y gano” frente al tema político.
Este “paso y gano” no necesariamente quiere decir que a los ciudadanos no les interese sus problemas del día a día, los cuales, en muchos casos, se relacionan con el ejercicio y la ejecución de políticas públicas. Para muestra, por ejemplo, el acceso a los llamados servicios públicos (agua, luz, aseo urbano). Sin embargo, si bien esas son preocupaciones que los aquejan y que indudablemente afectan su calidad de vida, pareciera que hoy una parte de la ciudadanía ha dejado de canalizar su hartazgo a través de mecanismos de participación política, y específicamente, espacios de participación electoral.

Este desplazamiento no ha pasado desapercibido. Y sin duda, representa tal vez uno de los mayores retos que tiene la acción política en Venezuela: hacer que los ciudadanos sean nuevamente sujetos que vinculen la política a su día a día, que participen y se inmiscuyan en ella, como instrumento que permita el fortalecimiento del sistema democrático en el país.

Al tiempo que esto sucede, algunas consecuencias del fenómeno empiezan a decantarse en el país. No es sólo el reposicionamiento de la comunicación política en la forma de transmitir al chavismo como detentador del poder, sino también la manera en que desde los hilos de la autoridad esta nueva circunstancia que se vive comienza a reflejarse en Venezuela. Y de modo concreto, en el ámbito económico.

En un principio, la desaplicación fáctica dio pie a algunas muestras de actividad económica que mucho dieron de qué hablar en los espacios fácticos públicos. El caso más emblemático tal vez sea el de los bodegones, las importaciones puerta a puerta y las ventas de carros. Estas manifestaciones, sin embargo, sólo rozan la superficie.

Hoy este escenario se ha profundizado. Si bien se mantiene en el imaginario, y en una porción nada deleznable de la realidad, la estampa del bodegón, de a poco se empieza a percibir un sector del país que parece enfocarse más y más en la optimización de los indicadores económicos y el performance de la nación en este renglón. Es por ello que se ven incipientes pasos hacia la constitución de fondos de capital privado, el coqueteo con la idea de inversión extranjera, y la búsqueda de cómo apalancar la dolarización fáctica para que la misma termine por transformarse en una dolarización financiera, mucho más formal.

Un aspecto también relevante es el hecho de que no sólo los actores empresariales tradicionales que han sobrevivido aparecen en el mapa. Además de ello, lo que pudiera llamarse el “chavismo empresarial” se ha robustecido. Y dentro de esta categoría, si bien hay una porción que pudiera enmarcarse en el típico mote de “enchufado”, ganador del dinero fácil estatal, y también en algunos supuestos ligados a la legitimación de capitales, a su vez existe una porción que se comienza a preocupar porque su empresa no sea un simple cascarón sino una organización con las directrices mínimas que permitan la existencia de una corporación funcional, en el sentido más tradicional del término.

De este modo, surgen inquietudes en cuanto a cómo armonizar temas tales como el control de gestión, la planificación estratégica y financiera de la compañía, y un largo etcétera de vertientes que años atrás hubiesen sido impensables para alguien que se sintiera afecto a la revolución. Paradójico sin duda. Pero la existencia de este “chavismo corporativo” no es producto del azar. Los revolucionarios se han aburguesado. Controlado el poder, sin mayor amenaza que los destrone, la épica del proletariado se sustituyó por buscar nuevas catas de vino y chocolate. Y la descendencia del chavismo, llamémoslo la segunda generación de hijos chavistas, también así lo ve. No olvidemos que son más de 20 años en el poder. Toda una vida. Y si buena parte de ella se ha vivido bajo los influjos del mercantilismo, pues llega el turno de replicarlo y, por qué no, de hacerlo suyo.

¿Nos enfrentamos entonces a una nueva tecnocracia con píxeles revolucionarios? Está por verse. Hoy el muñeco está muy tosco. Difuso y difícil de definir. Pero a medida que pase el tiempo irá adquiriendo sus propias características.

Desde hace ya algunos meses

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Fuente: @AndresFGuevaraB