
Hace algunas semanas, uno de mis alumnos me comentó que se celebró en Caracas una feria de empleo. La idea de este evento, como es de esperarse, es que tanto compañías como talentos intercambien entre sí su generación de valor. Las organizaciones muestran su objeto, qué hacen, sus productos, trayectoria en el mercado; mientras que los potenciales trabajadores entregan sus CVs con la expectativa de ser llamados a la faena laboral.
En medio del relato, el alumno me arrojó un dato de interés. Con tristeza y algo de decepción, me dijo que a la feria se estimaba que habían asistido unas 10 mil personas, pero que las empresas, extraoficialmente, estarían buscando como mucho unos 500 talentos en total. “9.500 currículums tirados a la basura”, le oyó decir a alguno de los representantes de las compañías.
Entiendo el sentimiento de frustración del muchacho. Pero, al mismo tiempo, creo que el enfoque del que dijo que se van a tirar a la basura 9.500 currículums está equivocado. En un pensamiento lineal, más de un gerente pudiera pensar que, una vez colmada la capacidad de 500 empleados, la misión está cumplida. Lo demás será accesorio y no deberá ser tomado en cuenta.
No estoy de acuerdo con este enfoque. Sobre todo por el hecho de que no se está pensando con amplitud. Tener 9.500 currículums puede ser una fuente infinita de información, y la información transmite datos y valor. Una persona con una formación mínima en manejo de datos pudiera tomar ese contenido y transformarlo en algo valioso. Valor que pudiera traducirse desde una base de datos de potenciales empleados, hasta el establecimiento de métricas que ayuden a entender el mercado y el entorno empresarial venezolano: qué tipo de profesiones se están postulando, cuáles tienen mayor cantidad de ofertantes, en qué compañías han trabajado los talentos, cuánto tiempo duraron en sus trabajos, qué posiciones tuvieron, de qué instituciones educativas vienen, de qué zonas geográficas provienen, edades, referencias, posibles enlaces, conexiones, networking.
Escribo estas líneas mientras me vienen ideas a la cabeza. Por lo que estoy seguro de que esta es tan solo la punta del iceberg sobre lo que se pudiera hacer con la información que estas 9.500 almas han dejado a la merced de quien quiera buscarla en la feria de empleo.
Sin embargo, mi reflexión final no tiene tanto que ver con el tema de la feria y los CVs como tal, sino con el hecho de que no son pocas las veces en las que las limitaciones aparentes esconden oportunidades inadvertidas. Desde luego, existen temas que el comentario de mi alumno deja entrever y que son clave: la importancia de que tengamos más puestos de trabajo, de que Venezuela retome el camino de la productividad y la generación de riqueza, del crecimiento del sector privado, y del desafío que enfrentan numerosos talentos en edad de trabajar al no conseguir empleo o al conseguir una ocupación que no sea adecuada a sus expectativas, situación socioeconómica, carrera profesional o vocación.
No se trata de dejar esto de lado. No obstante, no es la primera vez que veo gerentes narrow-minded que no ven más allá de sus narices. Desperdician oportunidades en medio de circunstancias que les pueden generar valor. Forma parte de nuestra mentalidad. Acostumbrados a ser “yes men” de nuestros superiores, no rompemos el círculo, tenemos miedo de la autonomía y de ir más allá con nuestros propios criterios. La palabra innovación, transformada en cliché, como frase hueca y vacía, deja pasar oportunidades de mejora y crecimiento.




