
Para llegar a La Hoyadita se requieren cerca de 40 minutos en autobús desde La Lagunita. Y eso que, para muchos, ya esta urbanización queda lejos. Lejos del centro de Caracas, del núcleo de poder del país donde se concentran las decisiones más trascendentales. Al bajarnos en una escuela municipal, nos recibe la neblina y una sandalia de niño tirada en medio de los matorrales. La ruta está construida a medio camino entre asfalto y tierra.
Pasan algunos minutos y los miembros de la comunidad se acercan con curiosidad. ¿Qué hace todo ese contingente de personas llegando a la villa? La respuesta no tarda en llegar. El gobierno municipal ofrece cursos de peluquería, barbería y repostería. Además, hay un servicio de medición de tensión arterial, gracias a una alianza lograda con Farmatodo. Los costos son asumidos por la alcaldía. Adicionalmente, todo aquel que se acercase podía cortarse el cabello, medirse la tensión y, finalmente, probar unos churritos que aprendieron a hacer los pobladores locales.
Tras varias horas, la afluencia de gente pudo haber sido mayor. Y no pude dejar de preguntarme hasta qué punto este tipo de iniciativas pasan desapercibidas para las personas que realmente las necesitan. Más allá de romantizar estas decisiones en el plano de las políticas públicas, creo que no son pocas las veces que este tipo de servicios se presentan en las narices de los ciudadanos y, simplemente por desconocimiento, abulia o desinterés, se pierde la posibilidad de obtener algún beneficio que contribuya a mejorar su calidad de vida.
Visto en perspectiva, y tomando en cuenta los umbrales de pobreza de la población, a nadie le vendría mal un corte de pelo “gratuito” hecho por un aprendiz de barbería, o recibir un medicamento para la tensión arterial que sustituya a la hoja de guayaba que algún vecino consume, dada su precaria situación económica.
Sin duda, los males estructurales del país son otros. Y son esos los que, muy probablemente, se deben abordar de forma primordial. Pero a veces creo que el desconocimiento del día a día, de las iniciativas municipales, de los gobiernos locales, hace que se pierdan los buenos esfuerzos que buscan vincular a la ciudadanía con quienes toman decisiones que impactan directamente en sus vidas.
Y así como sucede con las iniciativas descritas, la experiencia se replica en otros espacios del país. Es necesario no perder de vista el impacto que puede tener la formación de ciudadanos libres y autónomos. Menos dependientes del Estado y más cercanos a la iniciativa individual. La economía venezolana no da hoy para transacciones complejas, ni siquiera en el sector profesional y corporativo. Celebramos con bombos y platillos el escueto levantamiento de capital por unos pocos cientos de miles de dólares, cuando eso debiera ser la caja chica de una pequeña empresa en un país semi funcional. Sin embargo, hay algo que no deja de ser cierto: en vez de estar pidiendo dádivas, prefiero ver a los vecinos de una zona rural creando su pequeño negocio.
Ese es el germen que puede originar un cambio de mentalidad. La llegada de una sociedad basada en el capitalismo, el gran forjador de civilizaciones.




