Hollywood lo volvió a hacer: reciclar, reimaginar, y sobre todo, reescribir. Esta vez, el turno es de Predator, aquel monstruo que aterrorizó a toda una generación en 1987 frente a un Arnold Schwarzenegger en plena gloria muscular. Ahora, en Predator: Badlands, el cazador intergaláctico tiene vulnerabilidad emocional. Un androide como aliado y un guión PG-13 para captar a nuevas audiencias. El mal, parece, también puede ser entrañable.

Nada de esto es casual. La industria del cine ha aprendido que el público cambia y que la empatía vende. Villanos como Joker, Cruella o incluso Gru, el protagonista de Mi villano favorito, pasaron de representar la amenaza al símbolo de la incomprensión. Se les da contexto, trauma y humanidad. Y con eso, la taquilla responde. Al menos financieramente.

En el caso de Predator, el fenómeno adquiere un matiz más profundo: el villano original no era un humano trastornado, sino una criatura brutal, carente de lenguaje y de conciencia. Convertirlo en protagonista sensible es el equivalente cultural de domesticar al tigre. Pero así parece funcionar la lógica de la industria cinematográfica contemporánea: lo que antes infundía miedo, hoy se recicla como entretenimiento familiar. No se trata de arte, sino de IP management: la administración de la propiedad intelectual como activo financiero.

Sin embargo, más allá del espectáculo, este tipo de transformaciones revelan algo inquietante: la creciente tendencia de nuestra cultura a diluir las fronteras entre el bien y el mal. El discurso de la “reinvención del villano” es, en el fondo, el reflejo de una sociedad que ya no cree en categorías morales fijas. Si todo depende del contexto, si todo tiene una historia triste detrás, entonces el mal deja de ser mal y se convierte en matiz. Y una civilización sin absolutos morales termina justificándolo todo.

En el terreno de la empresa y la ética, el paralelismo es inevitable. Reescribir narrativas puede ser virtuoso como, por ejemplo, cuando una marca logra reposicionarse en torno a un propósito real, o cuando una campaña inspira cambios positivos. Ovomaltina en la posguerra europea, o la legendaria campaña “Got Milk?” en Estados Unidos, las cuales transformaron hábitos y mejoraron miles de vidas.

Pero la otra cara de esa moneda existe: cuando el cambio de narrativa se usa para disfrazar lo que no debe cambiar, para maquillar ineficiencia, corrupción o banalidad moral.

La historia está llena de esos casos.

El comunismo del siglo XX se vendió como la utopía de la igualdad y acabó sembrando miseria y represión. Las dictaduras del bienestar prometieron seguridad a cambio de libertad, y los resultados fueron siempre los mismos: control, miedo y silencio. En el plano empresarial, también los hay: compañías que hablan de sostenibilidad mientras explotan recursos sin control; marcas que predican inclusión y cancelan a quien piensa distinto. Todo es marketing, pero no todo es verdad.

Y ahí radica la lección que Predator sin querer deja sobre la mesa. Reescribir la historia puede ser un acto creativo, incluso necesario, pero sólo tiene sentido si está guiado por principios, no por conveniencia. El cambio de narrativa no debe servir para disolver la verdad, sino para aproximarnos más a ella.

En Venezuela, donde la supervivencia diaria se ha vuelto la narrativa dominante, conviene recordar que ninguna historia —ni la de una empresa, ni la de un país— puede sostenerse en el artificio. Podemos reimaginar, reinventar y hasta humanizar a nuestros depredadores, pero sin un marco ético que distinga lo correcto de lo conveniente, terminaremos aplaudiendo a los monstruos que fabricamos.

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