
Esta semana se celebra en Nueva York uno de los encuentros más influyentes del mundo del mercadeo: la CMO Council Summit, auspiciada por The Wall Street Journal. Entre sus ponentes estuvo Craig Brommers, Chief Marketing Officer (CMO) de American Eagle, protagonista de una de las campañas más comentadas (y atacadas) de 2025: la ya célebre “Sydney Sweeney Has Great Jeans”.
La pieza, basada en un sencillo juego de palabras (“jeans” vs. “genes”), incendió las redes y fue objeto de una movilización inmediata del progresismo digital, que vio en la rubia de ojos azules un supuesto manifiesto genético, casi ideológico. El wokismo global decidió convertir unos pantalones en un campo de batalla moral.
Pero Brommers no fue únicamente blanco de críticas corporativas o de editoriales indignados. Según contó en el evento, la crème de la crème del marketing en LinkedIn lo atacó de un día para otro, con comentarios personales, descalificaciones y hasta insinuaciones profesionales. Su hija, dijo Brommers, le advertía del escarnio digital al que estaba siendo sometido cada noche en redes sociales.
Y conviene decirlo: la campaña cumplió su objetivo. El nombre de American Eagle dominó conversaciones, titulares y análisis por semanas. El posicionamiento se logró con creces. No vengo a discutir si la pieza fue brillante —lo fue— sino algo más urgente: la batalla cultural en la que fue lanzada, y las lecciones gerenciales que emergen de la experiencia.
Porque sí: es un alivio ver, en medio de un mundo saturado de relativismos y de imposiciones ideológicas, una publicidad que regresa a lo clásico, a la estética de lo tradicional, sin forzar diversidades ni someterse a plantillas ideológicas obligatorias.
Y vale la pena subrayarlo: American Eagle no es un Estado, no tiene poder coactivo, no dicta cánones culturales, no impone leyes. Pretende, simplemente, vender jeans. Paradójicamente, quienes sí detentan poder, desde gobiernos hasta organismos que predican diversidad obligatoria, son quienes suelen promover modelos únicos, incuestionables, no siempre debatibles.
Pero regresemos a lo esencial: las tres lecciones que Brommers compartió, que trascienden al marketing y deberían enseñarse en cualquier programa de liderazgo o gestión empresarial:
Primero, evalúa tu tolerancia al riesgo. Brommers lo dijo sin rodeos: “Si tú y tu organización están cómodos en un 7, 8, 9 o 10 de riesgo, debes saberlo. Si apenas estás en un 3, 4 o 5, también”. Las empresas viven hoy bajo presiones culturales, regulatorias y reputacionales inéditas. Saber qué nivel de exposición puedes soportar es estratégico. No todas las juntas directivas están listas para navegar tormentas como la de American Eagle.
Segundo, acepta que serás atacado. “Te atacarán. Bots, políticos, cultura, quien sea… y debes planificar escenarios”, destaca el CMO. Y es que en el mundo contemporáneo, hacer algo distinto es suficiente para detonar indignación. La innovación viene con una factura emocional y mediática. Y el gerente que ignore esto está condenado a improvisar en la crisis.
Tercero, no pestañees. La frase que marcó la sala en Nueva York: “Si hubiéramos pestañeado, habríamos sido destripados”. La duda, en tiempos de fuego cruzado cultural, no solo desdibuja la marca: destruye credibilidad. Las empresas que retroceden ante la primera oleada de indignación acaban alimentándola. La consistencia y no la perfección es hoy uno de los activos más escasos.
Estas tres lecciones aplican a todo gerente. Porque el día a día empresarial está lleno de desviaciones, presiones externas, decisiones rápidas y miradas incómodas. Quien no tenga la piel curtida sufrirá. Quien no entienda el entorno terminará paralizado.
Vivimos en un mundo incierto. Una premisa que se repite desde la antigüedad. Pero hoy ser disruptivo implica aceptar el peso de esa disrupción. Asumir responsabilidad, sin victimismos, sin pedir permiso a la cultura dominante. Un imperativo hermoso, pensarán algunos. Un desafío inevitable, dirán otros.
Lo cierto es que la experiencia de American Eagle deja una conclusión para gerentes, comunicadores y líderes: evadir ya no es opción. La evasión se ha convertido en el accesorio favorito de nuestra época, sin importar el color de ojos del protagonista de turno.
Y sí: el mundo podrá seguir debatiendo los “genes” de Sydney Sweeney. Pero el liderazgo se mide en momentos como éste: cuando la tormenta llega y uno decide no parpadear.




