
Para el momento en que este artículo se publique, se cumplirá exactamente un mes de los terremotos de San Juan, acaecidos en Venezuela el 24 de junio de 2026. En columnas anteriores hemos señalado la importancia de que la reconstrucción del país tenga como fundamento su reedificación institucional, en el entendido de que es para nosotros el pilar más importante de recuperación del tejido nacional.
En adición a ello, hAn editorial cinematic wide-angle photograph (16:9 aspect ratio) representing economic renewal and civil society resilience in Venezuela post-disaster. On the left side, dramatic high-contrast dark ruins of broken concrete and heavy shadows symbolizing state paralysis and institutional decay. Smoothly transitioning to the right side, dynamic bright sunlight illuminates active, hopeful citizens working together, small business owners opening doors, and vibrant green sprouts emerging from the rubble. Modern architectural conceptual sketches softly blend into the sky. Aesthetic: High-end editorial magazine cover, muted realistic tones with warm golden hour highlights on the people. Shot on 35mm lens, depth of field, detailed photorealistic style, clean composition, no text.ay otro tema que estimamos de importancia tomar en consideración. Así como las instituciones juegan un rol fundamental en la reconstrucción, dichas instituciones requerirán de la sociedad civil, de la ciudadanía y del individuo los principales pilares de protagonismo para poder realmente crecer y ser viables.
¿Por qué digo esto? Hay quien dirá que es una obviedad, porque además, tras los eventos del 24J se evidenció que la sociedad civil, el sector privado y la ciudadanía fueron el gran protagonista que logró, allí donde le fue posible, contribuir a mitigar el impacto de la tragedia nacional. Sin embargo, tras un mes de los eventos, algunas voces agoreras ya comienzan a clamar la importancia de tener un Estado activo en todo el proceso de reconstrucción.
¿A qué nos referimos con Estado activo? Pues básicamente a la premisa de un Estado altamente interventor en la economía y en los procesos derivados del proceso de reconstrucción. Dicho de otra manera, hay quien plantea que debe ser el Estado el protagonista de las medidas relativas a la reconstrucción. El Estado otorgando subsidios, el Estado otorgando préstamos, el Estado manejando fondos y ayuda internacional, el Estado manejando los recursos de los multilaterales, el Estado constructor de viviendas de interés social, el Estado Omnipotente para el renacer que tendría Venezuela.
Esta premisa debe verse con mucho cuidado, porque no viene solo de las autoridades de turno -las cuales, obviamente, siempre querrán arrimar la sardina a su sartén y tener más poder-, sino también de gremios, academia y algunos analistas en medios de comunicación. Era y es previsible que, en efecto, una capa gruesa de la población vea en el Estado una suerte de salvador en medio de la tragedia. Más aún en las circunstancias actuales, en las que se piensa que el gobierno venezolano, ahora tutelado por los EE.UU., podrá tener más recursos y mayor control de gestión.
Siendo crudos, sin embargo, Venezuela no necesita de más Estado. Sí, necesita una solución política a su condición actual, tema que ya se venía implorando antes de los eventos sísmicos. Pero lo telúrico no hizo sino evidenciar lo evidente: que la debilidad institucional, amparada por el marco regulatorio y el estado de legalidad actual, hace muy cuesta arriba la vida en Venezuela.
Y es que es el estado del arte de nuestras regulaciones el que origina incertidumbres desde cosas tan operativas como si se debe o no prender un ascensor después de un terremoto, el modo en el que se debe facturar una determinada obligación, hasta temas mucho más macro como las condiciones de refinanciamiento de deuda o la implementación de major projects en el ámbito de la recuperación del servicio eléctrico o las operaciones petroleras.
Y hay quien pretende que ese mismo Estado, manejado por un gobierno que cree fervientemente que no puede haber crédito porque se usa para comprar divisas y alterar el tipo de cambio (no sé en verdad cómo hacen el resto de las naciones del mundo para tener inflaciones bajas y también tener una cartera de créditos acorde a las necesidades de su economía), será capaz de administrar la recuperación pos-terremotos.
Más de uno deseará que llegue una suerte de Plan Marshall criollo en el que se dé una transferencia intergubernamental de millardos de dólares para hacer la Venezuela soñada, acompañada, por supuesto, de una organización de coordinación a manos del Estado en la que supuestamente “los mejores” se encargarán de administrar discrecionalmente dichos fondos.
Frente a esa visión, otro camino emerge: el de la posibilidad de empoderar a las comunidades locales, bottom-up, fortalecer los derechos de propiedad, facilitar la creación de negocios, bajar alícuotas de impuestos o simplemente eliminar los tributos; permitir, pues, que el ciudadano cree con la libre iniciativa y el Estado se limite a crear leyes generales del juego sin volverse un agente de corrupción, opacidad o simplemente ralentización de cualquier proceso creador. Innovaciones que irán desde pequeños emprendimientos hasta operaciones de gran aliento si las condiciones están dadas.
Un multilateral señalaba hoy que, en las condiciones actuales, Venezuela pudiera recuperarse de los daños originados del 24J en diez años, 2036. Desde luego, esto es solo una especulación, pero si se decide fortalecer el papel del Estado, no serán diez años, sino muchos más los que terminarán por destruir nuestra visión de transformación.
Así como la sociedad civil en cuestión de horas demostró el rostro de cómo el orden espontáneo genera respuestas más rápidas, pacíficas y consensuadas para la atención de desastres -aspecto este que no debe verse como victimismo sino como una afirmación de que la libre iniciativa funciona, incluso cuando el propio Estado pretende torpedearla-, la lección aprendida debe ayudarnos a reforzar la premisa de que si se dan los incentivos y se abren los caminos, estos lazos pueden ser mucho más fuertes y traer incluso más resultados positivos para el país. Al final del día, el verdadero milagro de la reconstrucción no nacerá del decreto ni de la burocracia, sino del talento, la libertad y la fuerza creadora de los venezolanos.




