
De Latinoamérica dijo «hija del buen salvaje, esposa del buen revolucionario, madre predestinada del hombre nuevo». Papá me decía: «quemaron su libro en la Universidad Central de Venezuela, aunque yo no estaba de acuerdo con sus ideas, esos no eran los modos». Siempre que mi papá contaba la anécdota era un impacto. Somos una familia de varias generaciones de ucevistas y crecí rodeada de libros. No concebía cómo podía ocurrir esto. Pero era muy inocente y sobreprotegida por la familia.
Estudié Derecho como una forma de continuar la tradición familiar. Sin mucha convicción al principio. Pero mi papá se esmeraba en que tratara de pensar más allá de lo familiar y conocido. Desde pequeña mi papá me expuso al programa de televisión del autor de las palabras con las que inicié estas reflexiones. Buenos días era el programa que conducía junto con su esposa.
Muchos años después, con Cedice Libertad en mi vida, lo leí. Se trataba de un diagnóstico descarnado de los mitos que no dejaron (y tal vez no dejarán) crecer a América Latina. Un universo se abrió frente de mí. Ya no eran sólo los típicos, tradicionales y ortodoxos libros de Derecho. Lo que antes eran piezas aisladas de un rompecabezas (los libros de la casa; las conversaciones de la gente grande; los libros de literatura de autores como Vargas Llosa), ahora tenía forma.
Empecé a tener un pensamiento político. Empecé a tener una posición frente a los temas cruciales de mi país. Despertó mi curiosidad y así ha seguido. Esto no me lo dio la universidad. Los artículos que componen el libro Del buen salvaje al buen revolucionario abrieron la caja de Pandora. ¿Pesimistas estas frases iniciales?, indudablemente. ¿y su vida?, también. A veces se me parece al libro El mundo de ayer y a la vida de Stefan Zweig.
A pesar de esto, no importa la materia que esté dando en la universidad (ya son 20 años). Tampoco importa que sea pregrado, especialización o doctorado. Siempre recomiendo la lectura de este libro. Tengo la esperanza que también cale en otros.
Del buen salvaje al buen revolucionario es mi vínculo con mi país (especialmente con sus sombras) y con mi papá; es parte de mi despertar intelectual y consciencia política; es y será una especie de recordatorio de que mi vida no volvería a ser la misma, porque irremediablemente yo ya no soy la misma. Tengo una responsabilidad ineludible donde quiera que me encuentre.




