Hace algunos días tuve oportunidad de conocer el desierto de Jbilets, ubicado a las afueras de la ciudad de Marrakech, en Marruecos. Desde luego, muchas cosas se podrán decir de este país africano, desde aspectos de su gastronomía hasta temas particulares de la cultura marroquí. Lo cierto es que llegamos a Jbilets con la firme intención de hacer un paseo en globo, al mejor estilo de las atracciones conocidas en Capadocia, Turquía.

La jornada comienza muy temprano. Por seguridad, logística y temperatura, es necesario hacer el vuelo durante las primeras horas del día. Nos decía el piloto que por la noche los vientos no eran confiables y que, durante el resto del día, las temperaturas marroquíes hacían muy cuesta arriba garantizar que el globo funcionase como se esperaba. Además, la mayoría de las personas, como en mi caso, queríamos disfrutar del paseo en globo viendo salir el sol desde el desierto, lo cual, debo decir, resultó una experiencia maravillosa.

Igual de interesante, o al menos bastante interesante, me resultó un comentario que me hizo el piloto del globo. Resulta que la región de Jbilets, hace muchos años, era una zona caracterizada por su desarrollo agrícola, pero llegó una sequía, se modificó el curso de los ríos y los granjeros se vieron forzados a dejar sus cultivos, especialmente los relacionados con la materia prima para producir aceite de argán.

Pudiera pensarse que esto era el fin de aquella comunidad. Pero la innovación hizo de las suyas y, hace al menos treinta años -según recuerdo del relato del piloto aerostático-, la industria de los globos aerostáticos comenzó a tomar vida en Marruecos, en concreto, a las afueras de Marrakech.

Esta industria permitió que los granjeros y campesinos de la zona se incorporaran a una actividad productiva, puesto que son los encargados de brindar apoyo logístico a las personas que trabajan en las compañías operadoras de globos aerostáticos. Su labor incluye la recolección del globo cuando termina el paseo, el traslado de materiales, el apoyo en el levantamiento de estos y, por supuesto, la atención al turista en diversos temas.

Brevemente, pude revisar algunas cifras sobre la economía marroquí. Debo validarlas con mayor detalle, pero, a vuelo de pájaro, se estima que la industria del turismo en Marruecos aporta cerca de 14 mil millones de dólares al año, lo que representa cerca del 8 % del PIB de la nación africana. Esta cifra, debo reconocer, me sorprendió, porque descubrí que Marruecos tiene un sector manufacturero importante y una visión de la economía que, lejos de buscar la centralización en commodities, al estilo de su vecina Argelia y su industria petrolera, apuesta por la apertura al mundo y depende, en buena medida, de los ingresos que provienen de distintos sectores diversificados.

Con mis reflexiones quiero destacar dos cosas. Primero, la importancia que tiene la innovación como fuente de progreso. Allí están los granjeros que, gracias al turismo, encontraron una salida y una fuente de ingresos y de vida en una industria que siglos atrás no se habría imaginado. Lo segundo es la importancia de apostar por la diversificación de la economía. Marruecos sigue siendo una nación en desarrollo y, en cierto sentido, un mercado emergente. Sin duda, su conexión con España y Europa lo ha hecho sujeto de numerosas circunstancias que, cuando menos, se pueden tildar de controversiales. Es posible que en muchos aspectos tenga que mejorar sus índices de calidad institucional, el Estado de derecho y la superación de la pobreza. Pero, frente a otros pares africanos sumidos en conflictos y en una amplia inestabilidad, merece la pena, cuando menos, echarle un ojo a su economía, que, bien llevada, puede dar sorpresas en el futuro.

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