Vaya semana. Todo parece indicar que se abre un nuevo ciclo para Venezuela. Por supuesto, la mayor incidencia es de índole política, porque no es poca cosa que el Poder Ejecutivo Nacional tenga hoy una nueva figura que, hasta ahora, dirigirá los destinos del país bajo un tutelaje vital de los Estados Unidos.

No es este, sin embargo, el espacio para analizar la dimensión política y social del tema. Existe una clara saturación al respecto y, desde hace buen tiempo, hemos orientado estas reflexiones hacia el ámbito económico y corporativo. En parte por los riesgos de censura —no lo negaré—, pero también porque estimo necesario pensar la economía venezolana con seriedad, frente a tanto Paulo Coelho financiero e influencer epidérmico que pocas veces va a la raíz de las cosas.

Lo cierto es que, luego de recibir varias llamadas y muestras de interés por el país, una pregunta recurrente emerge: “quiero invertir en Venezuela”. Menuda ironía, si se piensa que hasta hace apenas una semana solo a algún inversionista de venture capital se le habría pasado por la cabeza.

El mercado no ha tardado en reaccionar. La Bolsa de Caracas —un mercado pigmeo— subió como un cohete, y no son pocos los que hoy andan como locos intentando abrir cuentas de corretaje para invertir.

No ha pasado ni una semana como para afirmar que ya existen cambios de envergadura en la estructura regulatoria venezolana. Pero las emociones y las percepciones pesan. El riesgo país disminuyó, y es casi seguro que, mientras escribo estas líneas, se avance hacia la eliminación —o al menos un softening— de las sanciones financieras. Todo ello abrirá la puerta a la inversión extranjera. El Wall Street Journal estimaba que, en los próximos años, Venezuela podría recibir entre 500.000 y 700.000 millones de dólares en inversión foránea.

Dicho esto, ¿qué haría yo si quisiera invertir en Venezuela? Lo primero —y más lógico— sería buscar un partner local que explique cómo se están moviendo realmente las cosas en la Venezuela actual. Y lo digo incluso para venezolanos en la diáspora. El mercado tiene particularidades propias, y venir a hacer negocios en solitario no es buena idea.

Especialmente porque el doing business, en esta era de incertidumbre jurídica, aún no viene acompañado de condiciones estructurales claras ni de un Estado de Derecho robusto. Aunque se apunta a un futuro promisorio —o al menos esa es mi apuesta—, hoy el riesgo sigue siendo elevado. Un partner o asesor local es, por tanto, un must: una suerte de sherpa que guíe en el accidentado terreno del doing business venezolano.

Además del partner local, considero vital seguir al menos tres áreas clave de la economía: petróleo, mercado de valores y sector inmobiliario.

El petróleo, por razones obvias. Es la sangre que mueve la economía venezolana. Buena parte del entorno macroeconómico —dicho de forma simplista— depende de lo que ocurra con el crudo. El seguimiento a las compañías que entran en el juego, sus mecanismos de pago, los enclaves en los que operan, la magnitud de sus operaciones y el número de barriles producidos darán, sin duda, una idea clara de cómo marcha la economía nacional.

El mercado de valores presenta dos dimensiones. La primera, de carácter internacional, vinculada al mercado de deuda. Lo que ocurra con los bonos soberanos y de PDVSA será clave para entender la relación de Venezuela con los mercados internacionales. ¿Habrá reestructuración de deuda? ¿Cómo se hará? No parece una prioridad inmediata, pero hedge funds, acreedores y actores financieros relevantes presionarán para estar en la mesa. Además, esto es central para el acceso futuro al financiamiento internacional, multilaterales, banca global y sistemas de pago.

La segunda dimensión es el mercado de valores local. Pigmeo, sí, pero no por ello condenado a la irrelevancia. Su evolución —nuevos emisores, inversión multimoneda, posible reactivación de ADRs y GDRs— indicará cuán profundas son las transformaciones que el país está realmente dispuesto a emprender.

¿Y el sistema bancario? Aunque merece un análisis más detallado, mi impresión es clara: tenderá a dos procesos. Primero, una reducción del número de entidades mediante fusiones y adquisiciones; hay demasiados bancos para el tamaño actual de la economía. Segundo, la llegada —o el regreso— de players internacionales. Si bien algunos conservan presencia accionaria, como el caso de BBVA en Banco Provincial, el nuevo contexto abre espacio para viejos y nuevos actores.

Finalmente, el sector inmobiliario. Una consigna conocida, pero vigente: cuando se reactiva el real estate, se reactiva la economía. Simplismo puro, pero altamente indicativo. Qué se construye, dónde, a qué precios y bajo qué condiciones revela mucho más de lo que suele admitirse. No es casual que durante décadas la construcción haya estado paralizada en más de un 90%, según informes gremiales.

Hay mucha tela que cortar sobre el porvenir económico del país y emociones encontradas sobre lo que viene. Desde Caracas, y por razones obvias, mantengo mesura y cautela. Sin embargo, no oculto que me ilusiona profundamente que Venezuela vuelva a abrirse al mundo, que se reinserte en el radar del capital internacional y que, al menos en el papel, se retome la senda del mercado, del capitalismo y de la responsabilidad económica.

Una senda que resulta vital para un país devastado por décadas de socialismo, empobrecimiento y destrucción institucional. Los resultados están a la vista.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de CEDICE ni las de su Consejo Directivo, ni académicos, ni miembros

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