Nos enrumbamos a la mitad del año. Casi cerrando mayo. En este mes, han sido varios los eventos que nos hacen pensar que el país se dirige a un ciclo de transformación empresarial. Tuvimos el Venezuela Tech Week, eventos de Fedecámaras promocionando relaciones entre India y Venezuela, la feria ganadera en La Carlota, foros de la Asociación de Jóvenes Empresarios y varios eventos con el mismo tono. Inversión, oportunidades, visión de progreso.

Se lleva uno la sensación de que el país comienza a desperezarse, luego de una somnolencia corporativa cuya duración verdadera realmente es difícil de estimar. A menudo nos sentimos como buzos, cuyo crono perdido en la profundidad del océano nunca nos permitirá medir realmente qué tan profundo fue el abismo, ni qué tan oscura fue la oscuridad.

Pero aquí estamos. En la Venezuela donde ahora no se hacen colas para obtener pasaportes. En la Venezuela donde hay vuelos directos a Miami y a Houston, evento que no sucedía desde hace casi una década. En la Venezuela de Caracas Campus, en donde confluyen emprendedores presentando sus ideas y pitches de inversión. Pero también es la Venezuela con un consumo masivo proyectado en 20 mil millones de dólares para 2026, lo que representa menos de la mitad de 1997 (45 mil millones) y poco más de 10% del pico en 2008, con una cifra que hoy luce astronómica: 140 mil millones de dólares (según cifras de Atenas).  Es la Venezuela donde también las libertades civiles y políticas, así como la democracia y el Estado de Derecho, siguen siendo facturas pendientes de cobro. Facturas cuyos acreedores se constituyen por una sociedad que aspira cambios y transformaciones. Sobre todo, justicia.

Recientemente, en una reunión gremial, un colega sintetizó la situación venezolana de manera muy gráfica: “La gente está paseando por el centro comercial, pero no termina de comprar”. Y, en efecto, diría que ese es el gran resumen de los primeros seis meses de esta época de tutelaje estadounidense. En efecto, nos encontramos en una especie de shopping around, en el que los scouts de distintas jurisdicciones están evaluando cuándo, cómo y por qué invertir en Venezuela.

Lo positivo de ello, qué duda cabe, es que antes el centro comercial estaba vacío. Hoy por lo menos tiene gente, y eso despierta cierto momentum para el país. Las señales están allí, pero deben verse con cautela. Y es que, luego de más de dos décadas de desmantelamiento institucional y de políticas socialistas, se lleva uno la sensación de no saber por dónde comenzar. ¿Petróleo? ¿Gas? ¿Electricidad? ¿Agua? ¿Cuál debe ser el primer punto a trabajar en la agenda de recuperación del país?

El país está en movimiento. Pero mi llamado es a ver las expectativas con un profundo sentido de realismo. Quiero pensar que lo peor ya pasó, que el shopping around es solo el preview de un tiempo más promisorio, y que los cambios que se empiezan a avizorar traigan consigo un sistema pleno de libertades. ¿Cómo sobrellevar estos tiempos? Viendo las transformaciones en las cosas pequeñas, en lo inconmensurable, en lo que a menudo pasa desapercibido en la magnitud del gran titular. No pocas veces los cambios deseados se dan en esas pequeñas gotas, a las que no se les presta atención por estar enfocados exclusivamente en el gran aluvión.

Vendrán tiempos mejores y de transformación.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de CEDICE ni las de su Consejo Directivo, ni académicos, ni miembros

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